Mahler: lo majestuoso, lo sutil y lo premonitorio

Durante esta primavera, la Orquesta Filarmónica de la Ciudad de México, con sede es la Sala Ollin Yoliztli, le hace un homenaje al director y compositor vienés Gustav Mahler (1860-1911), obedeciendo al deseo de Enrique Barrios, su director artístico que, como Titán, dirige esta orquesta para interpretar su obra, que sigue siendo una de las más importantes hasta nuestros días: majestuosa, como son las sinfonías de Mahler, donde convirtió su delirio de grandeza en diez sinfonías, donde paradójicamente incluye momentos sutiles y delicados, amorosos, diríamos, como el Adagietto de la Quinta que, como bien dice Barrios, «es una declaración de amor para Alma (Mahler) y una de las páginas más profundas, bellas y conmovedoras que se han escrito en pentagrama». Cuando lo recordamos, pues fue tema musical de la Muerte en Venecia de Visconti, sentimos una sacudida pues, «¿quién no experimenta un estremecimiento, quién no tiene que luchar contra una secreta opresión al entrar por primera vez, o tras larga ausencia, en una góndola veneciana?»

Por eso decimos que en las obras de Mahler hay grandeza, pero también hay esos otros momentos que nos hacen sentir una cierta turbación producto de la trágica historia de un héroe y las canciones de la Tierra, hasta el deseo de ser acariciado o la premonición de algunos golpes que nos da la vida de repente.

Mahler produce sentimientos encontrados, ya sea que hablemos del ser humano o del artista. Como persona, tenemos la impresión de que era insoportable, neurótico, perfeccionista, egocéntrico y megalómano que en 1902, cuando ya era un director imponente, se casa con una jovencita, Alma María Schindler (1879–1964), que tiene diecinueve años menos que él y se sabía que era «la chica más guapa de Viena», una modesta compositora y pintora que destacó por su belleza, su inteligencia y, sobre todo, por una pasión desbocada con la que caminó, durante su vida, del brazo de varios artistas del siglo XX: casi una niña se enamoró de Gustav Klimt (quien pudo haber sido su primer amor); se casó con Mahler en 1902; viuda, en 1911, se casó con Walter Gropius (fundador de la Bauhaus); entre líneas fue amante de Kokoscka (un expresionista atormentado) y, finalmente, se casó en 1929 con Franz Werfel (escritor y poeta). También anduvo del brazo de Schoenberg y Stravinsky y de Thomas Mann, el gran novelista. En fin, anduvo con medio mundo de la Europa de la primera mitad del siglo XX.

Digo que el esfuerzo que ha hecho Enrique Barrios es titánico porque se necesita mucha energía para entrar de lleno y para llegar hasta el fondo de esas obras, sutiles y monstruosas, como el que ha hecho en esta primavera para dirigir la Orquesta de la Ciudad de México e intentar sacar esa luz que hay en cada una de estas obras.

En el fin de semana del 9 y 10 de junio, van a interpretar varias obras bajo el lema de la «Segunda escuela de Viena», donde podremos escuchar la Suite del caballero de la rosa de Johann Strauss, obra a la que le tenemos una cierta ternura, sobre todo cuando la interpreta Elizabeth Schwarzkopf —como la Mariscala— cantando, apesumbrada, el aria donde reconoce y se da cuenta que ha envejecido, así como, de lo rápido que pasa el tiempo, aunque no quiera.

El tercer fin de semana (16 y 17), interpretarán, entre otras obras, la Obertura Coriolano de Beethoven, una breve introducción donde están presentes los rasgos del patricio general romano, Cayo Marcio, vencedor en la ciudad de Corioles —por eso Coriolano— que se negó participar de la democracia, traicionando a Roma, para morir en manos del vosco Tulio Aufidio, su enemigo.

Por fin, el fin de semana del 23 y 24 de junio, bajo la batuta de Enrique Barrios, se cierra este ciclo con la Sexta Sinfonía de Mahler, la famosa sinfonía Trágica, obra maestra, premonitoria según Alma Mahler, estrenada en 1906 en la ciudad de Essen. Nadie entendió por qué el compositor expresaba, en la hora más feliz de su vida, unas oscuras emociones. Alma lo interpretó diciendo que «había por ahí unas voces infantiles que están jugando y, luego, se vuelven medio trágicas hasta que, al final, se desvanecen en un lloriqueo, como si fuese la premonición de lo sucedido un año después, cuando murió su hija María en julio de 1907 en nuestra casa de verano en Maiernigg, junto al Wörthersee, lejos de los médicos y de cualquier ayuda y, María, nuestra primera hija, se enfermó de escarlatina y difteria para morir a las dos semanas, lo que fue una tragedia que nos puso a Gustav y a mí al borde de la muerte». Los tres golpes de martillo los asociaba al sufrimiento de Mahler: la muerte de María, la renuncia forzosa a la Ópera de Viena y luego, su enfermedad del corazón y su muerte en 1911.

Buen homenaje a este hombre, hecho por un gran director e interpretado por la Orquesta Filarmónica de la Ciudad de México. (El Financiero, lunes 28 de mayo, 2007).