La vida de los otros: del sadismo al amor

Una sorprendente película del alemán Florian Henckel von Donnersmarck (1973-) nos mantiene al filo de la butaca desde el principio hasta el final. Ha sido filmada en Berlín Oriental y está situada en los años ochenta, cuando la «Stasi», la policía secreta del partido, persigue y hace de las suyas torturando con singular sadismo a quienes consideran peligrosos o sospechosos, ya sea porque intentan cruzar el muro o porque pretenden desprestigiar al régimen stalinista que gobierna a esa sección de Berlín. El ambiente es pesado y deprimente. El guión es de su director y está perfectamente estructurado, sin que pierda el ritmo ni la tensión, con un estilo realista: la corrupción de las autoridades, el sadismo de la policía que recuerda los viejos procedimientos nazis de extorsión y tortura psicológica para obtener cualquier información. Pero en ese mundo hay una sorpresa: la mutación de las pasiones y de la energía que se desfogaba en el sadismo por el amor desinteresado y, todo esto, años antes de que el muro se derrumbara en sus narices.

Ulrich Mühe es el actor que hace el papel del ejecutor y maestro de los sistemas de tortura (Hauptmann Gerd Wiesler) con la calve del agente HWCX (o algo parecido); Martina Gedeck, hace el papel de una actriz (Christa-Maria Sieland); Sebastián Koch es su amante, en el papel de escritor y dramaturgo (Georg Dreyman) quien, entre otros personajes, van tejiendo la trama paso a paso, a un ritmo que no nos deja respirar en ningún momento y que nos pone a trabajar para imaginar lo que podría suceder dentro de un minuto, para que participemos de la trama de cada una de sus escenas.

Con razón le dieron en el 2007 el Oscar por la mejor película extranjera pues, sin pretender nada fuera de serie, logra que los espectadores no perdamos de vista, en ningún momento, la tensa cuerda de la trama entre la persecución, el abuso de autoridad y una escondida, pero real, relación amorosa entre los personajes del teatro que desde siempre han sido juzgados como unos seres excéntricos y peligrosos como suponían que eran desde el siglo XVI en el teatro isabelino, cuando los actores, dramaturgos o poetas, Shakespeare incluido, tenían que protegerse bajo la sombra de un noble para que no los persiguieran y torturaran, rodeados siempre de informantes. En esa época el problema político que se discutía estaba alrededor de las dos iglesias: la anglicana de Enrique VIII y la católica de Roma. Por eso torturaron a Thomas Kyd y a Christopher Marlowe lo mataron unos agentes colegas del reino. No es novedad, pues, que los dramaturgos, escritores y actores sean siempre perseguidos por esos sistema que creen que éstos son provocadores del cambio e intolerables críticos de sus instituciones y, por lo tanto, despreciados de los sistemas totalitarios donde sabemos que a toda acción imaginaria, corresponde una reacción real, igual, pero en sentido contrario.

Tuve la oportunidad de estar en Berlín Occidental en 1979 y, aunque del otro lado, lo recuerdo como una pesadilla: el ambiente era sórdido, las prostitutas eran trasvestis que abundaban como si fuesen una expresión de la decadencia; el porno-cabaret, donde se acoplaba una pareja, la puntilla. Francamente deprimente por esa cercanía stalinista. El viaje había sido por toda Alemania con un grupo de periodistas científicos de América Latina —era editor de la revista «Ciencia y Desarrollo» del CONACYT. En Berlín visitamos algún centro científico, después de diez días de viaje. Ahí nos tocó accidentalmente que un compañero peruano le explotara su esquizofrenia y vimos cómo intentaron rescatarlo de la mejor manera hasta que, al final, en el aeropuerto, se lo llevaron a un Sanatorio. Todo esto nos produjo la misma sensación que ahora que he vuelto al ver «La vida de los otros» o «Das leben des anderen», como si esa experiencia fuese parte de la misma escenografía: lo siniestro, lo prostituido y decadente, como lo viví durante esa estancia y ahora en esta película, que se lleva a cabo en los años ochentas, cuando no se podía pensar en la unificación y la vida en libertad.

Octavio Paz criticaba a los regímenes totalitarios y señalaba los métodos de tortura y sus campos de concentración en Rusia o con los «Stasi» en Alemania Oriental, como lo puedo revivir el joven von Donnersmarck con gran precisión.

Hay una tensión durante la película que es producto de la persecución y de las trampas en las que, algún día, van que caer sus protagonistas. Está clavado el miedo que les suceda algo dentro de esa oscuridad como la que acompaña a varios de sus personajes, pero también hay una luz producto del amor que, sin saber cómo, transforma a un policía solitario y disciplinado en un ser humano (solitario y disciplinado) que sin buscar algo a cambio, ni pasar la factura ha sido capaz de amar. Entonces, esa transformación de energías dada con igual contención y frialdad como sucedía en las mesas de tortura, de pronto le da la vuelta al mundo y volvemos a creer en el hombre. "¡Ah, que pieza de arte es el hombre!", decía Hamlet.

Esta es una película bien hecha, dentro de un realismo frío como las mil historias antes de la caída del muro de Berlín o como la esquizofrenia misma. Casi todos que la han visto, opinan que es una maravilla. (El Financiero, lunes 23 de abril, 2007O