La fabrica del espacio de Maria Jose Lavin

Desde siempre María José Lavín decidió ser artista y desde entonces hemos visto su obra compuesta de pinturas y esculturas. La semana pasada, la Galería de la Universidad Autónoma Metropolitana en la colonia Roma, ha montado una exposición con algunas de sus piezas recientes, en donde la artista nos muestra cómo su talento ha superado algunas etapas de su vida que parecían imposibles de vencer y cómo éstas han dejado una huella en su obra: telas, piezas de cantera y en unas piedras brillantes como espejos o como lagrimas que han caído en ese espacio que ha construido María José a su alrededor para expresar, con toda libertad, las dualidades que forman parte de la vida misma.

La exposición se llama «La fábrica del espacio» y en ella podemos apreciar el empeño de María José «por convidarnos sus vistas: cantos y perfiles de construcciones que no terminan por evidenciarse, a excepción de un par de cuadros que registran el entorno mediante el favor de la transposición digital en el que florece la responsable de su parto, y que siendo atisbos de arquitectura evocan restos frágiles de humanidad ausente propia de los elementos: el aire, la luz y la equívoca relación que establecen: tensión, rotación, movimiento en suma», como dice Luis Ignacio Sáinz en el catálogo.

«Día es la noche» es un óleo impresionante de dos metros de largo por sesenta centímetros de ancho donde ha jugado con la dualidad como esa que se define en el título: día y noche, vida y muerte, y todo esto, pintado y vuelto a pintar con negros y azul marino, con pequeños destellos por ahí ocultos en uno de sus extremos, al oriente de su geografía, por donde sale el Sol. Cuando lo recorremos nos sucede como a Dante en el Infierno de su Comedia que, «a la mitad del camino de su vida se encontraba en una selva oscura, con la senda perdida», y así imaginamos estar hasta llegar al centro de la tela para recordar ese lugar preciso donde se gesta la vida y que puede ser el punto de encuentro entre la luz y la oscuridad de la noche y del día o, entre la realidad y el recuerdo y la fantasía; y si seguimos hasta el otro extremo, al poniente, veremos que todo lo que hemos recorrido es un eco del pasado, la gestación de una tormenta eléctrica con destellos marítimos, antes de llegar al límite mismo de ese espacio en donde María José ha estado navegando todos estos años con su técnica, emplastando capas de pintura, una sobre la otra, para después rascarle para que salga al azar una luz, una transparencia y así seguir trabajando hasta conseguir una pátina o hasta el cansancio o hasta que ve su tela a la distancia —en el tiempo y en el espacio— y quede satisfecha con el efecto que quería lograr en esa ocasión. Luego vendrá el porvenir.

La museografía de Elena Segurajauregui es un éxito. Preparó el espacio para cada una de las piezas de la artista como lo hizo para la «Mujer con columna rota» que son dos piezas de cantera de 50 por 40 centímetros y que lo dice todo: una huella dramática (como la de Frida), sencilla, como deben ser las obras de arte, donde crea una pieza anatómica que trasciende el realismo, para abstraer esos engranajes que sostienen al cuerpo sin dejar de señalar el punto sobre la «i» en el centro del volumen dolido, para que quede testimonio de esta mujer con la columna rota apoyada en el triángulo donde gira todo mientras haya vida.

Sus «Piedras en bronce niquelado» son lágrimas gordas y contundentes aplastadas al caer sobre el terreno de la realidad en lugar de haberlo hecho en el bosque de Arden, ese bosque donde todo se vale y donde todo puede suceder, por ejemplo, la nostalgia del tiempo que pasa o la canción perdida o la burla; el accidente de los amores y el azar y de pronto, el buen humor, como sucede en este escenario del mundo donde todas las mujeres y todos los hombre son simples actores y una mujer de su tiempo, como María José, tiene muchos papeles.

Con sus piedras ha descubierto la belleza de las lágrimas niqueladas como guijarros plateados que se pueden lanzar una tarde de ocio sobre la orilla del lago —para que hagan patos—, hasta que se hunden después de haber destellado en su huída, rebotando sobre la superficie, como las estrellas fugaces lo hacen sobre el espacio celeste.

Cuando volvemos a la fábrica del espacio, María José nos ofrece una óptica y una mirada, una percepción directa, una sensualidad en tránsito, como bien dice Sáinz y así llegamos a los «Polípticos», varios encaustos sobre tabla que recuerda los registros de un sismo o más bien un electrocardiograma, con los latidos de su corazón en el espacio, con sus crestas y valles, como la vida que, en un momento dado, puede estar a punto de quebrarse o quedar varada en alguna playa donde sabemos que otros han naufragado y que ahora, Maria José Lavín nos deja explorarlas para conocer el ritmo al que late el suyo en este su espacio-tiempo, mientras expresa con elegancia y buen oficio, las emociones que la embargan. (El Financiero, lunes 12 de marzo, 2007)