El barbero de Sevilla o la inútil precaución

Una producción en Bellas Artes del Teatro Colón

Sentirse «el factotum de la ciudad» es lo mejor que le pudo pasar a Fígaro, sobre todo si es «el» peluquero de Sevilla y su peluquería es el centro de acción a donde acuden todos y todas para que les peine sus pelucas empolvadas y, de pasada, les haga algunos favores como buen alcahuete, un buen intermediario en Andalucía, que sabe bien cómo conseguir que la joven deseada atienda a sus clientes y escuche sus reclamos amorosos. Así, entre esta y otras cosas, el factotum de Sevilla escucha todos los días: «¡Fígaro, esto, Fígaro lo otro, Fígaro lo de más allá!» y por eso es «¡afortunadísimo de verdad!», feliz de tener esa vida aunque termine el día agotado. Un día se le acercó el conde Almaviva para que le ayudara a cortejar a Rosina, la joven pupila de don Bartolo, un viejo tutor que la cuidaba como si fuera la niña de sus ojos.

De esto trata más o menos la ópera de Rossini que es una de las más populares óperas del repertorio del siglo XIX: El Barbero de Sevilla o la inútil precaución se presentará en el Palacio de Bellas Artes los días 1, 3, 5, 8, 10, 12 y 15 de julio (siete presentaciones, que es todo un récord), con la producción del Teatro Colón de Buenos Aires y con la dirección concertadora de Marco Balderi, la escénica de Willy Landín y las actuaciones de George Petean, Brian Stucki, Nancy Herrera, Carla López Speziale, Rogelio Marín, Enric Serrano, Rosendo Flores, Gabriela Thierry y Roberto Aznar, con el acompañamiento de la Orquesta y Coro del Teatro de Bellas Artes. También se presentará en el Centro Cultural Tijuana los días 27 y 29 de julio.

Basado en la comedia de Pierre-Augustin Caron de Beaumarchais, el libretista Cesare Sterbini la adapta en un gozoso texto, lleno de luz y de buen humor para que Rossini compusiera lo que resultó ser una ópera bufa, acompañada de tan buena música que nos alegra la vida. El día del estreno en Roma (1816), tuvieron varios accidentes: por un lado, la caída y golpe contuso que se dio don Basilio, el profesor de música de Rosina, para levantarse con la nariz ensangrentada y, luego, en medio de las arias, dúos y tríos, sin pena alguna, se subió al escenario un gato que empezó a maullar con singular alegría, en pleno cortejo, tratando de encontrarse con su pareja extraviada. En esa época, la obra fue rechazada por el público que se mantenía fiel a la primera versión compuesta, hacía unos treinta años (1782), por Amadeus Mozart. Se trataba de Las bodas de Fígaro, en donde señalaba con maestría, el abuso de la nobleza, como lo había escrito Beaumarchais, en cuanto al derecho de pernada, como deseaba hacerlo ese otro conde de Almaviva con la bella Susana, la prometida de Fígaro en la versión de Mozart.

Rossini nos muestra a un Fígaro diferente: en primer lugar, ya no es un empleado del conde, sino un simpático peluquero que dice ser el factotum de Sevilla —y lo es— y, de alguna manera, es el conductor de los enredos amorosos, entre el conde de Almaviva y Rosina, la joven encerrada en la casa de don Bartolo. El conde sigue los consejos de Fígaro y hace cualquier cosa con tal de cortejar a su Rosina. Por ejemplo, llamarse Lindoro y simular estar borracho para llegar con Bartola, disfrazado de capitán de un regimiento acampado en Sevilla, buscando posada en la casa de Bartolo; luego, hacerse pasar como sustituto profesor de música con tal de acercarse a Rosina y lograr sus favores.

Con este libreto, Rossini compone una música deliciosa y convierte su obra en lo que han clasificado como la ópera bufa del siglo XIX, con el canto y declaración de Fígaro al principio de la obra, pasando por la cavatina de Rosina, llena de una centelleante vitalidad y buen humor, sobre todo cuando canta que «hace poco una voz resonó aquí en mi corazón…». Sin dejar a un lado el virtuosismo que Rossini, les exige a los cantantes que se entreguen, como en la divertida aria de la calumnia que canta don Basilio: «la calumnia es una brisa, es un aura muy gentil, que insensible, sutil, con ligereza, suavemente, empieza a murmurar…», y así explica los efectos que puede tener la calumnia que, como el viento, va de un lado para el otro «y se introduce hábilmente a las cabezas y a los cerebros para aturdirlos e hincharlos…» y si empieza con un cuchicheo, éste va aumentado de tono hasta una gran explosión.

La crítica de quien asiste al Teatro Colón de Buenos Aires es importante para el currículo artístico de quien ahí actúa: el teatro y su público son exigente. Por eso, el hecho de que hayan contratado a esa producción es buena noticia, pues si pasó la prueba del Colón, se espera que sea una buena producción.

Al final, cuando se desenredan los nudos, las voces crean una sensación de caos que termina en cuanto entra la guardia para que el canto se vaya cerrando como si intentara detener el tiempo por un instante, para que todos se acomoden y tomen su lugar. Toda una delicia de ópera. (El Financiero, lunes 2 de julio, 2007).