jueves, 22 de marzo de 2007

«Yamaha 300» o la vida de los narcos

Antonio Castro reestrenó «Yamaha 300» en el Foro de Sor Juana Inés de la Cruz del Centro Cultural Universitario y estará en cartelera (viernes sábado y domingo) hasta el próximo domingo 1º de abril. Es una obra escrita por el sinaloense Cutberto López que recrea la vida de los narco pescadores que pululan por las costas de Sinaloa. Su alma es ese motor fuera de borda con el que se mueve, huye y ataca mientras ejecuta su tráfico, al tiempo que nos relata sus fantasías y deseos, aterradores por frívolos, como lleva a cabo las ejecuciones —que en la realidad son tantas, que han puesto en tela de juicio la capacidad del gobierno para vencer al crimen organizado. Los pescadores (perdidos) han dejado su oficio para dedicarse a estas tareas más productivas, efímeras y peligrosas.

Poco sabemos de la vida de estos hombres. Algunos se han convertido en leyenda y los veneran como santos. Por eso, con «Yamaha 300», nos acercamos a estos hombres de carne y hueso, y nos llevan de la mano para recorrer su mundo entre la estúpida frivolidad y la ejecución fría de los que consideran es necesario que desaparezcan; entre la religiosidad, que raya en fanatismo, y la buena vida que se dan los involucrados que sobreviven el sadismo de los capos.

Antonio Castro cuenta con un buen reparto para convertir ese texto en acción y para darnos a conocer la imaginaria vida de sus personajes en un recorrido por la costa norte del Pacífico.

La mayoría de los mexicanos piensa que la incapacidad de las autoridades se debe a ese mal llamado corrupción que se filtra a cualquier nivel de la cadena social, como si fuera un cáncer que se injerta donde en el más débil el eslabón de la cadena y, sin decir agua va, destruye todo lo que está a su alrededor. Por eso, la violencia que se ejerce, nos revela una cara de la capacidad operativa y organizativa de los cárteles que es, a la vez, el reto más grandes de las autoridades.

En «Yamaha 300» vemos con un cierto «verismo» cómo se alimenta y retroalimenta la hidra de las mil cabezas a la que no importa se le corte una de ellas, se sigue reproduciendo. «Es un retrato —dice Antonio Castro—, de la realidad emocional de sus protagonistas, que pretende asomarse a la intimidad de esa gente y observar de cerca lo que les sucede.»

La escenografía, que es excelente, fue diseñada por Sergio Villegas, quien logró integrarla a la trama que corre en un acto y nos hace pasar del machismo recalcitrante, a la frialdad con la que ejecutan a quien sea, sin importar la belleza de la noche estrellada o de la novia o del policía que, sin venir a cuento, se lo truenan, por si las moscas.

«Sentimos el miedo de todo lo que sucede, miedo de que las redes del narco toquen a la puerta de nuestra casa, miedo por la confusión que produce, miedo de la bala perdida, o a la que no está tan perdida», dice Cutberto López y, con este libreto, Castro logró darle la continuidad que necesitan sus personajes, ya sea el pescador, el gatillero o la novia del narco con la que ya mero se casa y, en ese ya mero, está planeando su gran fiestononón —como los hemos visto en la prensa que las organizan— pero que, por desgracia, es frustrada y por todo esto, ella se transforma en una virgen morena —especie de metamorfosis freudiana y surrealista, como si fuera una obra de Dalí—donde Pilar Padilla es la novia del Narco, que se transforma para ser colocada en un retablo, a la que luego le rezan los narcos porque los protege de todo mal.

Se tensa el arco con las autoridades que vigilan y somos testigos de los billetazos que reparten (incluyendo a los curas de la Iglesia), mientras va creciendo la violencia, y el lenguaje se hace más crudo para darle su toque de realismo que tanto miedo nos da, como cuando estuvimos por Culiacán caminado por esas calles donde pasan los dueños de sus «Yamaha 300», dentro o fuera de borda, con la tambora a todo volumen, tratando de impresionar a su paisanos. Mejor nos pegamos a la pared, no fuera a ser.

Con un magnífico reparto vemos cómo tiran la tarraya que se extiende por tierra, mar y cielo, aprovechando los sueños de ciertos indivioduos por hacerse ricos, muy ricos, como los pescadores se lo imaginan para que, ahora sí, poder darse la buena vida, sin saber que es breve y que la van a despilfarrar sólo para causar más envidia entre sus colegas en esa cadena que no parace tener fin. (Publicado en El Financiero)