sábado, 18 de marzo de 2017

La arquitectura de la nostalgia

Ciudad de México, sábado 18 de marzo, 2016.— 

Arq. Gabriela Bermeo dando su conferencia en Casa Brady.    
Asombrado del análisis que nos ofreció la arquitecta Gabriela Bermeo durante la conferencia que dio el pasado sábado en la Casa Robert Brady de Cuernavaca, pudimos descubrir, como nunca nadie lo había hecho, varias facetas de la arquitectura de la casa de Luis Barragán en la ciudad de México en donde ella trabaja desde hace siete años. 

La arquitectura de la nostalgia fue el título de la conferencia en donde nos ofreció varias lecturas que puede tener esa casa para poder verla desde diferentes puntos de vista, sabiendo que se trata de una obra que está inscrita en el catálogo de la UNESCO como Patrimonio de la Humanidad, única obra del siglo XX registrada en Latinoamérica.

Con el tema de la nostalgia, es decir, el anhelo por el momento o por una situación o acontecimiento del pasado, la arquitecta propuso ver la casa de Barragán, entre otras cosas, a través de la transformación que hizo desde que la construyó en 1947, hasta casi al final de su vida (1988), como si la primera versión hubiese sido el borrador de un poema-arquitectónico. 

De esta manera nos fue mostrando la metamorfosis de cada una de áreas de la casa hasta que terminó convirtiéndola en una obra de arte que todavía hoy en día nos deja con la boca abierta. Resultado de esa buena y puntual investigación, la arquitecta Bermeo mostró con fotografías el ‘antes’ y el ‘después’ y, mientras veíamos ese análisis comparativo, pensé que si fuera el manuscrito del poema Tierra baldía de T.S. Eliot, como lo podemos ver en el libro digital para iPad, entonces veríamos los tachones y los cambios propuestos por Ezra Pound al poema, así como, en este caso, pudimos ver las correcciones que hizo el arquitecto además de las propuestas que hizo Jesús ‘Chucho’ Reyes, para sorprendernos de los resultados de esas transformaciones hasta llegar a ver la obra final, pulida y acabada, convertida en una joya de la arquitectura mexicana del siglo XX, una vez que hubo modificado, por ejemplo, la terraza que nada tienen que ver con el primer borrador, cuya intención era la de un palomar; o el proceso del muro entre la estancia y la biblioteca que la arquitecta Bermeo nos mostró para que pudiéramos verla desde la perspectiva personal, es decir, eso que el arquitecto veía a su altura de su metro noventa y dos centímetros. 

También nos sorprendió esa otra lectura que hizo la arquitecta cuando nos muestra de qué manera los ventanales de la sala que dan al jardín corresponden a la propuesta geométrica de Pitágoras y nos demuestra cómo es que las modificaciones que hizo corresponden a la ecuación de ese teorema.

Nos presentó esos juegos con la luz y la manera como lo resuelve Barragán desde el año que la construye y habita en donde va reconociendo los hábitos diarios, entre otros, los del taller donde trabajaba por las mañanas y que, por eso, decide pintar de amarillo el techo y dejar entrar la luz natural o, la solución que encuentra en el cuarto de visitas, donde podemos ajustar la luz que deseamos según nuestro estado de ánimo.

La arquitecta conoce bien los libros de la biblioteca y aquellos que marcaba Barragán por alguna razón y, por eso, ejemplifica con algunas relaciones entre las obras plásticas y su arquitectura, por ejemplo, el rayo de luz de La Anunciación y el rayo del vestíbulo que, rebotando sobre el dorado de Goeritz, cae a cierta hora sobre aquel que esté concibiendo una buena conversación telefónica. O la obra de Chirico y sus equivalente con la sombra de la terraza y, en otro libro, las tres esferas de Escher como las coloca en la mesa de la biblioteca.

Una conferencia fue un éxito pues logramos tener esas varias lecturas —objetivas y emocionales—, para que ahora podamos caminar por la Casa Barragán admirando la transformación de esa casa-poema original en una obra de arte universal.

sábado, 11 de marzo de 2017

El canto de la primavera

Ciudad de México, sábado 11 de marzo, 2017.— 

Mirlo de la primavera. Audubon Society.

Qué tiene la primavera que nos dan ganas de cantar como los pajes del duque que estaba exilado en el bosque de Arden el día que veían florecer la tierra, diciendo: Era un amante y su chica cruzando el verde trigal. Hacía buen tiempo y encantados, oían el canto de los pájaros…, tal como lo leemos en la festiva comedia Como les guste de Shakespeare, mientras que otros se acostaban sobre el campo de centeno y la vida estaba en su esplendor mientras los pájaros cantaban y ellos se soltaban la camisa al aire. 

La primavera llegó, como varios de mis amigos lo han señalado: hace calor durante el día y los pájaros que habían migrado en el otoño han regresado para anidar en estos rumbos donde los veo cómo se bañan temprano una vez que enciendo la fuente aunque sorpresivamente, en estos días, han caído las primeras lluvias.

No estoy seguro si es el mismo ‘Pavarotti’ que me visitaba hace unos años y si era un Mirlo o un Cenzontle el que cantaba al atardecer. A lo mejor es su nieto(a), pero el hecho es que hace un par de días al atardecer oí un chiflido y salí a la terraza para responder con otro igual, buscándolo entre las ramas secas de la vieja Jacaranda que estaba concentrada en sus labores de parto de esas sus flores color plumbago.

Pienso en esto que le llamaban en la Edad Media el ámbito como la distancia que había entre los extremos de las alas de un pájaro y, por extensión, lo que podía cubrir en un año el señor Feudal reconociendo su territorio. Desconozco la distancia que pueden viajar estos pájaros cuando nos abandonan en otoño para ir a buscar un mejor clima y los gusanos que necesitan para sobrevivir. Con esas alas pueden bajar al sur, rumbo al Pacífico, alrededor de la ciudad que le llamaban ‘la eterna Primavera’ y que ahora le dicen ‘la eterna Balacera’.

Los pájaros van y vienen de manera estacional y, aunque, en estas latitudes el frío no es de llamar la atención, mucho menos si lo comparamos con el que hace en los países nórdicos-bajo-cero, de todas maneras migran para su sobrevivencia.

Uno extraña la alharaca que hacen antes que salga el Sol, cuando se preparan para buscar su alimento y, ni hablar cuando es la plena primavera que tienen que alimentar a sus crías, pues, como bien dicen: The early bird catches the worm o El pájaro madrugador agarra al gusano y no como decían que sucedía en Navidad: si el pájaro del alba cantaba por la noche, ningún espíritu podía andar errante

Gerardo del Olmo L. y Emilio Roldán son autores de Aves comunes de la Ciudad de México (Bruja del Norte, 2007) que tenemos a la mano para reconocer las especies que nos visitan antes de meterse al agua clara del cuenco de la fuente, felices de bañarse ahí porque pueden pisan su base. Son gorriones, cenzontles norteños y uno que otro mirlo de primavera y nos regocijamos al verlos disfrutar, cautos y nerviosos, volteando de un lado para el otro antes de zambullirse y aletear con vigor para refrescarse para seguir recorriendo los alrededores, para que ahora, tomen los materiales que necesitan para tejer sus nidos y estar listos para empollar a sus crías.

Por la tarde, antes de irnos a dormir, aquel que le digo ‘Pavarotti’ canta su melodía repetitiva que emulo, como respuesta, con un chiflido —que a veces no sale tan bien como quisiera— con el que platico y confirmo que todavía estamos vivos, poco antes que oscurezca y que cada quien se vaya a soñar, como esa noche lo hice, mismo que todavía recuerdo y disfruto.

sábado, 4 de marzo de 2017

Armar uno de tantos rompecabezas

Ciudad de México, sábado 4 de marzo, 2017.— 

Rompecabezas del Nacimiento de Venus de Botticelli (1485). 
Pocas veces tenemos tiempo y paciencia para armar un rompecabezas que tiene cientos de piezas con diferencias sutiles pero, si un día lo pudimos hacer, sabemos el gusto que da encontrar la ‘pieza’ que encaja justo en ese espacio. Así sucede cuando encontramos un texto que viene a colmar algo que nos ha pasado en el tiempo y que nos ha impactado de tal manera que podemos experimentar una catarsis con la que podemos ver mejor el paisaje para seguir armando otros rompecabezas.

La lectura de El giro o cómo un manuscrito olvidado contribuyó a crear el Mundo Moderno de Stephen Greenblatt (Crítica, 2014) fue un disparador, una de esas piezas que hacía falta para reconstruir ciertas experiencias. Un día, el maestro y escritor Stephen Greenblatt vagaba en una de las librerías de viejo que hay en Boston, cuando encontró una buena edición de poema De rerum natura o De la naturaleza de las cosas de Lucrecio (99-55 a.C.) y, cuando lo leyó con atención, se dio cuenta que uno de los temas penetraba en una de las fisuras que tenía debido a una circunstancia personal. Ahí se dio cuenta que «el arte penetra siempre en la persona a través de las fisuras existentes en su vida psíquica», y esta experiencia fue la disparadora de algunas asociaciones como dicen que funciona la memoria.

Greenblatt, encontró la pieza que le hacía falta para colmar una de las fisuras que tenía desde la infancia pues, se dio cuenta que, entre otras cosas, el poema de Lucrecio es ‘una buena meditación terapéutica alrededor del miedo a la muerte’ que, por mala influencia de su madre, lo dominó durante su infancia pues 'cuando somos niños, no podemos calibrar lo extraño que puede ser la machacona insistencia por parte de nuestra madre sobre la inminencia de la muerte… que tanto nos afligió y trasmitió su angustia como parte de un cruel acto de manipulación.’

Con esto entendí perfecto que lo que más nos importa de las lecturas que hacemos tiene que ver tanto con las grietas en el alma como con el proceso de curación.

Algunos ejemplos: La violación de Lucrecia de Shakespeare, en donde encontré la pieza que tiene que ver con El arte como terapia y la manera que esta mujer comparte su tristeza; con Otelo, el moro de Venecia tome en cuenta las implicaturas como esas que nos puede pasar cuando estamos en crisis y ‘escuchamos más de lo que nos dicen’; luego, en esa tragedia que es ‘ir y quedarse y con quedar partirse’, como decía Lope de Vega, encontré la pieza clave en Las tres hermanas de Chejov y, ni hablar la manera pude colmar una grieta más profunda con la puesta en escena de Peer Gynt de Ibsen, relacionando la muerte de Aase, la madre de Peer, con la propia.

Así pues, a partir del descubrimiento del poema de Lucrecio hemos armando varios rompecabezas, además de darnos cuenta del impacto que tuvo ese libro en el Renacimiento una vez que Poggio Bracciolini lo descubre en el monasterio de Fulda en Alemania en 1417 por lo que este año se celebran los 600 de ese descubrimiento. El poeta latino nos describe el universo compuesto por «un número infinito de átomos que se mueven al azar por el espacio, como las motas de polvo en un rayo de sol, chocando, enganchándose unas con otras, formando estructuras complejas, y separándose de nuevo.»

Hemos encontrado una pieza más de nuestro rompecabezas con el que podemos mirar de frente lo que en otro tiempo parecía amenazador pues, «lo que los seres humanos pueden y deben hacer es dominar sus miedos, aceptar el hecho de que tanto ellos como todas las cosas que tienen ante sí son efímeros y, por eso, podemos aprovechar la belleza y el placer que nos ofrece el mundo», dice Greenblatt quien pudo armar su propio rompecabezas.

sábado, 25 de febrero de 2017

Valsando un vals sin fin...

Ciudad de México, sábado 25 de febrero, 2017.— 

La Casa del Poeta: valsando un vals sin fin…
Y pensar que pudimos en una onda secreta de embriaguez, deslizarnos, valsando un vals sin fin, por el planeta..., tal como deseamos hacer esto que sugiere el de Jerez, el poeta Ramón López Velarde (1888-1921), un hombre que murió a los 33 años de edad en la calle de Álvaro Obregón no. 73 de la Ciudad de México, donde ahora es ‘La Casa del Poeta’ que, por cierto, ojalá la puedan conocer cuando vengan a México para entender mejor esas ganas de valsar toda la vida, sin importar cómo vivía porque era, desde esa cáscara de nuez ‘el amo del universo’ y la nostalgia. 

Haciendo a un lado todo el ruido que nos amenaza allende el río Bravo, el fin de semana pasado tuvimos la fortuna de escuchar La Valse de Maurice Ravel (1875-1937), con la OFUNAM bajo la batuta de Josep Pons, director huésped que ha dirigido, entre otras, la Orquesta de Granada y la Nacional de España, para ofrecernos una versión de primera de esa obra donde conectamos y asociamos, durante su ejecución, el deseo de valsar sin fin por el planeta con ese poema musical que implica el deseo contenido y el placer de girar como un planeta, tal como lo sugiere la obra de Ravel que terminó de componer en 1920, justo después de la primera Guerra Mundial, para que toda Europa volviera a creer en sí misma, recordando la felicidad que implica el valsar y recordar el poema de la secreta embriaguez de deslizarnos por ese espacio imaginario tomados de la cintura de nuestra pareja resistiendo así la fuerza centrífuga con esa sonrisa que es su sello, como sucede en estos casos y como siempre la imagino, feliz girando sobre nosotros mismos alrededor de la sala, como planetas de esa otra galaxia, mientras esperamos con ansias que Ravel concluya de una vez por todas con el deseo que provoca desde los primeros acordes, cuando parece que escuchamos las cintilaciones del Zodíaco sobre la sombra de nuestras consciencias, como decía el poeta de Jerez.

Ravel lo compuso para que Sergei Diaghilev la acompañara con una coreografía, pues era el creador y promotor del ballet Ruso en el París de esos años. Por alguna razón que desconocemos, no la aceptó y Ravel se dio la media vuelta y la estrenó en su versión sinfónica el 12 de diciembre de 1920 en París.

Casi un siglo después, la escuchamos con gusto porque logra llevarnos de la mano por un salón iluminado con su ritmo que incita girar con esa alegría que promete el vals como el que bailaban en Europa y el mundo entero desde el siglo XIX.

Parte del silencio y pronto los acordes que lo identifican como vals; luego, divaga, seduce, acaricia la idea y aparenta irse por otro lado, por aquellas noches de luna, bajo el laurel de la India en la Villa Montecarlo de Chapala, lleno de poesía y de ilusiones, cuando creíamos en el perfecto estado de la felicidad, la misma que ahora vuelve a provocar si tarareamos su ritmo, acompasado y fluido como el agua fresca de la mañana.

De pronto parece que hay unas nubes que pronto se dispersan, pues el ‘vals mata sombras’ y nos deja el campo abierto y luminoso de la fantasía para volver a ese salón, nuestro escenario, iluminando por el rostro de la pareja hasta desembocar en lo que sería el vals en toda forma con todo y su torbellino de buenos deseos.

Contenido el vals en todos los sentidos, es decir incluido su ritmo y cadencia, resulta ser una pieza musical que reprime el desemboque enloquecido del amor, tal como sucede con los valses de Strauss, ‘el rey del vals’, que se constriñe durante el noviazgo antes de la avalancha para valsar el amor tan esperado.