La Pasión según san Mateo de Bach

El juicio, condena y muerte de Cristo se recuerda en Semana Santa y se conoce desde la Edad Media como la Pasión para que nos imaginemos así, la inclinación amorosa, la emoción y el intenso sufrimiento antes de morir. Así le llaman los artistas cuando la representan, ya sean pintores o músicos, expresando, cada uno a su manera, esta última etapa de la vida de Cristo basada en los textos de san Mateo (Levi, «el recaudador de impuestos», luego Mateo, el «regalo de Jehová») o en los de san Juan, Marcos o Lucas.

Juan Sebastián Bach (1685-1750) fue uno de estos artistas que llegó a componer tres Pasiones mientras estuvo en Leipzig como cantor de la escuela de Santo Tomás y director de música de esa ciudad y tenía que componer una obra diferente para cada domingo y otras para los días de fiesta: Semana Santa, Pascua o Navidad. Hoy podríamos escuchar una obra cada domingo durante tres años seguidos, además de hacerlo en Navidad con su Oratorio o en Semana Santa con las dos Pasiones que quedan: una, según san Mateo y la otra según san Juan. La de san Marcos está perdida.

Hubo una de las mejores interpretaciones que he podido escuchar de La Pasión según san Mateo (BWV 244) hace un par de semanas, en la Sala Nezahuacóyotl, con la «Wiener Akademie Orchester» y la «Orquesta de Música Angélical Barroca» dirigidas por Martín Haselböck y con el coro (espléndido) de «St. Thomas Boys and Men» de Nueva York, con varios solistas de primera, en especial, el contralto Carlos Mena que, con su tono de voz, dramatiza de manera espectacular la historia.
Es una de las obras más grandes de la historia de la música (lo digo en serio) y Bach logró darle un sentido operístico único. La historia es dramática y de repente escuchamos, aterrados, cómo el Coro nos conoce y sabe que «la contrición y el arrepentimiento torturan mi corazón culpable…», y así, nos va llevando, musicalmente hablando, a través de esos capítulos (26 y 27) para comprender el destino y la muerte del hombre en la figura de Cristo: «mi alma debe padecer la flagelación y las ataduras…» y la soledad y el dolor antes de morir o antes de aceptar que ese es nuestro destino final. Para Él estaba dicho pues, «el hijo del Hombre, sigue su camino, tal y como está escrito…»

En este drama, Bach sublima los sufrimientos —de cada uno de nosotros— para que tomemos conciencia de la vida y de la muerte —el gran final—, pasando por la agonía, la traición de los amigos y discípulos, como Judas o el mismo Pedro —¡et tu Pedro!— que, antes de que cante el gallo lo había negado tres veces; sí, se trata del sentimiento de soledad cuando sabemos que pronto vamos a morir, como Él la sintió en el huerto de los olivos —o nosotros en la cama del hospital, moribundos; se trata de la despedida de sus amigos en la cena que les ofrece antes de ser flagelado y coronado con espinas antes de salir cargando su cruz hasta fallecer —como Mozart después lo interpretó en forma excepcional con su Ave verum corpus, un diamante musical de cuatro minutos y medio.

Logramos ver —con los oídos— el drama que Bach estructuró en sesenta partes y que dura más de dos horas. Podemos ver cómo éste genio predica con los sonidos, con las melodías, las fugas y la increíble intervención de los coros (niños, inocentes y adultos culposos), para que el pueblo se acerque a esta historia compuesta con una versión de Lutero y con algunos poemas de Henrici. Bach utiliza la línea musical hacia arriba o «anabasis», para expresar la «esperanza» y luego, la «catabasis», bajando la línea musical cuando se trata de la muerte o de la angustia. Pero también están los oportunos silencios, terribles, pues nos recuerda que después de la muerte, todo es silencio.

«La Pasión según Mateo» fue interpretada en Leipzig en 1729 y su estilo «operístico» fue rechazado por esos puritanos rigorosos de la moral. El texto está musicalizado de manera sencilla entre las secuencia de recitativos, intercalando unas arias contemplativas y textos poéticos que le dan ese carácter íntimo a la vida de Cristo: «¡Ah, mi buen Jesús ya no está aquí! ¿Es posible? ¿Es cierto lo que ven mis ojos? ¡Un cordero en las garras del tigre! ¡Ah!, ¿dónde se ha ido mi Jesús?»

La muerte y su destino estaban escritos en el viejo Testamento y sirven de fondo a esta tragedia donde se expresa el miedo, coraje, dolor, culpa, amor y odio. Cristo en esta Pasión es acompañado por las cuerdas, símbolo de lo divino y, el resto, por el bajo continuo. Cuando pronuncia sus últimas palabras, las cuerdas callan: se ha convertido en hombre y lo hemos «visto» tal como el coro nos invita desde el principio: «Vengan, auxílienme en el llanto. ¡Vean al Amado! ¡Véanlo! ¿Cómo?, como un cordero. ¡Miren! ¡Vean su paciencia! ¡Vean! ¿Dónde? Nuestros pecados. ¡Miren, por amor y por clemencia cómo va cargado con su cruz…» (El Financiero, lunes 2 de abril, 2007)