Entre mitos nos encontremos

El peor enemigo de Andrés Manuel es López Obrador pero, como lo carga en la misma mochila, no se da cuenta del daño que le hace: y cuando se despierta, sabe que todavía está ahí, como el viejo dinosaurio en el cuento más corto de Augusto Monterroso.

Incapaz de aceptar haber perdido hace un año y de interpretar la realidad como es, con sus límites y sus frustraciones en el espacio y en el tiempo, inventa un nuevo mito y, en lugar de reconocer dónde estuvieron sus fallas y cómo hacerle ahora para poder competir con mejores opciones para ganar en el 2012, llama a sus seguidores al Zócalo, niega lo que tenga algo que ver con lo institucional o constitucional y se va con ellos de la mano, primero, para auto declararse presidente y preguntarles en coro, muy democráticamente, si están de acuerdo y, ahora, para echarle la culpa de todo a la mafia.
No escribe junto con dos de sus operadores estratégicos sobre la racionalización en sus fallas, tanto en el tiempo como en el espacio, porque él —su peor enemigo— no cree que hicieron nada mal, sino todo lo contrario. Para él —su propio enemigo— sólo queda la construcción elíptica de otras mentiras basado en el plano de unas verdades a medias que tuerce a su favor para creer, a través de su propio cristal, qué todo lo que brilla es oro.

Luego, al que le llama «su pueblo», necesita de nuevos mitos: los antimilagros provocados por una mafia —según él— fueron los que le arrebataron el poder en julio del 2006 (tan cerca y tan lejos) evitando que asumiera el papel que le correspondía.
Entre mitos te veas, fue la maldición del fin de semana pasado cuando Andrés Manuel se dirigió, una vez más, a «su» Zócalo que parece es de su propiedad y lo usa, gracias a la factura que le sigue cobrando a Marcelo Ebrard, como plataforma desde la cual lanza y despotrica durante su hora en el escenario, antes de que desaparezca y que nadie sepa de él, hasta que se convierta en un cuento, contado por un idiota, lleno de sonido y de furia, que nada significan.

El domingo pasado llegó de la mano de Socorro Díaz, Julio Scherer y Jenaro Villamil, autores que junto con López Obrador corean que, el fracaso (inaceptable), se debe a la mafia, sin aceptar lo que Fernando Pliego Carrasco escribió como investigador de Ciencias Sociales de la UNAM para demostrar, contundentemente El mito del fraude electoral (Editorial Pax), compitiendo con los argumentos de Andrés Manuel & Co., y con un análisis hecho con el rigor académico y una información de primera, donde demuestra todo lo contrario a lo que cree que sucedió López Obrador, pero como eso no le cae bien a Andrés Manuel, ni a sus operadores, entonces, mejor siguen inventando nuevas versiones para negar aquello que está demostrado con hechos e inventa ahora que fue la mafia y tiene un pretexto para hacer otra marcha y alborotar el ambiente. (El Informador, martes 3 de julio del 2007).