domingo, 28 de mayo de 2017

¡Nomás no empujen!

Ciudad de México, domingo 29 de mayo, 2017.—

No necesariamente muerta. Acapulco II, Susana Laborde.
La exposición fue un éxito: se inauguró el pasado sábado 27 de mayo, el mismo día que se llevó a cabo la Ruta de Galerías organizada por Christian Zarate. Por eso, entre las multitudes, vimos a Susana Laborde feliz de la vida explicando los trabajos de su exposición, con el tema que ella sabe tratamos de evitar porque tiene que ver con la muerte que nadie quiere saber, a pesar de que sabemos es lo único que no podemos evitar y, por eso, nos cuesta tanto admitirlo; mucho menos hablar del proceso de muerte e imaginar cómo es que nos tocaría, si una muerte súbita, como en los partidos de tenis o, ¡toco madera!, en uno degradantes y dolorosos que tardan en concluir y, cuando llega, aquellos que necesariamente no estamos muertos, decimos: “¡Qué bueno que ya descansó!”

Una manera de ir aceptando la muerte es jugar con ella, cosa que en México somos expertos y hacemos toda clase de simulacros, imitaciones que, en algunos casos, los extranjeros vienen a ver de cerca esas extrañas costumbres como las que suceden en diferentes pueblos durante el día de los muertos. Donde Madame Lamort, la modista, ata y revuelve los inquietos caminos de la tierra, como decía Rilke en la quinta Elegía de Duino.

Jugar a la muerte es una de tantas maneras que tenemos para digerirla, como cuando bailamos con la calaca o escribimos esas calaveras que ridiculizan lo hecho en vida frente a la inevitable Parca como por ahí puede ver este fragmento que dice: de la muerte nos burlamos, pero bien que le sacamos a la hora de la hora, cuando todos nos arrugamos.

Susana Laborde ha estado trabajando en este tema desde hace una década y para eso, aprovecha cuando viaja —la vida como un viaje— para hacer un alto en el camino y poner en escena su obra: ¿cómo sería si hubiese muerto ahí, tendida bocabajo? Entonces, la cámara registra esa simulación entre los colores que representan la vida y lo negro de su pantalón, los zapatos o las suelas.

No necesariamente muerta (NNM) se llama este ejercicio y parodia en donde imita la muerte para que nos detengamos, por un momento, en uno de estos ejercicios fotográficos y podamos sonreír, como lo hacemos porque nos pone nerviosos ver esa escena y, como en otros velorios, frente a la muerte todo lo que queremos es salir -como ahora al jardín del Taller Barragán- para celebrar la vida con cierta euforia.

La obra de Susana se expuso en los Talleres de Luis Barragán y provocó varias cosas: a pesar de que sabemos de que es un simulacro, se nos frunce un poco el estómago porque imaginamos que podría ser la propia, de manera inesperada y bien vestidos, caídos bocabajo ya sea en uno de los jardines de las Lomas o en la playa de Tulum o en medio de las hojas del otoño en Toronto o recogidos por el carro de basura, como lo hizo en Londres, o en equilibrio sobre el arco superior de una portería en Tequisquiapan o en un campo en Jilotepec con ese realismo que nos recuerda lo que vemos en la prensa o, casi desnuda, en Ixtapa o en Acapulco y un sol que quema la piel.

Hace una década que Susana concibió esta idea y empezó a registrar su puesta en escena en aquellos lugares en los que se antoja mucho estar vivos: piensa en el vestuario y la escenografía antes de colocarse bocabajo y que uno de sus asistentes le dé clic a la cámara para que dispare —en el sentido fotográfico de la palabra— y capte lo que ahora vemos, mientras esbozamos una sonrisa frente a la ironía de la vida y la muerte, aunque bien sabemos que no necesariamente está muerta.

Son pequeños cuentos como los que ya sabemos tienen un final tal cual, poco antes de que le pongan la sábana encima y se convierta en polvo. Sí, es una parodia y por eso sonreímos al verlas sabiendo que nos quiso tomar el pelo pero que deja su huella: sí, señores y señoras, resulta que un día de estos todos nos vamos a morir pero, como bien decía Alex Saldívar… ¡Nomás no empujen!
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sábado, 27 de mayo de 2017

Dentro y fuera del triángulo amoroso

Ciudad de México, sábado 27 de mayo, 2017.— 


Dos amores tengo: uno me conforta y otro me desespera. Como dos espíritus, me tientan constantemente: el ángel bueno es un hombre bello y el espíritu maligno es una mujer de color enfermizo, así empieza el Soneto 144 en donde nos enteramos de las dificultades y los desvelos de la voz del poeta por andar escalando el triángulo amoroso entre el poeta, su amigo y la deliciosa y lasciva dark lady que recientemente se había enredado con el amigo. 

Fuensanta Cué Ochoa es una joven letrada que corrige la versión de Los Sonetos de Shakespeare que publicará Bonilla y Artigas Editores para presentarlo en la FIL-2017. Ustedes se pueden preguntar con razón… ¿qué hace un ingeniero químico del ITESO con una especialidad en matemáticas aplicadas de la Universidad de Freiburg, i.Br, Alemania, traduciendo los sonetos de Shakespeare? La respuesta es sencilla: por puro placer, para entenderlos mejor y para compartirlos con ustedes. Por eso les he dedicado un poco de tiempo durante los últimos diez años.

La voz del poeta asegura tener dos amores: el bueno y el malo; el que lo conforta y el que lo desespera a pesar de que la diablesa sedujo a mi mejor ángel y, tal vez por eso, se le ha encajado el vértice del triángulo para hacerle una herida, además de sufrir de la “fiebre francesa”, una enfermedad venérea como la que padecían los dos amigos por haber mojado la pluma en el mismo tintero y que esperan que pronto sea el diablo el que apague ese fuego que les quema las entrañas.

Y antes de terminar esta historia, de pronto escucha que le dicen “odio” y al escucharlo se quedó helado por un instante antes de oír que no era a él a quien odiaban para volver a respirar hondo, como lo escribió en la volta, esas dos líneas o versos con los que cierra el Soneto 145 cuando dice:

I hate” from “hate” away she threw,
and saved my life, saying “not you
”…

“Odio”, de ese odio que lanzó lejos
y salvó mi vida agregando: “pero no a ti”


Entonces, parece que le volvió el alma al cuerpo pero, para nuestra sorpresa, lo que escuchamos en medio de los odios es el apellido de quien le salvó la vida al poeta mismo: la esposa de Shakespeare, tal como lo escuchamos mientras retumbaba el “odio” (I hate), para decir que lejos (away), y concluir que lo odiaba… pero no a él, como escuchamos la primera línea de la volta el nombre de su salvadora ¡Hathaway!, (hate away), el apellido de la esposa de Shakespeare en este juego de palabras a tres bandas en donde ella y el poeta aparecen de la nada en este triángulo y vemos su imagen reflejada en el espejo por un instante, tal vez por el deseo inconsciente de apaciguar los demonios de la culpa por andar bailando en medio de ese triángulo amoroso —ficticio o real— y que ahora, es su esposa quien lo perdona, culpable como se sentía por estar lejos de casa, viviendo libre en Londres, con mucho éxito, envuelto en vaya usted a saber qué amores, hasta que de pronto, nos dice, disfrazada, esta intimidad, entre líneas y, con eso, se siente aliviado oyendo que Hathaway, empalmada entre la poesía y la realidad, no lo odia y lo perdona, para que el poeta se siente bien y deje de sudar tinta negra en esas noches de insomnio con todo y sus galgos morados, todo por andar enredado entre los dos catetos y la diagonal, dentro y al mismo tiempo fuera del triángulo.

Poco después, el poeta valentonado la ofende diciéndole que a pesar de que había jurado que era bella y brillante, resulta que era negra como el infierno y oscura como la noche y, como se pueden dar cuenta, hemos llegado al último acto, aunque el poeta, amable, no da su brazo a torcer y dice que, a pesar de todo, él ama lo que los demás aborrecen.

sábado, 20 de mayo de 2017

Leer y escuchar vuelve a ser lo mismo

Ciudad de México, sábado 20 de mayo, 2017.—

Portada de uno de los libros que se sabían de memoria.

“Leer es también ‘oír’ y ‘oír’ suele usarse para ‘leer’; que lector y leyente es también un oyente”, como cita Margit Frenk Entre la voz y el silencio (FCE, 2005), en donde nos explica que en el Siglo de Oro leer y escuchar quería decir lo mismo, como parece que vuelve a tener ese significado si los Centennials instalan la app que les dará acceso a miles de audiolibros publicados por Storytel, los suecos que ya tiene siete millones de títulos sonoros y preparan un catálogo de mil títulos para los lectores-oyentes en español.

En Don Quijote de la Mancha hay una escena (I. XXXV) en donde el cura lee en voz alta la Novela del curioso impertinente —en verdad, impertinente en muchos sentidos—, como era una de las que tenía el Ventero por si alguien quería leerla para entretener a los huéspedes, la mayoría analfabetos para que la escucharan esa noche mientras don Quijote llevaba a cabo “una brava y descomunal batalla con unos cueros de vino tinto que había en su cabecera”, creyendo que se trataba del gigante Pandafilando de la Fosca Vista, para que, tal como le había prometido a la princesa Micomicona, acabaría con esa amenaza. Al día siguiente, unos decían “que habían leído” la novela, y el cura le pagaba al Ventero los estropicios hechos por don Quijote.

Todo lo que recuerdo equivalente a esta experiencia fue la de escuchar a “Laco” Zepeda contando en Guadalajara en casa de Anís Díaz sus cuentos e historias que nos dejó con la boca abierta en donde no leía sino inventaba e improvisaba, pasando sin pasaporte las fronteras entre el país del realismo y el otro que estaba al lado y era mágico.

Ahora, tenemos la tecnología y podemos aprovechar el tiempo que tardamos en transportarnos de un lado al otro, que bien nos puede tomar hasta una hora, para que los jóvenes que usan todo el día sus audífonos puedan entretenerse oyendo-leyendo una de esas historia que irradian pura dicha ya sea por las voces de los que leen y nos dejan con la boca abierta, como Jeremy Irons como el profesor Humbert de la Lolita de Nabokov o Stephen Fry en las aventuras de Harry Potter o alguien como el poeta Lizalde con los cuentos de Juan Rulfo.

A los Centennials del XVI les decían ‘memoriones’ y eran unos jóvenes que podían aprenderse de memoria los parlamentos completos de las obras de teatro para luego, luego, dictarlos y fusilarse la obra sin tener que pagar derechos de autor.

El entusiasmo por los libros de caballería —escribió Margit Frenk— produjo portentos ‘memoriones’, por ejemplo, el fanático de los Palmerín de Olivia que se “los sabía de cabeza” o el escándalo del moro Román Ramírez, procesado por la Inquisición para morir en la cárcel (1599) ‘acusado de tener tratos con el diablo, pues era capaz de recitar de memoria muchos libros de caballería.’

Eran épocas en donde se desarrollaban otras capacidades como ahora, los nativos, las suyas que tienen que ver con la tecnología con la que se enteran de lo que se les interesa en tiempo real, pues manejan los celulares como nadie. Por eso digo que, si se les antoja, con esa app podrán leer lo mejor de la literatura mientras viajan o corren con esos audífonos que ya son una extensión de su cuerpo.

“Oye atento y del arte no disputes, que en la comedia se hallará modo que oyéndola se pueda saber todo”, como proponía Lope de Vega como lo podremos saber con Storytel cuando cubra el mercado hispano compuesto de unos 500 millones de individuos regados por el mundo con un buen porcentaje de analfabetos que volverán a esta edad en donde leer y escuchar vuelve a significar lo mismo.
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sábado, 13 de mayo de 2017

Del oficio a la obra de arte

Ciudad de México, sábado 13 de mayo, 2017.— 

Fotografía de Constelaciones prismáticas de Paolo Montalvo.

Un hombre convierte el oficio que tenga en obra de arte —como don José Hernández, plomero; Jesús Cabrera, carpintero o Rainer María Rilke, poeta en aquellos días que estuvo escribiendo sus elegías en el Duino, a la orilla del Adriático—, si tiene el don y las Musas los asisten para expresar en sus obras esa pasión que le permite transformar lo que haga con su oficio en una obra de arte, como ahora lo ha hecho Paolo Montalvo con sus fotografías de las Torres de Satélite mismas que ha expuesto en el Taller Luis Barragán —hasta el 25 de mayo—, como Constelaciones prismáticas, donde podemos hacer una lectura poética, visual y múltiple, producto de un trabajo de cinco años, para observar la luz, el espacio y los efectos que sucedían a cierta hora del día con esa geometría en fuga, hasta encontrar uno o varios de los misterios que hay en esas esculturas monumentales.

En estos días se cumplen 60 años de haber iniciado su construcción para luego convertirse en marca, señal o hito de una belleza tal como la que han disfrutado millones de automovilistas que, como los glóbulos rojos, corren por las arterias periféricas de la urbe.

Paolo dijo en la presentación que hizo el sábado pasado, que esa obra ha sido el resultado de una “contemplación silenciosa a lo largo de más de cinco años. Uno de los motivos por los cuales las Torres de Ciudad Satélite se han convertido en un hito de la creación artística del siglo XX en México, por que su realización correspondió más a la exaltación del sentimiento y la emoción que a la teoría y las fórmulas racionales de Luis Barragán y Mathias Goeritz que, como fuerzas complementarias, estuvieron al servicio de la belleza, sin olvidar a Jesús ‘Chucho’ Reyes Ferreira, para darles vida a esos cinco prismas monolíticos que, a sesenta años de distancia, conservan en su interior un mensaje luminoso.”

Si viajamos hacia el Norte vemos las vértices y sus efectos, y si regresamos a la ciudad, les vemos las espaldas que sostienen el esqueleto de esa marca en el espacio que delimita a las dos ciudades. marca que es de una belleza y dignidad como no lo he conocido en ninguna otra parte del mundo, bueno, tampoco he viajado mucho que digamos.

Algunas de las fotografías de Paolo Montalvo las hizo con su Polaroid, cuadradas, que con esfuerzo pueden ser un modesto e indirecto recuerdo del trabajo de Joseph Albers y su obra Homenaje al Cuadrado porque Montalvo apunta en otra dirección: la incidencia de las formas geométricas y sus colores en donde, el azul celeste, es un protagonista.

Pensé en las torres como la marca que hace referencia Shakespeare en el Soneto 116 cuando dice que el amor debe ser… “una marca inamovible que observa las tormentas y nunca se estremece; es la estrella de todos los gritos errabundos cuyo valor desconocen aunque midan su altura. El amor no es juguete del Tiempo a pesar de esos labios y mejillas rosadas de la hoz curvada por venir; el amor no se altera con las breves horas, ni con las semanas, sino que perdura hasta el borde de su ruina.”

Bien enmarcadas y mejor expuestas, las fotografías se convierten en una obra de arte donde podemos disfrutar de esos juegos geométricos y del color de las marcas inamovibles que se fugan por las alturas en busca de la eternidad mientras cortan con sus vértices al Céfiro, el viento del Sur y, si llegan de Occidente, nada más de verlas, hace tiempo, sabíamos que habíamos atracado en puerto seguro. Ahora, como decía Paolo Montalvo, “todo lo que vale la pena, empieza como un sueño” y “la belleza y el arte que escapan al ojo desnudo, son una invitación a la reflexión”, para tratar de explicarnos cómo es que Montalvo transformó su oficio en una obra de arte.

sábado, 6 de mayo de 2017

La errata del inconsciente

Ciudad de México, sábado 6 de mayo, 2017.—

Diagrama de los dedos de las manos para escribir.

¿Qué será lo que me quiere decir el inconsciente desde hace rato y no le he hecho caso hasta ahora? Resulta que cada vez que tecleo una palabra que termina en ‘amente’, como ‘dramáticamente’, escribo, no sé por qué, ‘amante’, y lo que garabateo es ‘dramaticamante’, para reconocer, una vez más, la errata del inconsciente.

Se trata de uno de esos mecanismos que existen y que conocí hace años cuando estuve en psicoanálisis (1965-1975). Por eso, ahora puedo reconocer el origen de lo que me pasa y que no pudo remediar. Puede ser uno de esos deseos o una especie de nostalgia agazapada en alguna parte de nuestro ‘yo’, allá donde se deposita lo que pasa por encima o por debajo del consciente, sin saber, bien a bien, por dónde es que se cuela. 

Pero, eso sí, cada vez que quiero escribir ‘peligrosamente’, funciona esta extraña conexión entre los dedos índices de las manos (que son con los que escribo, hasta eso, con buena velocidad), en donde el espíritu chocarrero de las erratas atacan de nuevo y resulta que sale ‘peligrosamante’ en un especie de lapsus digitus que estoy tratando de exorcizar, aunque tal parece que no es algo tan críptico porque sé que viene ‘directamante’ del inconsciente —de plano, lo dejo así para que ustedes entiendan mejor lo que me pasa. Sin ser experto en la materia, he descubierto la fuerza y el poder del inconsciente, sabiendo que es una instancia cuyos contenidos aparecen en algún momento dado en los sueños, en los lapsus, chistes, juegos de palabras, actos fallidos o síntomas que, según Freud, tienen la particularidad de ser a la vez algo interno al sujeto y externo a la consciencia, que aparece cuando se le antoja.

‘Amante’… de eso se trata, como la paráfrasis del famoso monólogo de Hamlet ‘ser o no ser’, tal como lo tradujo Tomás Segovia en donde, en lugar de que vaya seguido de… ese es el problema, prefirió hacerlo con… de eso se trata, como ‘efectivamante’ (una vez más, ¿no les digo?) hay que considerarlo en esta vida.

Alejándome de esos asuntos filosóficos, vuelvo al tema que traigo entre ceja y ceja o entre dedo y dedo este asunto porque, ‘definitivamante’ recuerdo que cuando nuestra pareja la vivimos como tal, vivimos esa carga emocional tan atractiva porque resulta ser un tipo de amor que nos permite convertir lo temporal en eterno y, muchas veces, nos hace perder la razón para entrar, si es que así se puede decir, allí donde no existe el tiempo, para fundirnos en el paraíso de lo eterno.

No falla: el inconsciente me quiere decir algo que tiene que ver con aquello que está a flor de piel y que, por lo pronto, sale a flote abandonado su casillero, para que quede por escrito, tomado directo del inconsciente, queramos o no.

Es una errata diferente a la que ya les he contado —que me cae muy en gracia, como buen editor— y que aparecerá en mi próximo libro Fe de erratas, en la vida de un editor improvisado (Bonilla y Artigas Editores, 2017), en donde cuento lo que le pasó a Blasco Ibáñez cuando se levantaba la tipografía con letras de plomo para formar la caja de texto. El manuscrito decía: “Aquella mañana doña Manuela se levantó con el ceño fruncido”, pero lo que apareció en el libro fue que doña Manuela “se levantó con el coño fruncido”, como nos puede pasar a cualquiera de nosotros, es decir, la errata, no la manera como amaneció doña Manuela quien, por culpa del inconsciente del tipógrafo, como la de su servidor, se vio rebasada por el inconsciente que siempre llega de manera inesperada para causar un cierto desasosiego.
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sábado, 29 de abril de 2017

Miento, luego existo

Ciudad de México, sábado 29 de abril, 2017.— 

Paisaje noruego con esas rocas filosas como cuchillos
Peer Gynt es una de las obras de teatro de Henrik Ibsen (1828-1906) que vino a colmar esa grieta en mi alma que se produjo alrededor de 1991, el año en que murió mi madre. Es una obra sin muros ni fronteras entre la realidad y la fantasía en donde muere Aase, la madre de Peer, después de que éste la ha llevado volando hasta la puerta de San Pedro en una escena donde Ibsen parece que puso el dedo en la llaga y tuve una catarsis como nunca antes ni después he tenido.

Con el relato de esa escena terminé el seminario en el MUAC-2017: Colmar las grietas del alma con Shakespeare, Chejov e Ibsen en donde tuve la oportunidad de compartir siete obras que, de alguna manera, aliviaron algunas de esas ‘fisuras de la psique’, como decía Stephen Greenblatt. 

Peer Gynt mentía de manera compulsiva y patológica, falseando la realidad para hacerla más tolerable. Creó una imagen de sí mismo e intentó convertir en realidad su delirio de grandeza. Mentía sin considerar las consecuencias y construyó varias historias con las que sostenía sus engaños como lo hizo Ulises en la Odisea de Homero o el famoso Félix Krull de Thomas Mann o Don García en La verdad sospechosa de Ruiz de Alarcón.

Ulises no vacila en inventarse falsas biografías. Cuando cuenta episodios extraños y maravillas increíbles, prodigios inauditos, cuenta la verdad; cuando expone una historia verosímil, está urdiendo una mentira provechosa, como dice Carlos García Gual. 

Don García inventa haber dado una fiesta que nunca dio, pero les cuenta detalles que empieza diciendo que en las opacas sombras y opacidades espesas que el Soto formaba de olmos, y la noche de tinieblas, se ocultaba una cuadrada, limpia y olorosa mesa, a lo italiano curiosa, a lo español opulenta…, describiendo la fiesta donde había con todo y esas frutas que bien conocía Ruiz de Alarcón porque había nacido y crecido en la Nueva España.

Aase está muy enojada porque su hijo en lugar de traer leña, o piezas de sus cacerías le cuenta puras mentiras, por eso, lo primero que oímos es un categórico ¡Mientes Peer! y él le contesta que no, que no ha mentido para nada. En realidad esa era la manera en que Peer pudo sobrevivir aplicando aquello de… miento, luego existo, como si fuese la cita de Vargas Llosa en un anuncio en El País: En la literatura siempre encontré la verdad de las mentiras.

Relacioné el Cuarto Cuadro del Tercer Acto lo que, por mi parte, viví con mi madre cuando tenía su cabeza claridosa, aunque sus facultades se habían venido a menos o a casi a nada: ya no podía hablar desde hacía años porque se le pegaron las cuerdas vocales y, por eso, hablaba a señas o con los ojos, con esos ojitos sumidos que le brillaban cuando podía respirar normalmente y no tenía la angustia de los sofocos respiratorios… había días que se la pasaba luchando sólo para poder respirar.

Cuando iba a verla, se me ocurría distraerla contándole historias de El Economista que recién había fundado, así como, la fatiga y la angustia de hacerlo y mis relaciones con los Secretarios de Estado o las comidas con ellos y lo que era llegar a casa a las tres de la mañana y tratar de dormir pensando en Cova —su madre y mi abuela—, porque pensaba escribir un día su vida como novela, tal como la publiqué años después en 1995 como las Confesiones de Maclovia.

Cuando tenía que regresar a México no podía contenerme. Tal vez por eso, cuando terminó el cuadro de Peer Gynt, salí corriendo después de ver cómo es que moría Aase mientras Peer le contaba sus historias entre ellas que la llevaba volando con San Pedro donde se encargaría de que la dejaran entrar sin problemas. Mientras oía esto, sin voltear a verla, Aase había expirado.

sábado, 22 de abril de 2017

Los dioses usureros

Ciudad de México, sábado 22 de abril, 2017.—

Revisando la partitura de la Polonesa-Fantasía de Chopin.
Tuve que irme a caminar por esa playa donde baten las olas, escuchando sus arrullos constantes para subrayar esto y ver aquello que viene a cuento con esto que bien sabía Henrik… porque los dioses son, como se sabe, envidiosos, y cuando dan un año de felicidad a un simple mortal, lo apuntan como deuda y, al final de su vida, se la reclaman con intereses de usurero, tal como se la cobraron en la novela El último encuentro de Sándor Márai a Henrik, Konrad y la bella Krisztina.

Hay lecturas que se hacen cuando menos lo piensa uno, como cuando salta la liebre y nos damos cuenta de que es una joya, como esta que encontré en estas vacaciones como fue la novela en donde ese escritor húngaro demuestra su calidad ya que sabe tensar el arco al inicio y soltar la flecha al final para irnos a caminar por la playa a ver si así podemos digerir los conflictos entre esos tres personajes antes, en y después de haber vivido un feliz triángulo amoroso.

La amistad y la fidelidad, las advertencias del padre de Henrik, el General de la Guardia Imperial, cuando le dice a su hijo que su amigo era ‘diferente’ y que tiempo después lo relaciona con su madre porque también era ‘diferente’ por ser una condesa francesa, encerrada en una jaula de oro en el ámbito militar de Viena a la que tuvo que adaptarse para poder vivir al lado del General austriaco, disciplinado como pocos y con esos principios que heredó a su hijo quien, desde niño, hizo un pacto con si amigo Konrád, a pesar de que era ‘diferente’, porque le gustaba la música, era pobre y su madre era una polaca como Federico Chopin de quien interpretó un día al lado de la condesa la Polonesa-Fantasía, Opus 61 en la menor, como si fuese la versión musical de esta obra literaria.

Henrik se pasa cuarenta y un años esperando conocer la verdad de los hechos como si esperara el juicio final el día que recibió una nota de su amigo Konrád diciendo que pasaría a verlo después de haber huido hacía poco más de cuatro décadas.

El "qué hubiera pasado si" es algo que sólo podemos contestar si escribimos una novela, porque ahí es donde podemos elaborar las bifurcación de los caminos, las alternativas y desviaciones y los momentos en donde no pudimos seguir con nuestros amores porque sabíamos que se podía romper algo para que terminara abruptamente el juramento de fidelidad y, con eso, se hiciera una grieta enorme.

Mejor le damos de vueltas, una y otra vez a los hechos que imaginamos en detalle para entender lo que estuvo detrás de todo aquello, pues sabemos que es con los detalles que podemos entender lo esencial y, de esa manera, soportar la nostalgia por tantos años, anhelando los días cuando éramos tan felices.

Los que eran ‘diferentes’ al hijo del Guardia Imperial entendían la fidelidad, la disciplina, los valores, los principios y los juramentos de otra manera. Pero, como supo, la pasión se sobrepone a todo y, por eso, los ‘diferentes’ podían ser capaces de crear un vacío difícil de colmar. Henrik necesitaba saber la verdad, aunque la sabía por intuición, como esa que tienen los verdaderos cazadores.

Uno se puede identificar con Konrád, el diferente, porque le gustaba la música y, enamorado, no pudo mantener su juramento; o imaginarse como Henrik, el disciplinado como su padre, aunque de niño una día consideró que su padre era un poeta porque, según él, siempre estaba pensando en otra cosa y, finalmente, con Krisztina que manejó su fidelidad como Dios le dio a entender.

Mejor ver el ancho espaldar del océano y luego salir a caminar para pensar en otra cosa.
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