La consagracion de la primavera de Stravinsky

Cuando nos referimos a la primavera pensamos en la renovación, en la juventud y en las pasiones que afloran durante esta temporada. Escuchamos a los pájaros alborotados y nos explota la vista del color con la flor de Jacaranda colgando, voluptuosamente, sobre sus desnudas ramas. En otras latitudes, surge el color como muestra del principio del ciclo de la vida, cuando ha desaparecido ya el calvo invierno. Por eso, el hombre no puede dejar de expresar sus emociones y recordar los ritos universales relacionados a este eterno devenir como lo hizo Stravinsky (1882-1971) en 1913 cuando compuso «La consagración de la primavera», una obra que trata del sacrificio de una virgen para que, con su sangre, la tierra siga fértil. En esta interpretación Stravinsky hace que explote su originalidad, tal como esperamos que la interprete la OFUNAM en la Sala Nezahuacóyotl el próximo sábado 21 y domingo 22 de abril.

«La consagración de la primavera» es una obra única y los especialistas dicen que no hay trabajos anteriores de Stravinsky que nos permitan imaginar de dónde se le ocurrió la estructura y la musicalidad de esta obra. La realidad es que es un parteaguas en su historia y es posible que no encontremos una vez más estos atrevimientos musicales en alguna de sus obras posteriores; algo pasó, que ya no siguió explorando las ideas musicales como las que incorporó en su consagración.

Hubo una rechifla la noche de su estreno en París el 29 de mayo de 1913 y esa reacción nos dice mucho de las circunstancias y del momento de su estreno: el público conservador se quedó anonadado al oír y ver danzar en el escenario a una tribu eslava, con el gran Nijinsky como primer bailarín y el ballet ruso de Diaghilev, representando algunas escenas de la Rusia pagana, para celebrar la llegada de la primavera y asegurar la fertilidad de la tierra con sangre de una doncella.

La obra está dividida en dos grandes partes: la primera es la adoración de la tierra que, a su vez, consta de seis movimientos que empiezan con la introducción, lenta, con lejanas melodías como si viniesen del inconsciente, como si fueran un sueño que poco a poco, se van tejiendo como si fuese el amanecer. Por ahí se sugiere el tema: los augurios de la primavera, para pasar, de pronto, a los ritmos brutales, repetitivos, machacados con las trompetas que anuncian y desenvuelven a las doncellas que van a escoger a la víctima. Hay armonías ásperas y deja que las percusiones hablen de la huída después del rapto. Es la energía que se desborda en la primavera antes de la tranquilidad de las danzas rituales, amables, medio circulares y repetitivas, donde utiliza a los cellos y los contrabajos a como bajos discontinuos, seguido de las rondas primaverales que terminan en una lucha entre los metales y las percusiones. Las oraciones se repiten. Es la hora de la pesadilla, de la danza de la Tierra que, como un relámpago, anuncia la lluvia que a veces cae en este tiempo, como si todo se moviera y tuviera vida, para darle paso al sacrificio.

Esta otra introducción es estremecedora: larga y con un ritmo cansado, lánguido, pausado, como si apenas se escuchara el lamento del fondo del alma de la víctima y su destino. Un juego musical que se puede asociar con el deseo voluptuoso, de la tierra para ser fértil como también el deseo de las doncellas. Es una especie de liturgia amorosa donde el compositor desarrolla en círculos, que no lo parecen, el movimiento de las doncellas para escoger y honrar a la víctima, para que empiece su sacrificio con unas vagas remembranzas hasta que la víctima ha sido escogida y danza obsesivamente hasta la muerte. La evocación de los ancestros caen en unos vacíos circulares enloquecedores, agotadores y si ella cae, se levanta pues así es el ritual de la primavera o la pesadilla del sacrificio, imposible de evitar.

Esta parte de la obra está estructurada con una gran complejidad rítmica e ingenuidad armónica que logra comunicar la obsesión autodestructiva de la víctima, hasta que queda claro que, de esa muerte, dependerá la futura felicidad de la tribu. El último movimiento, después de llegar al clímax, repite el tema melódico a tambor batiente, con todos los metales en acción para llegar al fin de la víctima y al renacimiento del campo y de las flores, antes de que caiga sobre la tierra y la bañe de sangre para fertilizarla.

A Helena la identificaban con la Primavera raptada por el Invierno-Paris. Regresaba para adornar los campos y despertar el deseo de aparejarse: «¿es éste el rostro que impulsó a los mil navíos y puso fuego a las altas torres de Troya? ¡Dulce Helena, dame con un beso la inmortalidad!», como pedía Fausto en la obra de Marlowe.

El sacrificio de la doncella, el deseo voluptuoso, el rito pagano, Helena y su rostro, el fuego y la pasión, el canto y la celebración de la vida en uno de sus ciclos, todo esto lo podremos imaginar cuando escuchemos este fin de semana «La consagración de la primavera» de Stravinsky. (El Financiero, lunes 16 de abril, 2007)