domingo, 25 de febrero de 2007

La economia de la felicidad

Hace unos años un par de economistas de Princeton, Bruno S. Frey y Alois Stutzer, hicieron lo que nadie había hecho antes: pensar y estructurar una teoría y práctica económica que le permitiera al individuo ser más feliz. Hasta entonces, los economistas tradicionales se habían negado a trabajar con las variables que pertenece más bien a lo subjetivo, como las que se trabajan en la psicología social.

En 2002 publican el primer libro sobre este concepto: Happiness and Economics: how the economy and institutions affect well-being, y ahí hacen su propuesta y el análisis de los factores determinantes y su incidencia en esto que le llamamos felicidad. Tal vez sea posible encontrar coincidencias en la política económica que Felipe Calderón y su equipo están implementando.

En una encuesta sobre la sensación del bienestar del World Values Survey de 1996, México ocupaba el segundo lugar en Latinoamérica con un 7.69% en el grado de «bienestar», después de contestar la pregunta: ¿considerando todo, qué tan satisfecho está ahora con su vida?

La propuesta es novedosa y no sencilla, pues hay que partir de las definiciones de lo que consideramos es la felicidad y luego, integrar y cuantificar los factores que lo afectan. Por ejemplo, se sabe que el sentimiento de bienestar no es un sentimiento aislado, sino que depende de las condiciones en las que la persona vive («yo soy yo y mis circunstancias») y esto dentro de las siguientes variables independientes que la determinan: los factores personales (autoestima, control, optimismo, extroversión o neurosis); los socio demográficos (edad, género, estado civil, educación); los económicos (ingresos individuales o agregados, desempleo e inflación); los factores de contexto o circunstanciales (ambiente y condiciones de trabajo, tensión en el trabajo, relaciones interpersonales, amigos y familiares y lo más importante, la pareja en el matrimonio) y, por último, los institucionales (democracia, descentralización y grado de participación política).

Estos economistas han revisado de qué manera inciden las instituciones y la política del Estado en lo que suponemos sería la sensación de felicidad y de bienestar, ya sea subjetivo o no, para determinar qué tipo de sociedad es la que permite que se alcance este concepto; por ejemplo, la necesidad de que haya paz (expresada en los últimos días) o que la violencia se reduzca al mínimo; la descentralización del poder que, ojalá sea parte del paquete de las reformas de Estado y se avance en ese sentido, para que incida con un incremento en la participación del individuo en la toma de decisiones. Tal parece que entre más descentralizado está el poder, más participativo es el individuo y mejor se siente.

Aunadas estos factores al sentido común que se supone tenemos, eso de estar desempleado o vivir con la inflación (como en la época de López Portillo), disminuye la sensación de bienestar y, al contrario, tener casa, (como en los últimos años) y empleo, incide en el bienestar y nos coloca en esa plataforma donde la vida sonríe. (El Informador, martes 27 de febrero, 2007)