El color del paisaje en Jalisco

La nostalgia acosada por el tiempo y por la tierra

Gilberto Larios Chávez es un hombre afortunado que pudo viajar durante dos años y medio por todo Jalisco y, cuando digo «todo Jalisco», digo exactamente eso, cargando su cámara fotográfica para registrar el color del paisaje que iba descubriendo y del que disfrutó como pocas cosas en su vida. Ahí está ese atardecer donde tuvo que esperar para que la luz dorada bañara lo que queda de la fachada de la exhacienda de San José del Rincón en el Municipio de San Gabriel, para convertirla, como el rey Midas, en una capa de oro puro; o en la otra ocasión, cuando pudo disparar su cámara justo antes de que cayera una tormenta como acostumbran caer en la sierra de Tapalpa, sólo para descubrir que se había hecho un hueco en el cielo para que penetrara un rayo de luz, entre las nubes cargadas de agua, para que iluminara donde estaban las piedrotas. Durante el mes de junio se exponen varias de estas fotografías en el taller de la Casa Luis Barragán para que cuelguen de sus muros varias latitudes de Jalisco: desde la sierra de Mazamitla, hasta las playas de Bahía de Banderas, para que ahí mismo podamos disfrutar del color de estos paisajes que seguramente Barragán traía en la sangre.

«El paisaje cultural del campo jalisciense —escribió Salvador de Alba—, nos lo muestra este apasionado arquitecto, apelando a los recuerdos, a la nostalgia, a esos rumores acosados o apagados por el tiempo que invocan la tierra y el paisaje», para sentirnos como escribió Jorge Souza: «y yo no sé si esta nostalgia me anda queriendo matar o si es la flor de la edad que se muere de distancia.»

Tienen razón los dos: el paisaje nos entra de golpe y porrazo y despierta los recuerdos de la infancia, sus olores y sus colores, como los que había en Santa Bárbara, cerca de Tepatitlán, allá, en los Altos de Jalisco, donde estuvimos tantas vacaciones entre la tierra roja, el maíz jiloteando y la tortilla recién hecha en el comal que ahumaba la cocina, con toda la familia en chorcha desde que Dios amanecía hasta que nos caíamos del cansancio. Cuando llovía en el verano, las tías aterradas por la tormenta con sus rayos y centellas, prendían unos cirios y rezaban no sé qué oraciones, una y otra vez, para alejarlos de la casa para lograr que lo natural no se convirtiera en tragedia. Así era el tiempo de aguas que asociábamos con la vida y los retumbos orquestados e iluminados por el horizonte con todo y un dejo de muerte, como el que alejaban mis tías con sus rezos interminables.

Las fotografías de Larios no pretenden ser obras de arte sino, más bien, un registro bien hecho, tranquilo y pausado del recorrido que hizo este hombre durante más de dos años para traernos la huella de ese paisaje y los estilos de vida en esos tan diferentes territorios que van desde el paisaje agavero, donde nos muestra los tonos de azules celestes con el pálido verde azulado del primer plano y las puntas del agave que apuntan al cielo, allá por el rumbo de Tequila, hasta la fachada de la exhacienda del Rincón de la Cañada en Zapotlán del Rey, donde Gilberto se esperó hasta que llegara la noche con la Luna llena para que luciera mejor el tono terroso del adobe de la fachada principal y también esperar para que encendieran las lamparitas que iluminan la modesta puerta principal y dos de sus ventanas que dan al campo travieso para poder exclamar que esa casa estaba viva, ¡qué gloria!

Sí, tiene razón Salvador de Alba, las fotografías «nos abren la posibilidad de especular sobre «nuestras raíces cargadas de respuestas que ahondan a lo largo de nuestra existencia en una tierra, un clima, un paisaje y un modo de vida peculiar y único.» Ahí está, por ejemplo, el Nevado de Jalisco, el volcán de Fuego y el cerro de Petacal (Tolimán), en donde los azules contrastan con el blanco de las cumbres y el volcán avienta sus modestas fumarolas. Sentimos el aire puro y vemos otra región más transparente, entre el placer de observar la naturaleza y para tenerla más cerca por un momento e imaginar que podríamos haber estado ahí mismo, tanto, que sentimos la corriente del aire que nos llega desde la montaña, con todo y sus aromas.

Ver una casita en San Antonio, en San Gabriel, donde escribió Jorge Souza un pensamiento: «y ya no llegaré yo hasta tu puerta / para que asomes tú por la ventana», en esta construcción retórica y la ausencia o la presencia de la primera y segunda persona del singular, entreveradas. pero ahí está la fotografía para verla en detalle: el adobe, otra vez, el delicioso adobe café oscuro y la ventana de madera cerrada… donde tú podrás asomarte un día.

Este es el paisaje que retrató este hombre por todo Jalisco, ahí el espacio, pero ¿y el tiempo?, este lo cruza todo, pues cada una de ellas pertenecen al pasado, como los recuerdos en las tierras que conocimos o en esas otras que nunca hemos pisado, pero que sabemos son nuestras por alguna razón desconocida. El Financiero, lunes 11 de junio, 2007).