El debate migratorio

¿De qué manera podrá expresar el poder legislativo de los Estados Unidos de Norteamérica la solución que les pueden ofrecer a más de doce millones de mexicanos que viven y trabajan en ese país indocumentados? ¿De qué manera se puede lograr que esta gente tenga un trato que sea de acuerdo a los derechos humanos? ¿De qué manera la xenofobia, que acompaña al nacionalismo norteamericano, podrá transformarse en aceptación y, por lo tanto, en trato igualitario?
Hasta el momento no lo sabemos, pero en el Congreso de los EEUU están trabajando para conseguir primero un consenso básico y luego, salir a la tribuna del Capitolio a ventilar los pros y los contras de esas posibilidades de regularización para, finalmente, poner las bases sobre las cuales podrán vivir los mexicanos que viven en ese territorio y que, en muchos casos, son sobreexplotados por los mismos que los acusan.

Los EEUU nos produce emociones encontradas porque, tal como sucede en otros países, hay de todo en esa viña que parece no es del Señor y está formado por un mosaico cultural con una formación geométrica extraña: una bolsa amplia formada por una mayoría inculta, ultra conservadora (normalmente que habita en el Sur), seguida de otra, formada por la clase media, a la que le dicen «la mayoría silenciosa» y que, desde siempre, viven apanicados, temerosos, rechazando a la gente de color en sus diferentes tonos y discriminando las capacidades de estos extranjeros; esta gran mayoría se deja manipular por los medios y al mismo tiempo creer —como lo demostró Michel Moore en Masacre en Colombine— que efectivamente los EEUU es el país modelo en el mundo en cuanto al ejercicio de la democracia y de las libertades, como ese que creían era un sueño, el famoso sueño americano del siglo XX que resultó ser, más bien, una pesadilla para los inmigrantes de nuestros días.

Pero esa misma gente está segura que, en todo caso, los culpables son los negros (o afro-americanos, en términos de la corrección política) o esos morenazos —que no estén jugando en algún equipo de bésibol— latinos de piel y corazón, que son golpeados «por alguna razón» por la policía de Los Ángeles, por lo menos, porque lo acusan de ser culpable de lo que sea o porque lo busca la migra.

Pero también viven ahí los intelectuales —pocos, relativamente, pero de mayor importancia—, y están las universidades de primera con sus profesores y, ni hablar, ese nivel de vida que sólo se da en el primer mundo, donde además han desarrollado la ciencia aplicada y nos ofrecen su tecnología. Estos también forman parte de ese mosaico.

Por eso, puede ser admirable el ejercicio de la democracia y, puede ser desesperante la ceguera con la que niegan ciertos temas como el de los inmigrantes mexicanos. Ahora esperemos que se arregle y que se avance en este tema, pues desde hace más de una década y luego, con la famosa «enchilada completa», ha sido imposible solucionar este tema de alguna manera, por los grados de dificultad que enfrentan los legisladores para convencer a esa parte del mosaico representada por los xenofóbicos que se la pasan discriminando y despreciando a los extranjeros, a los que no son WASP. (El Informador, martes 22 de mayo, 2007).