viernes, 2 de febrero de 2007

El laberinto del Fauno, adornado con siete Goyas

No podía ser de otra manera: una coproducción de Bertha Navarro del Tequila Gang con los españoles fabricando una obra del cine de ficción como es El laberinto del Fauno del tapatío Guillermo del Toro, les abriría la puerta para entrar a al sala principal y de la mano de la Academia del Cine Español para llevarse siete premios Goya muy bien merecidos. Entre ellos el de fotografía otorgado a Guillermo Navarro; el guión de Guillermo del Toro; los efectos especiales, la actriz novata y otros más. Una gran fiesta para este grupo de cineastas que han demostrado cómo se puede entrar al mundo globalizado y de las ligas mayores.

La carrera de Guillermo del Toro (1964-) la hemos seguido desde Cronos, en 1993, cuando inventó los efectos especiales que es el pivote sobre el que le gusta girar a del Toro y que por eso llamó la atención para ir a dar pronto a Hollywood donde pudo sentar las bases y luego hacer El espinazo del diablo (2001), Blade II (2002) y Hellboy (2004) y ahora en Praga filmando su Hellboy II.

El laberinto del Fauno fue hecha en España y por supuesto que les llama la atención a la Academia de Cine de ese país, pues del Toro ha demostrado tener una gran capacidad creativa en las artes cinematográficas sobre todo, en la creación de monstruos de todos los sabores y tamaños.

Ya he contado otras veces lo que me decía su padre, una vez que jugué golf con él Guadalajara: se quejaba de la infancia de Guillermo y nos decía cómo, desde que era niño, se negaba ir a la escuela e inventaba toda clase de pretextos, desde la gripa, pasando por la calentura y el dolor de estómago, sólo para quedarse disfrutando, revisando, anotando y elaborando sus fantasías alrededor de los «comics», en inglés o español, que tenía con los que iba elaborando lo se le ocurría para que Batman venciera al Pingüino, imaginando cómo eran los aparatos-vivientes que tenían los enemigos de los héroes, del Hombre Araña o de Superman y así, desde entonces se le ocurría hacer sus maquetas y diseñar sus mecanismos que luego filmaría para impresionar a la gente.

Cronos fue su primera experiencia en largo metraje y la hizo cuando tenía 28 años de edad. A esas alturas ya estaba dirigiendo y construyendo sus efectos especiales con esa especie de alacrán, ¿sería así?, no sé, sólo recuerdo que era un animal-metálico que chupaba la sangre y que con esa, podía rejuvenecer al villano. Valió la pena tenerle paciencia, como le dije a Guillermo papá en aquella ocasión, aunque él pensaba que iba a ser un inútil, bueno para nada. La semana pasada debió de estar de lo más que orgulloso, pues su hijo, salió de ese laberinto de la infancia para crearlos y darles vida, filmarlos en la pantalla grande y, en menos de una década, estar entre las grandes figuras del cine contemporáneo a nivel mundial.

Con El laberinto del Fauno, Guillermo del Toro se regodea en tres niveles: en una reconstrucción de la historia (la guerra civil española), para señalar en particular el sadismo de los militares y, en ese caso, del Capitán; luego, de esas fantasías que son resultado de la parte oscura de los cuentos de hadas, como de los aterradores cuentos de los Grimm (cuando metían al horno, a dos hermanitos perdidos, no sin antes engordarlos en una jaula) y, por último, en las pesadillas, como las que nos invaden en la infancia, cuando no entendemos qué es lo que pasa después de la muerte y presentimos o imaginamos lo que pude suceder cuando se apaga la luz y se acaba todo.

Pero también está la venganza, ¡ah, la deliciosa venganza!, tal como la que desarrolla y pone en manos de los oprimidos en un acto que satisface, sobre todo, a nuestras fantasías y que alternan con el resto de las tramas tomadas de esa realidad que inventa del Toro, como es el embarazo complicado de la viuda de un sastrecillo que ha sido usada por el Capitán como matriz de repuesto, sólo para tener un heredero. Pero la hija, que es la huérfana del sastre, escapa de la cruda realidad leyendo sus cuentos de hadas (o «comics», como lo hacía su director), desapareciendo la frontera que hay entre la realidad y la fantasía entre las hadas y el gran Fauno que habita en su laberinto —como el de Minos en la antigüedad o el del preludio de una siesta, como lo imaginó Debussy— para que pasen a ser parte de nuestra vida, protegiéndonos del mundo exterior y de la muerte, en un campamento donde esta niña, además de ser parte del cuento, tendría que pasar tres pruebas tres, para llegar a ser una princesa y parte de la corte —celestial—, donde está su madre. Sí, está segura que pasando esas pruebas podría ser parte de la corte —en el otro mundo—, en el de la fantasía, el de los cuentos, el del más allá. Y por todo esto, del Toro recibe siete premios Goya, confirmando que es un genio que ha llegado a la cumbre de su carrera. (El Financiero, lunes 5 de febrero)