Paris, je t’aime, perla del séptimo arte

Veinte breves historias para la pantalla grande

París es la escenografía de las veintiún historias que componen esta antología de cuentos cinematográficos que suceden entre los diferentes barrios de esa ciudad y que forman las piezas de arte de un rompecabezas hecho con estas breves pero contundentes cápsulas de la vida de algunos de sus habitantes, algunas tomadas de la vida real, pero contadas con tanta imaginación que volvemos a creer en el hombre que, sin mayores aspavientos, nos hace sentir que mientras haya vida, hay esperanza, sobre todo después de ver estos sueños que están hechos con la misma tela con la que estamos hechos todos. París, te amo se llama la película y ese amor, más que a la ciudad, es al ser humano que anda por las calles de París, arrastrando su soledad. Algunas historias que nos cuentan duelen, otras, las celebramos cuando los amantes se abrazan y se besan, unas más nos hacen reír cuando inventan sus payasadas como si fuesen de otra realidad y unas más nos sorprenden como lo hace Olga Kurylenko en la Madeleine, una mujer vampiro con la que también se nos antoja darle de mordiscos en el cuello para chuparle toda la sangre.

En una de estas historias la joven Francine le dice al ciego de su amigo-amante Tomás: «¡Escucha Tomás, escucha! Hay momentos que la vida exige un cambio, una transición, tal como pasa con las estaciones, donde sabemos que nuestra primavera fue maravillosa, pero que el verano ha terminado y hemos perdido el otoño. Y ahora, de pronto, hace frío y todo está congelado. Nuestro amor se quedó dormido y la nieve nos sorprendió. ¿Tú sabes que y si te duermes sobre la nieve, no se siente cuando llega la muerte?»

Estas historias forman el largo metraje tal como se le ocurrió a Tristán Carné y a Emmanuel Benbihy, que fueron los que concibieron esta idea, invitaron a veintitantos escritores y directores y los dejaron que contaran sus breves historias —de diez minutos cada una. Entre otros, participaron Ethan y Joel Cohen (en las Tuileries); Alfonso Cuarón (en Parc Monceau); Gena Rowlands quien escribió el Quartier Latin que luego dirigió y actuó Depardieu; Gus van Sant, con el segmento de Le Marais; Vincenzo Natali en el Quartier de la Madeleine con Olga, la mujer vampiro; Tom Tykwer, la del Fauburg Saint-Denis o Wes Craven, con la historia de los recién casados en el cementerio de Pére-Lachaise.

Las historias van una tras otra cambiando de barrio, unas con finales abiertos y otras bien cerrados, como la «cartera» norteamericana, una mujer entrada en los cincuentas que estudió francés para un día ir a París, ¡ah, París!, y desde ahí nos lee su diario de viaje con un despiadado francés —como el que yo hablaría, seguramente—, sola y su alma, caminando, como le gusta hacerlo cuando reparte las cartas en su pueblo natal. Nos duele su soledad cuando no puede comentar con nadie aunque sea eso de «¿verdad que es maravilloso?» Un día, sentada en el parque comiendo un sándwich, se le llenan los ojos de lágrimas: por fin había entendido que si se junta la alegría de estar allí, con la infinita tristeza de estar sola en Paris, puede decir, «París, je t’aime» y sabe que París la ama a ella... y a nosotros, nos deja con el dolor de su soledad como la nuestra.

Cuentos cortos, viñetas de la vida cotidiana, fantasías de las miserias cotidianas o hechos excepcionales que se mantienen entre los límites de la comedia, del romance, del drama o de la tragedia; breves instantes de la vida, algunos memorables, como la fantasía de una pareja de mimos que se conocen en la cárcel, tal vez en memoria del gran Marcel Marceau.

O el hijo que decide irse con la muerte disfrazada de cowboy; o Depardieu, ahora en la Rue St. Jacques o el Boulevard St. Michel, recibiendo en su restaurante a una pareja de clientes un día antes de que ellos firmen su divorcio y, en menos de lo que se toman una copa —que nunca se la beben—, conocemos sus vidas absurdas y los cambios que a veces se dan en plena senectud, después de haber tenido lo que podría ser una historia de amor que ya pasó.

O los ingleses recién casados y que andan por el cementerio de Père-Lachaise para ver la tumba de Oscar Wilde entre la frialdad del hombre de negocios y el calor de la poesía. Y no es sino hasta que el primero escucha que «cuando el viento y el invierno devasten al hosco país, él hablará susurrante del jardín y lo comprenderán todo», para encontrar en esta fantasía lo que necesita para reconciliarse con su mujer y mejor hacer el amor que cualquier otra cosa.

París está ahí, como una vieja guapa que nos muestra lo nuevo, lo bello y lo peligroso de sus barrios pero, donde finalmente, está una vida como las nuestras que corren entre los parques, los bares, las cafeterías y la soledad o el amor y la compañía. Una perla del séptimo arte. (El Financiero, lunes 18 de junio, 2007).