Lomnitz: mago de la comedia y de la farsa

Alberto Lomnitz ha puesto en escena en el Teatro Helénico "La comedia de las equivocaciones" (1593), una de las mejores y más difíciles comedias de Shakespeare. Lo ha hecho tan bien que pudo librar varios obstáculos para hacernos reír gracias a los errores y confusiones entre las dos parejas de gemelos (Antífolos como patrones y Dromios como sirvientes) cuando llegan a la ciudad de Éfeso (o el Norte) en busca de sus hermanos. Ahí mismo se dan toda clase de equívocos y errores entre Adriana la esposa y ama de casa, que confunde a su marido (Antífolo de Éfeso) y de pasada se queja de su infidelidad, de su impuntualidad y de ser parrandero y jugador, para que el público, entre otras escenas, la pase a las mil maravillas.

Con un reparto de primera, formado por Carlos Aragón, Fernando Becerril, Haydeé Boetto, Ricardo Esquerra, Gabriela Murray y Juan Carlos Vives, empieza las acción y las equivocaciones se desatan en forma exponencial para crear una secuela de confusiones sin que haya, para el espectador la menor duda de quién es quién en un momento dado. Por eso, Estela Fagoaga, encargada del vestuario y la ejecución de la obra, tiene que estar pilas todo el tiempo para que no resulte que en casa del herrero, asador de palo.

Nada más para que usted vaya apartando su lugar y vea qué divertida resulta esta comedia, en el primer acto nos enteramos de lo que ha pasado hace tiempo, desde que la familia se separó. Era un matrimonio con dos hijos (gemelos idénticos) que, a su vez, habían adoptado como sirvientes a otros dos gemelos idénticos, pero un día cuando estaban «a una legua de Epidauro, antes de que el mar, —nos dice Egisto, el padre— sumiso al poder de los vientos, pudimos presentir el menor peligro… de pronto la poca luz que el cielo nos daba alumbró ante nuestros ojos la certeza aterradora de una próxima muerte…. nos atamos mi mujer y yo a los dos extremos del mástil… y nos abandonamos a mereced de las olas…»
Egisto el padre de los gemelos busca a Antífolo de Siracusa (o el Sur) que había salido acompañado de Dromio (del Sur , también), para encontrar a sus respectivos gemelos perdidos desde el naufragio. El padre es arrestado y condenado a ser ejecutado ese día al atardecer si no paga una multa.

En Éfeso confunden a los dos gemelos con sus hermanos del Norte y, por equivocación, son llamados a comer —donde no es su casa— para ser recibidos por quien se supone es esposa Adriana; ahí mismo, el Antífolo de Siracusa corteja a Luciana la hermana de Adriana y por lo tanto, su cuñada; luego de este avatar, discuten las dos mujeres y hablan de cómo debería ser la relación entre el hombre y la mujer: «¿por qué han de tener los hombres más libertad que nosotras?» y, más adelante, Adriana, se entera que ha cortejado a su hermana: «¡Ah, Luciana! ¿Es posible que mi marido haya usado contigo ese lenguaje? ¿Observaste, mirando atentamente sus ojos, si hablaba o no en un tono formal? ¿Estaba su semblante animado o pálido? ¿Triste o alegre? ¿Qué notaste en las emociones que surcaban su rostro?»

Por ahí anda Nell la cocinera que le asegura a Dromio de Siracusa que ella es su esposa y éste sale disparado huyendo de esa mujer tan gorda como el redondo mundo. Por eso le pregunta Antífolo, su amo, si supo dónde quedaba cada país: «¿Y España? —le pregunta Antífolo—, en verdad no la he visto, pero sí la sentí en el calor de su aliento, —le responde Dromio— y… ¿dónde queda Irlanda? —sigue preguntando—, ¿Irlanda?, ¡ah, sí!, claro, Irlanda seguro está en sus nalgas, señor, pues la he podido reconocer por lo accidentando del terreno.»

Y en esta ciudad, Dromio el extranjero se pregunta si está «en la tierra, en el cielo o en el infierno, ¿dormido o despierto?, ¿loco o cuerdo?, ¿soy conocido de estas mujeres o estoy oculto en mis propios ojos? Vamos, hablaré con ellas, representaré mi papel, y seguiré la aventura, resulte como resulte», porque se dan cuenta que los saludan unos extraños y reciben, sin saber por qué, un collar por parte de un joyero. Así, las confusiones se multiplican hasta tal grado que los espectadores no sabemos cómo ni por dónde se va a resolver esta ecuación de grado múltiple. Por ahí aparece como deus ex máchina, no un dios, sino una Abadesa que esconde a los extranjeros en su Abadía, aterrado y convencidos de que la ciudad está habitada por brujas y demonios.

La obra de Lomnitz es una deliciosa comedia con toques de farsa y nos hace creer, con maestría, lo improbable dentro de una lógica propia; hay tundas progresivas como en la farsa, pero, la trama, toca asuntos que deberían actuarse seriamente, como es el diálogo de las mujeres frente al hombre. La acción es rápida y exige una concentración total, pero creo que debería relajarse de vez en cuando para permitir el contraste y que nos den tiempo de reflexionar, antes de volver a soltar la carcajada. (El Financiero, Agenda del Espectador, lunes 5 de marzo, 2007).