New Values o el registro de su explosión

El coche bomba

Todos los días nos enteramos —hasta el cansancio— de los coches bombas y ahora, de los autobuses-bomba, de la cantidad de muertos y heridos producto de las explosiones irracionales hechas por un terrorismo que nos cuesta trabajo comprender y aceptar que sí, que en efecto, el hombre ha sido, es y será capaz de esto y mucho más —pienso en la bomba atómica— y todo, por no tolerar al vecino o por haber nacido con el estigma del odio hacia el otro, menos o más distante o cercano, odio al que es diferente o piensa diferente o cree en algo distinto.

Por todo esto, Saúl Villa ha tratado de representar, desde hace cuatro años, algunos de los aspectos de la destrucción y de la guerra que se vive actualmente- En estos días expone en la Galería de Arte Mexicano (GAM), la última de las series titulada New Values —como la canción que desconozco— donde podemos ver trece óleos resultado de una experiencia destructiva como fue la que programó en San Andrés Chiautla, Edo. de México, donde explotó a un Renault R5, grabar el fenómeno con varias cámaras y luego trabajarlas para producir estos óleos, donde pasamos de la paz —antes de la explosión— del campo mexicano, con sus pirules al fondo del arroyo y un R5 bien pintado en espera del verdugo, del mejor cohetero de la región, para explotarlo en pedazos y dejar plasmada esa destrucción, parecida a la de los terroristas del Medio Oriente, registrando cuando el fuego lo consume todo para ver ese fenómeno a escala.

Son tres los productos que muestra Saúl en la galería: primero, los trece óleos con el antes, en y después de la explosión; luego, una pieza mural donde ha «pixeleado» el primer instante de la explosión y luego amplificado en miles de pixeles —de cinco por cinco centímetros cada uno—, para montarlo en el espacio que le ofrece la galería y, por último, los restos del motor del R5, destruido y colocado en el patio como si fuese una deconstrucción escultórica. Como detalle, podemos ver a un cochecito a escala, que tuvo también su final explosivo, como si fuese el juguete de los niños terroristas en Irak.

«El fanatismo es más viejo que el Islam, que el cristianismo, que el judaísmo. Más viejo que cualquier Estado, gobierno o sistema político. Más viejo que cualquier ideología o credo del mundo. Desgraciadamente, el fanatismo es un componente que siempre está presente en la naturaleza humana, un gen del mal, por llamarlo de alguna manera: la gente que ha volado clínicas donde se practicaba el aborto en Estado Unidos, los que queman sinagogas y mezquitas en Alemania, éstos sólo se diferencian de Bin Laden en la magnitud pero no en la naturaleza de sus crímenes», escribió Amos Oz en Contra el fanatismo. Ahora se ha vuelto un especie de motor enloquecido que destruyen con premeditación, alevosía y ventaja a los inocentes que creen y viven pensando algo diferente a lo que piensa y cree el terrorista: «¿quién podría imaginarse —dice Amos Oz— que al siglo XX le seguiría de inmediato el XI?»

El juego que hace Saúl Villa se alimenta con los instrumentos y la energía de esta guerra y la explosión destructora del auto-bomba en Bagdad o en la franja de Gaza o en Jerusalén o recientemente en Yemen, como una máquina mortífera que explota a cualquier hora del día, en cualquier lugar del planeta que uno no se pueda imaginar —como la mezquita en Bagdad, una bella obra de arte, allá donde ha desaparecido Alí Babá y sus cuarenta ladrones de nuestra infancia y el genio Aladino, obligado a servirle hasta que se casara con la princesa Badrulbudur.

Saúl Villa logra, con esta serie de óleos, aislar los cuentos de las mil y una noches para dejarnos la explosión convertida en un mapa al óleo, con curvas de nivel, donde aparece el fuego, el desprendimiento del calor, la luz y las llamas de una combustión justo después de la explosión hecha a mano por el cohetero del Edo. de México, con sus cartuchos de nitroglicerina o con los cohetotes de pólvora de ese experto, para luego congelar la imagen y mostrarnos el suceso que nos recuerda, a su vez, a la realidad en tres tiempos: antes de la explosión, con un paisaje encantador, seco en ese tiempo pero arbolado al fondo con pirules que se mueven con la brisa, donde sólo faltaba, al atardecer, las parvadas de tordos capitanes enloquecidos al haber escuchado la explosión seca que destruyó al R5 y que nos recuerda, con pesadumbre, la muerte en el Oriente Medio.

Nada que ver con el Big Bang, ni la creación del Universo. Lo de Saúl Villa es una explosión artística, como puede uno imaginarse es este fenómeno y que registró lo mejor que puedo, mapeando, como es su técnica al óleo, para mostrarnos cómo es el color de las llamas cuando se expande el aire, iluminando la atmósfera para destruir lo que esté a su alrededor. Obras arte donde saca de su alma el peso que gravita dentro y que tiene que ver con la muerte accidental, con la destrucción terrorista hecha por los fanáticos intolerantes. (El Financiero, lunes 9 de julio, 2007.)