jueves, 15 de marzo de 2007

El perfume de Suskind: sinestesia con las imagenes

Patrick Süskind escribió hace veintidós años su novela El Perfume, historia de un asesino. Desde entonces, se ha traducido a todos los idiomas posibles, pero ningún cineasta supo cómo convertir la trama y el suspenso de esta obra en una película; nadie supo cómo convertir el olor y el olfato del asesino serial sin que el público perdiera el interés. Nadie, ni Martin Scorsese, ni Scott Ridley (¡qué lástima!), ni Tim Burton se atrevieron a hacerlo. Todos la olfatearon y luego se declararon incompetentes, como lo hizo Stanley Kübrick, argumentando que era una novela sobre los aromas, el olfato y la obsesión por el perfume-de-los-perfumes, imposible de convertirla en película. El año pasado, el alemán Tom Tykwer brincó al ruedo junto con Bernd Eichinger su productor y, entre los dos, enfrentaron el reto que significaba.

«Así como Partick Süskind usó el poder claro y exacto de las palabras —dice Tykwer—, nosotros decidimos usar el poder claro y exacto de las imágenes, del ruido y de la música… y entonces, no importa si se trataba de un campo a la luz del sol o de un árbol, todo lo que se necesitábamos hacer era lograr una precisión óptica y, con eso, nacería en la imaginación del espectador la referencia a los olores.»

La idea del productor se basaba en la sinestesia (la sensación subjetiva propia de un sentido, que es determinada por otra sensación de un sentido diferente) y aunque optimista, sin duda, logró tal belleza en las imágenes y escenas que capturaron, aunque fuesen aterradoras, que lograron que pudiéramos imaginarnos, igual que lo hicimos cuando leímos la novela, que ese olor que había en el ambiente y que orientaba las obsesiones de Jean-Baptiste Grenouille, ya sea por los delicados olores de la lavanda o el hedor en el París del siglo XVIII en esa época cuando reinaba en las ciudades «un hedor apenas concebible para el hombre moderno. Las calles apestaban a estiércol, los patios interiores apestaban a orina, los huecos de las escaleras apestaban a madera podrida y a excrementos de rata, las cocinas a col podrida y grasa de carnero; los aposentos sin ventilación apestaban a polvo enmohecido; los dormitorios, a sábanas grasientas, a edredones húmedos y al penetrante olor dulzón de los orinales. Las chimeneas apestaban a azufre, las curtidurías, a lejías cáusticas, lo mataderos, a sangre coagulada. Hombres y mujeres apestaban a sudor y a ropa sucia; en sus bocas apestaban los dientes infectados, los alientos olían a cebolla y los cuerpos, cuando ya no eran jóvenes, a queso rancio, a leche agria y a tumores malignos. Apestaban los ríos, apestaban las plazas, apestaban las iglesias y el hedor se respiraba por igual bajo los puentes que en los palacios. El campesino apestaba como el clérigo, el oficial de artesano, como la esposa del maestro; apestaba la nobleza entera y, sí, incluso el rey apestaba como un animal carnicero y la reina como una cabra vieja, tanto en el verano como en el invierno, porque en el siglo XVIII aún no se había atajado la actividad corrosiva de las bacterias y por consiguiente no había ninguna acción humana, ni creadora ni destructora, ninguna manifestación de vida incipiente o en decadencia que no fuera acompañada de algún hedor.»

Por eso, cuando vemos la película empezamos a sentir esa molestia apenas «concebible para el hombre moderno» convirtiendo las imágenes que nos muestra su director -en plena sinestesia- para imaginar la podredumbre de la ropa sucia o del aliento, mientras el joven Grenouille va librando la vida gracias a un super-olfato.

Parte de la tragedia es que él mismo no huele a nada y por eso pasa desapercibido (como nos sucede a muchos de nosotros). Su obsesión por lograr la esencia del perfume-de-los-perfumes extrayéndolo de las doncellas que asesina, una tras otra, para sacarles las doce bases, doce, como aprendió del «perfumista y fabricante de guantes Giuseppe Baldini en París (con Dustin Hoffman en ese papel)… Cuando se abrían las puertas de esta perfumería sonaba un carrillón persa y dos garzas de plata empezaban a lanzar por sus picos una agua de violeta que caía en un cuenco dorado con la misma forma que el escudo de Baldini.»

Tom Tykwer logra el suspenso y el horror con las imágenes del pescado muerto o de la flor de naranja o del aroma de la bella pelirroja o del campo de lavanda o de las rosas que usaba Baldini para extraer la esencia en sus perfumes. Tal como lo prometió, en plena sinestesia, nos ofrece imágenes acompañadas de música y de ruidos que nos ponen en alerta y, para desconcertarnos más todavía, el día en que es condenado a muerte, decide esparcir su perfume-de-perfumes en la Plaza de Grasse y el pueblo, arremolinado, enloquece, se desnuda y hacen el amor.

Finalmente es en Grenoble, donde había nacido, cuando se impregna con ese perfume-de-perfumes y es devorado por unos pordioseros: «media hora más tarde, había desaparecido de la faz de la tierra… por primera vez los mendigos habían hecho algo por amor.» (El Financiero, lunes 19 de marzo, 2007)