La corrupción y la justicia

«Todos somos la corrupción», dicen por ahí y efectivamente todos practicamos la corrupción hormiga, a pequeña escala, en donde nos vemos obligados a hacerlo por las circunstancias que dificultan, por ejemplo, el pago de las multas dejando así abierta la puerta para la mordida de todos los días e iniciar el trazo de ese círculo vicioso que ponemos en la mano del agente, pasando por el moche del sargento, hasta que va dando de vueltas para treparse a las alturas de los jefes para acumular en esa cueva, los billetes constantes y sonantes. Nadie cambia las reglas, como una vez lo hicieron hace años, cuando se podían pagar las multas en los bancos. Tal vez por eso seguimos practicando la corrupción de todos los días.

Aprovechando un seminario sobre la ética en la administración pública, durante la semana pasada en la ciudad de México, el presidente Calderón tuvo la oportunidad de retomar este asunto y reflexionar con tres expertos sobre este tema para ver qué clase de Hércules podría acabar con esa hidra de las mil cabezas.

El Presidente se reunió con el magistrado español Baltasar Garzón, con el chileno Juan Guzmán y con el francés Armand Riberolles, tres expertos en estos asuntos, para qué estrategia se les ocurría que nos pudiera servir para mejorar el sistema judicial en México en contra de la corrupción y tomar nota e incluirlas, en todo caso, en las futuras reformas judiciales.
«Las obras públicas son el gran filón de la corrupción a nivel global», comentó Garzón y anotó cómo la corrupción se puede convertir en tragedia, como fuimos testigos en 1985, cuando murió tanta gente bajo los edificios destruidos por el sismo en la ciudad de México. La mayoría eran edificios públicos construidos de manera deficiente, por haber sido zanahoria de la corrupción: «la corrupción mata ―dijo Garzón― y con ella se rompe el principio de igualdad de oportunidades entre los que sí cumplen con la ley y los que se aprovechan de su incumplimiento».

La corrupción hormiga pulula en México como marabunta y va de la mano con la impunidad y con el sistema de protección construido para poder abusar del poder. Sabemos de varios casos donde el empresario se corrompe y engaña a sus consejeros y luego se hace de los cómplices necesarios para lograr su objetivo. Para eso riega en su milpita con parte del agua que le llueve o les da migajas para sostener la red de protección dentro de su propia organización. Son tantos los casos que nos faltan dedos de la mano y de los pies para contarlos.

«El departamento de compras es el centro neurálgico de la gran corrupción», dijo Garzón. Efectivamente, hemos visto cómo salen millonarios después de un tiempo en esos departamentos en la IP o en una agencia gubernamental o paraestatal. «Tanto mata la vaca el que le agarra la pata, como el que la mata» y, sin una justicia eficiente, no cambiará la práctica de la corrupción. (El Informador, martes 10 de julio, 2007).