Amenazas del exterior

Las amenazas del exterior producen una sensación extraña que tiene que ver con el miedo y con las ganas de saber cómo defenderse. En México hemos sido afortunados pues, desde hace más de un siglo, no hemos sufrido ningún tipo de amenazas, ni de invasiones y las dos guerras mundiales del siglo XX, así como los ataques terroristas del XXI han sucedido lejos. Ahora resulta que nos amenazan tantos los terroristas de Al-Queda como el presidente Chávez de Venezuela en otra escala.

Las dos penden sobre nuestra cabeza: una extraña y lejana, aunque real amenaza, como lo han confirmado los expertos del siglo XXI que tienen que ver con el terrorismo y con las estrategias de Al-Queda, que aseguran estamos amenazado sin que sepamos bien a bien de qué se nos culpa, pues desde siempre, las relaciones exteriores mexicanas son un claro ejemplo del juarismo actuaado bajo el principio del «respeto al derecho ajeno es la paz» y, que sepamos, no hemos intervenido en ninguna invasión a sus territorios, ni en controversias religiosas pero, en fin, sorprendidos, todo parace que estamos amenazados por los fundamentalistas musulmanes.

La otra amenaza es un poco más cercana y proviene del Noreste de la selva del Amazonas, donde habita un gorila de pecho inflado que grita y se pavonea desde el centro mismo del poder, como uno de esos ejemplares que suponíamos se habían extinguido pero que, por desgracia, siguen golpeándose el pecho como si fuera un instrumento de percusión o una señal de amenaza.

Sigue provocando a los que se imagina son amigos de su enemigo y, según «Él», son perversos seguidores de la democracia, la economía libre y la globalización que, tal parace que no lo sabe, han resuelto vivir bajo un régimen democrático desde hace más de un siglo, una vez hechas las reformas a su Constitución, entre ellas, la agraria con todo y el reparto correspondiente de las tierras. Los enemigos de este militar son los países que rechazan las estrategias —y trucos— para instalar su dictadura o crear, como sugiere, desde la selva tupida, una república socialista y que, mas pronto que tarde, como sucede en esos casos —como Hitler y su partido nacional socialista— va tomando a la fuerza —coartando la libertad— y el poder absoluto.

Amenaza con su despliegue de ironía y con ese desplante de hombre valiente que no se amedrenta, acompañado por la paranoia que va tomando altura para declarar que hay que auditar a las cementeras, en especial las de apellido «Cemex», pues si no producen lo que necesitan al precio que ellos desean, «Él», como diosito, estaría dispuesto a nacionalizarlas —con el dinero del petróleo, que es su chequera— y mandar a los dueños a su casa.

No son los intereses de Cemex en particular, sino el fondo de esta amenaza, lo que resulta un mal augurio para la región que seguirá lidiando con este milico, que se encuentra en el ejercicio pleno de una especie de predictadura. (El Informador, martes 17 de abril, 2007)