El amor en tiempos de guerra

¿Es este el rostro que impulsó a los mil navíos
y puso fuego a las altas torres de Troya?
¡Dulce Helena, dame en un beso la inmortalidad!
Christopher Marlowe, Fausto, (5.1. 93-95)

En la Ilíada, Homero describe la invasión de Troya por los griegos. Empieza con Aquiles cantando su cólera y concluye con el entierro de Patroclo. Mucho siglos después, Shakespeare escribió Troilo y Crésida, una obra de teatro donde nos cuenta una historia de amor en medio de esa guerra, así como, la sorpresa que el destino les tenía guardada a esos amantes.

La invasión duró diez años desde que los griegos abandonaron sus casas para salir navegando en sus navíos rumbo a Troya (ahora en Turquía, cerca de los Dardanelos), para destruirla con el pretexto de recuperar a Helena, la diosa de la belleza, la Venus de Esparta que, según una de las tantas versiones, se había ido con Paris, el príncipe troyano, pues Afrodita le había ofrecido como premio poseer a esa mujer y, con eso, lograr la inmortalidad. Zeus había lanzado la dorada manzana de la discordia divina a Hera, Atenea y Afrodita, tres vanidosas diosas y malabaristas que necesitaban saber quién era la más hermosa y, por eso, fueron con Paris para que fallase el pleito cuando éste era un pastor troyano. Las tres defendieron su causa: Hera le ofreció el imperio total de Asia; Atenea la prudencia y la victoria en todos los combates y, Afrodita, el amor de Helena de Esparta, quien era una princesa que la habían casado sus padres con Menelao y, como después confesó, había sido engañada por Afrodita durante esos días que Paris fue su huésped en el Peloponeso. Por eso no pudo resistir irse con él a Troya —o Egipto, como dicen otras fuentes—, aprovechando que su esposo había salido de viaje a Creta, para asistir a los funerales de Catreo, su suegro.

Así empezó esta historia que Homero canta con toda clase de detalles relacionados con la guerra y sus guerreros, con el campo de batalla y, nos cuenta todo esto, por supuesto, desde la óptica de los griegos. Mientras, las diosas Atenea y el dios Apolo, entran y salen a escena, ella vestida con su blanco peplo o con su armadura brillante y Apolo listo para ayudar a Héctor o Paris cuando estaban complicados en algún combate. Los dos dioses dando consejos y apareciendo en sueños para que la acción tomara el rumbo que mejor les convenía.

Desde el balcón de una de las torres de Troya, la bella Helena acompañó al rey Príamo, para que le dijera quién era aquel del argento arco o el guerrero del escudo terrible o el de la lanza que brilla, en fin, quién era quién allá abajo, en el campo de batalla, donde sucedían, serios enfrentamientos, y batallas donde había muertos y heridos.

Otro día Paris salió al campo de batalla, quien era el arquero troyano por excelencia, para batirse con Menelao; después, fue Héctor, el príncipe a cargo de la defensa de las murallas de Troya, quien se defendió de Aquiles o de quien se le parecía, como fue aquel día funesto en que el joven Patroclo salió al campo con la armadura de Aquiles.

Todo en la Ilíada es majestuoso y está descrito con tanto detalle que a veces nos perdemos y no sabemos cómo era la vida cotidiana de los sitiados, los pobres troyanos que vivieron así durante una década —que se dice fácil—, pero son muchos años durante los cuales vivieron angustiados por la amenaza constante de los griegos que estaban allá, en sus campamentos, a veces, peleándose por saber quién se quedaba con Criseida, una princesa secuestrada en una de las incursiones que hicieron en los alrededores; acá, detrás de las murallas, los troyanos trataban de mantener su vida sitiados entre los muros, sin poder contener la miseria que los abrumaba, ni las historias de amor, deseo o celos como las que pueden suceder en una ciudad durante los tiempos de guerra. La vida continuaba y ahí andaba el príncipe Troilo, tal como lo cuenta Shakespeare, obsesionado por conocer las delicias de una bella troyana llamada Crésida.

Troilo, hijo menor del rey Príamo, había dejado la pubertad para entrar por la puerta de la adolescencia y de la guerra, sin darse cuenta que siempre había vivido entre la vida y la muerte pendiente de un hilo.

Deseaba con toda su alma —y con todo su cuerpo— a la mujer de sus sueños, la bella Crésida, hija de Calcas, un sacerdote y adivino troyano que había predicho la derrota de su ciudad y por eso, había huido al campamento enemigo. Su hija Crésida la había dejado en manos del tío Pándaro, hermano de Calcas, el alcahuete de la corte y único responsable de que se le cumplieran sus deseos al príncipe y conociera el amor con su sobrina Crésida.

Shakespeare reescribe lo que había contado un poema de Chaucer, Troilus and Criseyde, donde describía esta historia de los amantes troyanos. Muy al principio del siglo XVII, Shakespeare nos vuelve a poner en charola de plata esta otra visión del amor en los tiempos de guerra como el que hubo dentro de las torres altivas de Troya y dentro de sus muros, narrándonos sin mayores exaltaciones épicas, esta historia y todo lo que sucedía en el palacio de Príamo, para verla a través del cristal con el que la veía la familia real troyana.

Un día, al atardecer, Pándaro había citado a Troilo y Crésida para que disfrutaran de sus cuerpos:
—Vamos, vamos, ¿a qué viene ese rubor? —le dice a Troilo— la vergüenza es una niñada… Aquí la tienes; júrale lo mismo que me has jurado.
—¡Cómo! ¿Pretendes huir? —le dice a Crésida—, si retrocedes será preciso hacerte velar antes de que te domen. ¿No? Anda, deja esas cosas, deja esas cosas porque si te haces para atrás, te pondré entres las varas. ¿Por qué no se hablan? Vamos… alcen la cortina, levántate ese velo y veamos el cuadro tal cual es. ¡Vaya con el día!, y con lo que le repugna ofender con la luz; pero, si fuera de noche, se acercarían más fácilmente, estoy seguro. Así, así; hagan a un lado los estorbos. Vamos; un beso largo como si estuvieses pagando una renta perpetua, para que luego construyas ahí, carpintero, que el aire es saludable. No… seguro que han de franquear sus corazones antes de que yo me vaya. ¡Vamos, el halcón contra el milano… apuesto a que este tórtolo se entenderá bien con esa tórtola! ¡Vamos, adelante!

Y los jóvenes se juran amor y se van a la cama. Pero el destino les tenía preparado una sorpresa. Por la mañana, Troilo se enteró que Crésida sería entregada al jefe Diomedes del campamento griego, a cambio del viejo consejero troyano Antenor. Eran órdenes del mando superior de guerra.

Oliendo el aroma del cuerpo fresco recién descubierto, le habían arrebatado esa fruta tan de mañana, sin que importar que se habían jurado amor eterno. Era como si los amantes trabajaran mucho para la conquista y luego, cuando se ha doblegado la amante, todo pasa, pero éste no era el caso. Troilo desesperado decide esa misma noche bajar al campamento griego a ver qué pasaba y que tan fiel era su amada Crésida. Inocente, creía que se mantendría fiel a su juramento. Todo lo que pudo ver —al lado de Ulises—, fue que Diomedes la había conquistado y Crésida le había dado un beso aceptándolo.

—¿Es esta Crésida? —se pregunta Troilo, que no podía olvidar el olor de su cuerpo ni la suavidad de su piel como el que tenía la troyana.
—¿Fue Crésida la que estuvo ahí? —se volvía a preguntar—, digamos que no es ella, ¿era ella?, no. Era otra Crésida, era la Crésida de Diomedes, pues si hay un alma en la hermosura, ésta no es ella; si es alma, entonces es una guía de promesas y éstas siempre son piadosas; si la piedad es la delicia de los dioses; si en la misma unidad hay regla, y la sostiene… no…, ésta no es ella.

Escombros y ruinas entre la fresca memoria de la noche anterior cuando se habían acercado para besarse y les había mostrado su cuarto y la cama donde estarían juntos:
—En cuanto a la cama, si no quieren que cuente sus alegres combates, mejor oprímanla con sus cuerpos con fuerza. ¡Adelante, jóvenes! —había dicho se espaldas mientras salía para dejarlos solos.

(¡Ah!, el amor en los tiempos de guerra y la vida en el centro del campo de batalla y no puedo dejar de pensar en una bella iraquí, con su burka, asomando sus ojos abiertos entre las ruinas de Bagdad, esperando que llegue la noche o la penumbra, sabiendo que su vida pende de un hilo; sí, por ahí debe andar de la mano de su tío esperando que llegue el amante, antes de ser entregada a Johnny, el marino invasor.)
(Día Siete, domingo 1 de julio, 2007).