Aire fresco en la diplomacia

La congruencia con la que Felipe Calderón está ejerciendo las relaciones exteriores no deja de ser sorprendente, tal vez, en contraste con lo sucedido en el sexenio pasado, cuando el comportamiento de esta actividad fue desconcertante, pues parecían «chivos en cristalería» que sólo lograron alejarnos más de donde deberíamos estar más cerca.

Recientemente nos han visitado dos presidentes: George W. Bush, el vecino distante del Norte a quien recibieron en la lejana Mérida, fuera del mundanal ruido de la Capital seguido de Michelle Bachelet, la Presidenta de Chile, que fue bienvenida en el centro mismo del poder para que pudiera pasearse entre los pasillos del poder del Legislativo para que la compartieran y presumieran los de la izquierda bien vestida y, con ese pretexto, recordaran a Salvador Allende y lo que se les antojara en una muestra más del profesionalismo con el que están ejerciendo las relaciones exteriores, que ahora resulta es para todos, sin parafernalias, con una cierta humildad, digamos, como la de los buenos anfitriones, señalando sin sobresaltos las diferencias, y colocando los puntos sobres las «íes», indicando por dónde y qué es lo que deberíamos hacer juntos para mejorar en el ámbito social como en el económico, donde el respeto al derecho ajeno, sigue siendo la paz.

Escuché a Bachelet cuando estuvo con Isabel Allende y Antonio Skármenta, invitados por el Rector de la UNAM. El discurso de Isabel estuvo tan bien estructurado, que resultó por supuesto muy chileno, con un gran sentido del humor como el que se estila por allá y que nos hace reír más si hemos sido afortunados de conocer a los y a las chilenas como tan bien las describió, para dejar que los halagos a Bachelet fueran tangenciales. Recordó cómo la belleza de estas mujeres consiste en la suma de su ingenio y de su cachondería encendida por el buen humor y por la gracia, pues ellas saben, aunque no lo digan, que son mejores que sus maridos, por mucho. Hace un par de años estuve en la Feria del Libro de Santiago y me acerque como nunca antes lo había hecho al mundo de Neruda gracias a Mario Arriola Woog, este joven viejo amigo tapatío, diplomático de carrera que estaba, en ese entonces, como Secretario de la embajada en Santiago.

Luego siguió Skármenta contando cuando estuvo Juan Rulfo en casa de Neruda y luego cómo lo entrevistaron junto con Borges, quien señaló que él había hablado sin parar y que Juan Rulfo sólo intercaló, de vez en cuando, unos muy oportunos silencios.

El acercamiento con estos dos presidentes ha sido una bocanada de aire fresco en el campo de la diplomacia y nos ha permitido constatar, de alguna manera, la confiabilidad con la que Calderón ejerce sus funciones, demostrando ser un buen estratega y la suficiente concentración en el ejercicio del poder como para seguir trotando a buen ritmo, con las riendas en la mano para que ahora sí haya una mejora en las condiciones de vida. (El Informador, martes 27 de marzo, 2007)