sábado, 17 de junio de 2017

Salir en busca del tiempo perdido

Ciudad de México, sábado 17 de junio, 2017.—
 
Partitura-gráfica-poética de Arnaldo Coen.

Cuando en la apacible y silenciosa meditación salgo en busca del tiempo perdido, suspiro al recordar tantas cosas anheladas y, con esos viejos dolores, lamento perder el tiempo…, así empieza el Soneto 30 de Shakespeare que viene a cuento ahora que he escuchado, entendido y disfrutado, después de haberla conocido hace cuarenta años, Jaula, esa creación gráfica de Arnaldo Coen (1940-) y musical de Mario Lavista (1943-) en donde, el primero construye una partitura-gráfica que hace años me explicó en detalle, mientras que Lavista compuso una obra en homenaje a John Cage (1912-1992) el compositor norteamericano que usaba el azar para determinar sus notas, ritmos y silencios, que bien conocieron cuando vino a México en 1964 y los tres hicieron clic, para luego regalarle la obra gráfica y musical para piano-arreglado en cuatro notas: C (Do), A (La), G (Sol) y E (Mi), CAGE, como su nombre lo indica. 

La semana pasada Mario la interpretó como parte de una de las actividades de la exposición Arnaldo Coen: reflejo de lo invisible que montaron en la Galería Sur de la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM) de Xochimilco, en donde pudimos ver, entre otras piezas, una versión de la partitura-gráfica y, en este caso, también poética con textos de Francisco Serrano que fueron el escenario para la presentación del libro de Celia Fanjul Peña, Arnaldo Coen: donde empieza el silencio en el espacio tiempo, una tesis de maestría convertida en libro, con muchas y variadas interpretaciones de la obra de Arnaldo.

¿Dónde empieza el silencio? —se pregunta Eduardo Matos en el catálogo de la exposición y Arnaldo contesta: el silencio comienza donde se entretejen tiempo, espacio, forma y color. Sólo le faltó un ingrediente que únicamente nos puede dar un artista verdadero: genialidad.

El arte puede servir de terapia, como en este caso cuando salgo en busca del tiempo perdido, entretejido en el espacio por la obra de Coen y, en el tiempo con la obra musical de Lavista que es un fluir continuo, entrecortado por algunos silencios. 

La reunión empezó con la interpretación de Jaula mientras gozaba de esa explosión creativa de los dos artistas tanto en la obra musical como en la gráfica pues como escribió Andrés de Luna: sólo ahora, pasados los años y con otros bagajes de experiencia pueden verse los cuadros de Coen ligados a una cuestión musical. ¿Quién podría abolir los sonidos que están en la cabeza de un pintor ligado por vía materna a la música?

Las notas destempladas por ese piano-arreglado nos ofrecieron ritmos que recuerdan las percusiones orientales, golpeteos que se suceden entre breves espacios como si fueran el respiro de un caminar agitado por un laberinto para tomarnos, de tiempo en tiempo, un instante para saber a dónde vamos o si no hemos regresado donde hemos estado hace tiempo.

Los cubos de Coen (en su más pura estructura ósea) se pueden desplegar en sesenta y cuatro piezas como las mutaciones del I Ching que Cage usaba para inspirarse en el azar como podía ser el resultado de este hexagrama que pudo salir un día cualquiera, indicándole que… “cuando el agua esté por encima del fuego después de la consumación, el noble debe reflexionar sobre la desgracia para que se arme contra ella por anticipado” y con esto, Cage pudo haber tomado la sugerencia para incluirla, musicalmente hablando, para que fuese parte de su obra.

Ese día pude ver en acción a Coen y Lavista, desplegando su inteligencia y su galanura: el primero, con sus obras plástico-musicales alucinantes y, el segundo, improvisando ritmos con las cuatro notas intervenidas de CAGE y, los dos, sin perder el sentido del humor que los caracteriza, envueltos por la manta de sus obras que nos hacen un guiño que sonreímos como si fuéramos cómplices y que seamos nosotros los que improvisamos y completamos sus obras para que así perduren y se renueven.

sábado, 10 de junio de 2017

Entender el 'fenómeno Trump' entre otras cosas

Ciudad de México, sábado 10 de junio, 2017.— 

Paisaje de la calla de la Selva Negra en Friburg, i.Br., Alemania.
Dos grandes relatos ha escrito Yuval Noah Harari, profesor de historia de la Universidad Hebrea de Jerusalén como si fuesen dos extensas fotografías de la historia del hombre: con el primer relato conocimos el pasado prehistórico que tituló De animales a dioses (Debate, 2014), del que escribí una nota el 23.01.2015 que la pueden ver en Juego de espejos; el segundo relato es una visión para asomarnos al futuro, del que ya somos parte titulado Homo Deus (Debate, 2016), en donde hay dos capítulos que me han llamado la atención: con el primero pude entender el ‘fenómeno Trump’ a partir de la ‘realidad intersubjetiv", como lo explica Harari con otros ejemplos; con el capítulo de "La revolución humanista”, pude conectar eso que había experimentado desde que era joven, como fue ese proceso gradual de cambio interior que nos lleva de la ignorancia al esclarecimiento para que, desde entonces, tomara las riendas de la vida.

Harari describe las tres realidades que conocemos: la objetiva, esa que existe independientemente de nuestras creencias y sentimientos; la subjetiva, que depende de nuestras creencias y sentimientos personales y, por último, esa otra que me sirvió para entender varios fenómenos sociales una vez que define la realidad intersubjetiva, esa que depende de la comunicación que hay entre muchos seres humanos y no tanto en las creencias y sentimientos individuales. Cita como ejemplo, cuando Zeus y Hera eran dos poderes importantes el la vida del Mediterráneo y cómo es que, actualmente, carecen de toda autoridad porque nadie cree en ellos.

La realidad intersubjetiva existe pues, cuando creemos en lo que mucha otra gente asegura que existe, hasta que se convierte en algo creíble solo porque esos que nos rodean aseguran que es cierto, y forman una red en la que podemos quedar atrapados —como moscas en la telaraña—, pues, lo que dicen adquiere sentido si muchas personas entretejen esa red común de historias.

Imagino que los que forman estas redes se pueden convertir en fanáticos, esos seres apasionados y desmedidamente tenaces, sin sentido del humor que estás seguros que lo suyo es la verdad absoluta. Si entendemos esta realidad podemos entender el ‘fenómeno Trump’ y sus millones seguidores que creen todo lo que dice —aunque sean mentiras o verdades fuera de contexto— y que han formado una red en donde creen en lo que inventó su vocera como la falacia de una ‘realidad alternativa’.

También en este libro describe lo que es el humanismo moderno tal como lo que proponía von Humboldt (1769-1859) cuando aseguraba que sólo hay una cumbre en la vida: el medir las cosas a través del sentimiento de todo lo que es humano y, a partir de este razonamiento, Harari nos explica esa manera de ver la vida, y lo que es ese proceso gradual de cambio interior que nos lleva de la ignorancia al esclarecimiento, a través de la experiencia, sobretodo si hemos desarrollado una cierta sensibilidad de tal manera que le hayamos prestado atención a las sensaciones, emociones y pensamientos que fluyen de nuestro interior para hacerlos una parte importante de nuestra vida.

Cómo si hubiese sido ayer, tuve una especie de Epifanía uno de esos días cuando salía a caminar en 1964 por la calle de la Selva Negra en Freiburg, i.Br., Alemania, para escuchar ese pensamiento interior en donde me quedó claro que lo que uno hacía dependía de uno mismo y de las circunstancias y, con este pensamiento, pude tocar fondo. Desde entonces, tomo sólo en cuenta la fuente de conocimiento que surge de nuestro interior en forma de sensaciones, emociones y pensamientos para integrarlas y convertirlas en una autoridad máxima.

Hoy en día, las novelas, las películas y los poemas giran alrededor de los sentimientos porque, lo que más nos interesa, es lo que sentimos y lo que pasa dentro de nosotros… lo demás, es lo de menos.

sábado, 3 de junio de 2017

La pesadilla de la realidad intersubjetiva

Ciudad de México, sábado 3 de junio, 2017.— 


Por fin encontré una explicación para entender algunos de los fenómenos sociales en la historia del hombre y en la actualidad. Está en el capítulo “La chispa humana” (pp. 118-173) del libro Homo Deus, (Debate, 2017) de Yuval Noah Harari, en donde habla de las tres realidades que existen: la objetiva, es decir, esa que nadie puede debatir; la subjetiva, que depende de las creencias y sentimientos personales y, esta otra que es la clave para entender lo que sucede como fenómeno social: se llama ‘realidad intersubjetiva’ en donde creemos que algo existe porque son muchos que nos rodean los que creen que eso es cierto, sin importar las creencias ni sentimientos individuales.

Cuando todos los que están a nuestro alrededor y algunos más creen en algo, entonces podemos caer en esa red —como las moscas en una tela de araña— para creer algo que puede ser irreal, pero que asumimos como si fuera verdadera, aunque sólo es el resultado de la creencia de muchos.

Los que forman esta red se pueden convertir en fanáticos, como esos que son apasionados y desmedidamente tenaces, que carecen de sentido del humor porque creen que lo suyo es la verdad absoluta. Este tipo de realidad intersubjetiva la vemos ahora en acción con los seguidores de Trump que aceptan como si fuera una realidad lo que dice y le creen a Trump que, desde un principio definió su ‘realidad alternativa’ y son incapaces de aceptar que haya otros escenarios, pues si no están con ellos, están en su contra.

En su discurso, por demás comentado en donde se retira del Acuerdo de París, está lleno de falsas verdades y realidades subjetivas, como lo que dice Trump: “algunos de los países que han firmado el Acuerdo de París, se ríen de nosotros” y, uno se pregunta, ¿cómo se atreve a decir esto como si fuese una realidad objetiva, de dónde lo saca?, y le agrega, que “los que han firmado ese Acuerdo quieren abusar de ellos y ganarles mercado” porque cree que eso del calentamiento global es un invento de los chinos. ¿Lo pueden creer? Pues muchos lo creen y esos muchos han formado una red con esa realidad intersubjetiva que lo creen a pie juntillas.

Mientras escuchamos esto en tiempo real, nos preguntamos si se dará cuenta de lo que está diciendo, pues se comporta peor que los periodistas a los que les ha declarado la guerra como en esta paráfrasis con lo que decía Sor Juana a propósito de los hombres necios que acusáis a la mujer sin razón, sin ver que sois la ocasión de lo mismo que culpáis… 

Me ha costado trabajo entender cómo en ese país hay 62.9 millones de personas que votaron por este enfermo mental con un trastorno de personalidad narcisista, y se han convertido en fanáticos de un ser objetivamente ignorante, mentiroso, pagado de sí mismo, de muy corta visión que no ve nada más allá que su ego, como lo ha demostrado en los pocos meses encumbrado en el poder. 

Crea una realidad intersubjetiva cuando muchos de sus seguidores republicanos creen que lo que dice Trump es cierto aunque lo diga de una manera simple como una verdad a medias o simplemente falsa, incapaces de ver la realidad objetiva y ahora, sin importarles que potencialmente puede destruir el planeta Tierra. 

Les pasa igual que les pasó a los alemanes incapaces de ver la realidad real de lo que decía Hitler o, el Papa, en tiempos de las cruzadas en donde garantizaba que aquel que perdiera la vida se iba directo al cielo, como sus enemigos los musulmanes. 

Efectivamente, lo que creen muchos, les puede parecer que es cierto y que tiene sentido y de esta manera se va entretejiendo la red de historias que luego forman un bucle que se perpetúa a sí mismo —como dice Hariri.

Los pliegues de la historia están formados por esas realidades intersubjetivas y, por eso, “estudiar historia —dice Harari— implica contemplar cómo es que estas redes se tejen y se destejen para comprender que lo que en una época a la gente le parece lo más importante de su vida, se vuelve completamente absurdo para sus descendientes”.

domingo, 28 de mayo de 2017

¡Nomás no empujen!

Ciudad de México, domingo 29 de mayo, 2017.—

No necesariamente muerta. Acapulco II, Susana Laborde.
La exposición fue un éxito: se inauguró el sábado 27 de mayo, el mismo día que se llevó a cabo la Ruta de Galerías organizada por Christian Zárate y ahí estuvimos con Susana Laborde, feliz de la vida, explicando su trabajo, ese que empezó hace una década, con un tema que bien sabe tratamos de evitar porque tiene que ver con la muerte que nadie quiere saber y por ser lo único que no podemos evitar, nos cuesta trabajo aceptarla. Mucho menos hablar del proceso de muerte e imaginar cómo nos tocaría: si súbita, como en los partidos de tenis o, ¡toco madera!, en uno de esos degradantes y dolorosos finales que tardan en concluir y, cuando llega, los que necesariamente no estamos muertos, decimos: “¡Qué bueno que ya descansó!”

Una manera de ir aceptando la muerte es jugar con ella, cosa que en México somos expertos en toda clase de simulacros, imitaciones y parodias como esas que se producen el día de los muertos en donde Madame Lamort, la modista, ata y revuelve los inquietos caminos de la tierra, como decía Rilke en la quinta Elegía de Duino. Jugar con la muerte es una de tantas maneras que tenemos para digerirla, por eso, bailamos con la calaca o escribimos calaveras que ridiculizan la vida frente a la inevitable Parca.

Susana Laborde ha estado trabajando con este tema desde hace diez años y cuando viaja —la vida como un viaje sin retorno—, hace un alto en el camino y pone en escena su obra: ¿cómo me vería si hubiese muerto ahí, bocabajo? Entonces, la cámara registra esta simulación entre los colores de la vida y lo negro de su pantalón, de sus zapatos o de las suelas. No necesariamente muerta (NNM) es como se llama esta colección de fotografías, esta parodia en donde imita a la muerte para que los que vemos su trabajo nos detengamos un momento frente a esos ejercicios y esbocemos una sonrisa porque nos ponemos nerviosos al ver la escena y, como en algunos velorios lo que queremos es salir —en este caso al jardín del Taller Barragán— para celebrar la vida con euforia.

La obra de Susana se expuso en esos Talleres en donde, a pesar de que sabemos es un simulacro, se nos frunce un poco el estómago al imaginarnos que podría ser la propia muerte si un día, de manera inesperada, caemos bocabajo en uno de los jardines de las Lomas o en la playa de Tulum o en medio de las hojas del otoño en Toronto o recogidos por el carro de la basura en Londres o el aparente equilibrio sobre el arco superior de una portería en Tequisquiapan o en un campo en Jilotepec con un realismo como si lo viéramos en la prensa o, casi desnuda, en Ixtapa o en Acapulco donde el sol nos quema la piel.

Desde que Susana concibió esta idea empezó a registrar esas puestas en escena en unos lugares donde más se nos antoja estar vivos y coleando, pero ella aprovecha ese paisaje antes de colocarse bocabajo y que uno de sus asistentes le dispare —en el sentido fotográfico— y capte eso que ahora vemos, al tiempo que esbozamos una sonrisa frente a la ironía de la vida, porque sabemos que No necesariamente está muerta.

Son breves historias con un final como debe ser, poco antes de que le pongan una sábana encima y se convierta en polvo. Sí, es una parodia y por eso sonreímos al verla, sabiendo que nos quiere tomar el pelo que nos deja huella: ¡Sí, señores y señoras!, resulta que todos nos vamos a morir pero, como decía Alex Saldívar… ¡Nomás no empujen! 
-->

sábado, 27 de mayo de 2017

Dentro y fuera del triángulo amoroso

Ciudad de México, sábado 27 de mayo, 2017.— 


Dos amores tengo: uno me conforta y otro me desespera. Como dos espíritus, me tientan constantemente: el ángel bueno es un hombre bello y el espíritu maligno es una mujer de color enfermizo, así empieza el Soneto 144 en donde nos enteramos de las dificultades y los desvelos de la voz del poeta por andar escalando el triángulo amoroso entre el poeta, su amigo y la deliciosa y lasciva dark lady que recientemente se había enredado con el amigo. 

Fuensanta Cué Ochoa es una joven letrada que corrige la versión de Los Sonetos de Shakespeare que publicará Bonilla y Artigas Editores para presentarlo en la FIL-2017. Ustedes se pueden preguntar con razón… ¿qué hace un ingeniero químico del ITESO con una especialidad en matemáticas aplicadas de la Universidad de Freiburg, i.Br, Alemania, traduciendo los sonetos de Shakespeare? La respuesta es sencilla: por puro placer, para entenderlos mejor y para compartirlos con ustedes. Por eso les he dedicado un poco de tiempo durante los últimos diez años.

La voz del poeta asegura tener dos amores: el bueno y el malo; el que lo conforta y el que lo desespera a pesar de que la diablesa sedujo a mi mejor ángel y, tal vez por eso, se le ha encajado el vértice del triángulo para hacerle una herida, además de sufrir de la “fiebre francesa”, una enfermedad venérea como la que padecían los dos amigos por haber mojado la pluma en el mismo tintero y que esperan que pronto sea el diablo el que apague ese fuego que les quema las entrañas.

Y antes de terminar esta historia, de pronto escucha que le dicen “odio” y al escucharlo se quedó helado por un instante antes de oír que no era a él a quien odiaban para volver a respirar hondo, como lo escribió en la volta, esas dos líneas o versos con los que cierra el Soneto 145 cuando dice:

I hate” from “hate” away she threw,
and saved my life, saying “not you
”…

“Odio”, de ese odio que lanzó lejos
y salvó mi vida agregando: “pero no a ti”


Entonces, parece que le volvió el alma al cuerpo pero, para nuestra sorpresa, lo que escuchamos en medio de los odios es el apellido de quien le salvó la vida al poeta mismo: la esposa de Shakespeare, tal como lo escuchamos mientras retumbaba el “odio” (I hate), para decir que lejos (away), y concluir que lo odiaba… pero no a él, como escuchamos la primera línea de la volta el nombre de su salvadora ¡Hathaway!, (hate away), el apellido de la esposa de Shakespeare en este juego de palabras a tres bandas en donde ella y el poeta aparecen de la nada en este triángulo y vemos su imagen reflejada en el espejo por un instante, tal vez por el deseo inconsciente de apaciguar los demonios de la culpa por andar bailando en medio de ese triángulo amoroso —ficticio o real— y que ahora, es su esposa quien lo perdona, culpable como se sentía por estar lejos de casa, viviendo libre en Londres, con mucho éxito, envuelto en vaya usted a saber qué amores, hasta que de pronto, nos dice, disfrazada, esta intimidad, entre líneas y, con eso, se siente aliviado oyendo que Hathaway, empalmada entre la poesía y la realidad, no lo odia y lo perdona, para que el poeta se siente bien y deje de sudar tinta negra en esas noches de insomnio con todo y sus galgos morados, todo por andar enredado entre los dos catetos y la diagonal, dentro y al mismo tiempo fuera del triángulo.

Poco después, el poeta valentonado la ofende diciéndole que a pesar de que había jurado que era bella y brillante, resulta que era negra como el infierno y oscura como la noche y, como se pueden dar cuenta, hemos llegado al último acto, aunque el poeta, amable, no da su brazo a torcer y dice que, a pesar de todo, él ama lo que los demás aborrecen.

sábado, 20 de mayo de 2017

Leer y escuchar vuelve a ser lo mismo

Ciudad de México, sábado 20 de mayo, 2017.—

Portada de uno de los libros que se sabían de memoria.

“Leer es también ‘oír’ y ‘oír’ suele usarse para ‘leer’; que lector y leyente es también un oyente”, como cita Margit Frenk Entre la voz y el silencio (FCE, 2005), en donde nos explica que en el Siglo de Oro leer y escuchar quería decir lo mismo, como parece que vuelve a tener ese significado si los Centennials instalan la app que les dará acceso a miles de audiolibros publicados por Storytel, los suecos que ya tiene siete millones de títulos sonoros y preparan un catálogo de mil títulos para los lectores-oyentes en español.

En Don Quijote de la Mancha hay una escena (I. XXXV) en donde el cura lee en voz alta la Novela del curioso impertinente —en verdad, impertinente en muchos sentidos—, como era una de las que tenía el Ventero por si alguien quería leerla para entretener a los huéspedes, la mayoría analfabetos para que la escucharan esa noche mientras don Quijote llevaba a cabo “una brava y descomunal batalla con unos cueros de vino tinto que había en su cabecera”, creyendo que se trataba del gigante Pandafilando de la Fosca Vista, para que, tal como le había prometido a la princesa Micomicona, acabaría con esa amenaza. Al día siguiente, unos decían “que habían leído” la novela, y el cura le pagaba al Ventero los estropicios hechos por don Quijote.

Todo lo que recuerdo equivalente a esta experiencia fue la de escuchar a “Laco” Zepeda contando en Guadalajara en casa de Anís Díaz sus cuentos e historias que nos dejó con la boca abierta en donde no leía sino inventaba e improvisaba, pasando sin pasaporte las fronteras entre el país del realismo y el otro que estaba al lado y era mágico.

Ahora, tenemos la tecnología y podemos aprovechar el tiempo que tardamos en transportarnos de un lado al otro, que bien nos puede tomar hasta una hora, para que los jóvenes que usan todo el día sus audífonos puedan entretenerse oyendo-leyendo una de esas historia que irradian pura dicha ya sea por las voces de los que leen y nos dejan con la boca abierta, como Jeremy Irons como el profesor Humbert de la Lolita de Nabokov o Stephen Fry en las aventuras de Harry Potter o alguien como el poeta Lizalde con los cuentos de Juan Rulfo.

A los Centennials del XVI les decían ‘memoriones’ y eran unos jóvenes que podían aprenderse de memoria los parlamentos completos de las obras de teatro para luego, luego, dictarlos y fusilarse la obra sin tener que pagar derechos de autor.

El entusiasmo por los libros de caballería —escribió Margit Frenk— produjo portentos ‘memoriones’, por ejemplo, el fanático de los Palmerín de Olivia que se “los sabía de cabeza” o el escándalo del moro Román Ramírez, procesado por la Inquisición para morir en la cárcel (1599) ‘acusado de tener tratos con el diablo, pues era capaz de recitar de memoria muchos libros de caballería.’

Eran épocas en donde se desarrollaban otras capacidades como ahora, los nativos, las suyas que tienen que ver con la tecnología con la que se enteran de lo que se les interesa en tiempo real, pues manejan los celulares como nadie. Por eso digo que, si se les antoja, con esa app podrán leer lo mejor de la literatura mientras viajan o corren con esos audífonos que ya son una extensión de su cuerpo.

“Oye atento y del arte no disputes, que en la comedia se hallará modo que oyéndola se pueda saber todo”, como proponía Lope de Vega como lo podremos saber con Storytel cuando cubra el mercado hispano compuesto de unos 500 millones de individuos regados por el mundo con un buen porcentaje de analfabetos que volverán a esta edad en donde leer y escuchar vuelve a significar lo mismo.
-->

sábado, 13 de mayo de 2017

Del oficio a la obra de arte

Ciudad de México, sábado 13 de mayo, 2017.— 

Fotografía de Constelaciones prismáticas de Paolo Montalvo.

Un hombre convierte el oficio que tenga en obra de arte —como don José Hernández, plomero; Jesús Cabrera, carpintero o Rainer María Rilke, poeta en aquellos días que estuvo escribiendo sus elegías en el Duino, a la orilla del Adriático—, si tiene el don y las Musas los asisten para expresar en sus obras esa pasión que le permite transformar lo que haga con su oficio en una obra de arte, como ahora lo ha hecho Paolo Montalvo con sus fotografías de las Torres de Satélite mismas que ha expuesto en el Taller Luis Barragán —hasta el 25 de mayo—, como Constelaciones prismáticas, donde podemos hacer una lectura poética, visual y múltiple, producto de un trabajo de cinco años, para observar la luz, el espacio y los efectos que sucedían a cierta hora del día con esa geometría en fuga, hasta encontrar uno o varios de los misterios que hay en esas esculturas monumentales.

En estos días se cumplen 60 años de haber iniciado su construcción para luego convertirse en marca, señal o hito de una belleza tal como la que han disfrutado millones de automovilistas que, como los glóbulos rojos, corren por las arterias periféricas de la urbe.

Paolo dijo en la presentación que hizo el sábado pasado, que esa obra ha sido el resultado de una “contemplación silenciosa a lo largo de más de cinco años. Uno de los motivos por los cuales las Torres de Ciudad Satélite se han convertido en un hito de la creación artística del siglo XX en México, por que su realización correspondió más a la exaltación del sentimiento y la emoción que a la teoría y las fórmulas racionales de Luis Barragán y Mathias Goeritz que, como fuerzas complementarias, estuvieron al servicio de la belleza, sin olvidar a Jesús ‘Chucho’ Reyes Ferreira, para darles vida a esos cinco prismas monolíticos que, a sesenta años de distancia, conservan en su interior un mensaje luminoso.”

Si viajamos hacia el Norte vemos las vértices y sus efectos, y si regresamos a la ciudad, les vemos las espaldas que sostienen el esqueleto de esa marca en el espacio que delimita a las dos ciudades. marca que es de una belleza y dignidad como no lo he conocido en ninguna otra parte del mundo, bueno, tampoco he viajado mucho que digamos.

Algunas de las fotografías de Paolo Montalvo las hizo con su Polaroid, cuadradas, que con esfuerzo pueden ser un modesto e indirecto recuerdo del trabajo de Joseph Albers y su obra Homenaje al Cuadrado porque Montalvo apunta en otra dirección: la incidencia de las formas geométricas y sus colores en donde, el azul celeste, es un protagonista.

Pensé en las torres como la marca que hace referencia Shakespeare en el Soneto 116 cuando dice que el amor debe ser… “una marca inamovible que observa las tormentas y nunca se estremece; es la estrella de todos los gritos errabundos cuyo valor desconocen aunque midan su altura. El amor no es juguete del Tiempo a pesar de esos labios y mejillas rosadas de la hoz curvada por venir; el amor no se altera con las breves horas, ni con las semanas, sino que perdura hasta el borde de su ruina.”

Bien enmarcadas y mejor expuestas, las fotografías se convierten en una obra de arte donde podemos disfrutar de esos juegos geométricos y del color de las marcas inamovibles que se fugan por las alturas en busca de la eternidad mientras cortan con sus vértices al Céfiro, el viento del Sur y, si llegan de Occidente, nada más de verlas, hace tiempo, sabíamos que habíamos atracado en puerto seguro. Ahora, como decía Paolo Montalvo, “todo lo que vale la pena, empieza como un sueño” y “la belleza y el arte que escapan al ojo desnudo, son una invitación a la reflexión”, para tratar de explicarnos cómo es que Montalvo transformó su oficio en una obra de arte.