domingo, 25 de febrero de 2007

Gabriel Orozco: artista obsesivo compulsivo

En diciembre del año pasado Mercedes Iturbe decidió, cuando estaba a cargo del Palacio de Bellas Artes, cerrar con broche de oro tanto el año como el sexenio y para eso realizó una tarea mayor: montar una retrospectiva de la obra del artista Gabriel Orozco, uno de los más cotizados y famosos artistas conceptuales de México que desde hace años forma parte del circuito internacional presentando obras de todo tipo con las que sorprende a los museos y a los coleccionistas para llegar a cotizarse como nadie lo ha hecho en este país en tan poco tiempo. Es un artista obsesivo compulsivo.

Cuando entramos a la Sala Principal, entendemos por qué lo tratan así en el mundo: primero, vemos sus estelas o el espacio que el hombre alcanza con los brazos abiertos; luego sus sistemas de cognición, en donde parte del principio de que el hombre la medida de todas las cosas. Al centro de la sala está una bola de plastilina negra donde el artista observa cómo ocupa el espacio una masa de la misma magnitud que la del artista vivo: una referencia con una de las propiedades de este espacio que está dominado por la fuerza de la gravedad.

«Las presencias que más me impresionan en la obra de Gabriel Orozo, —escribió Pablo Soler Frost— son su claridad, su sensatez frente al abismo, su respeto por las formas, la elegancia de la proporción en su obra, su dominio del mundo aritmético y geométrico sin el cual, según Erasmo de Rotterdam, no puede haber arte; su humor y sus atrevimientos.»

Por ahí pasamos a los «Papalotes negros», pequeños rectángulo pintados sobre una calavera, como si volviera a nacer el dibujo: tatuajes en los lóbulos de su propia imaginación; y por eso, nos imaginamos el esqueleto de la ballena (que no cuelga en Bellas Artes, sino en la Biblioteca Vasconcelos): «el esqueleto de la ballena de Gabriel Orozco —apunta Soler Frost— es una obra de arte que tiene que ver no sólo con todo, o con el todo, sino con todo el arte que ha habido. Demuestra, entre muchas cosas, que Gabriel Orozco es un artista indispensable y, ésta, una obra inexhaustible.»

Juega con él mismo y con los espectadores. Juega con la teoría del caos y con la geometría fractal: dibuja un círculo dentro del otro en su particular sistema planetario. Le llama «Grafito solar». Luego, propone otro juego encerrando semillas dentro de un espacio delimitado por una malla de alambre fino. como los pajareros que apresan a sus aves cantoras que, hasta ese día, volaban por donde se les antojaba. Ahora, las semillas de Orozco, quedan apresadas, sin poder seguir jugando su ciclo allá afuera en la naturaleza. Pero en contraste, reproduce una hoja de árbol con un dibujo de su nervadura, fractal y precisa, como es la de estos vegetales ahora camuflada por su dibujo entre dos vidrios.

Cuando vemos sus bitácoras de trabajo, no podemos dejar de pensar que es un artista obsesivo compulsivo que ve, toma nota y desarrolla sus proyectos todo el tiempo —o viceversa— desde que amanece, miento, desde antes, cuando estaba soñando y cuando despierta toma nota del otro viaje, confuso y brumoso.

Las expresiones de la realidad las observa todo el tiempo para anotar cómo es la luz de la mañana tras la ventana o en el patio o cuando salía su mujer embarazada y ahí mismo decide fotografiar su vientre con una luz extraordinaria y luego titularla «La isla de Simón», donde habitaba su hijo.

Cuando revisamos sus cuadernos de apuntes, donde anota todo lo que ve —antes o después de transformarlo— se imagina: el humo de algún cigarro, la transparencia de las hojas, sus círculos obsesivos que hace todo el tiempo sin importar dónde está, en París o en la casa de mar que ahora construye frente al Pacífico o en Tlalpan; apunta todo lo que ve o todo lo que se le ocurre —que es como verlo—, absolutamente todo y lo hace todo tiempo: lo que pasa por su imaginación y que algún día se convierte en una instalación, en una obra conceptual, en una obra de arte.

Cuando se aburre, escribe las reglas geométricas del árbol del Samurai y las reglas para hacer esos círculos por si usted decide hacerlo un día: «comenzando a partir de un centro, una secuencia de círculos crecientes se multiplica o divide entre dos, desarrollándose hasta el límite del cuadro; la estructura y dirección de los ejes de la secuencia generan una división de campo; tenemos cuatro colores, un color por campo; la localización y distribución de los colores comienza desde el centro y…»

Para terminar, en la planta baja de Bellas Artes vemos sus espumas de poliuretano colgadas en el espacio y su interés por ciertos animales marinos ensamblados por partes —ligeras como la espuma del mar— para ser colgadas y nos recuerden esos peces grandes, mutilados y flotando en esta vitrina. Una retrospectiva que bien vale la pena. (El Financiero, lunes 26 de febrero, 2007)