Vacaciones: en la agenda del espectador de este verano

Sin llegar a ser todavía una costumbre tan clara como lo es en Europa, cada año que pasa, nos las vamos arreglando de tal manera que durante el verano, los padres apartan un par de semanas, por lo menos, para irse de vacaciones con sus hijos. Por eso los planes para viajar se convierten en una realidad y por eso vemos cómo empiezan a pulular, de un lado para el otro del país, el turismo nacional.

Alain de Botton es uno de mis autores favoritos y ha escrito varios libros divertidos, sobre todo éste que viene a cuento por aquello de las vacaciones y que se llama El arte de viajar (Taurus, 2002) que trata, entre otras cosas, del viaje que planeó hacer el duque de Esseintes, un excéntrico francés que vivía sólo y su alma en su quinta de París (¡Ah!, Paris, Je t’aime), de donde nunca había salido antes pero que, desde hacía tiempo, quería ir de vacaciones a Londres para contrastar lo que se imaginaba, con lo que realmente vería, una vez que estuviera en esa ciudad fuera lejos del continente.

Decidió hacerlo en el verano, como ahora nosotros planeamos ir primero a San Miguel Allende y luego a Puerto Vallarta. Por fin llegó el día, dobló los mapas de la ciudad (como nosotros doblamos los del bajío y los de la Costa del Pacífico), y revisó su porta libros donde llevaba bien encuadernado su cuaderno (y no sólo una modesta libreta Moleskine del tamaño media carta), para escribir su diario, además de un diccionario francés-inglés y, por si las de hule, el Robinson Crusoe de Defoe.

Llegó, con todo su equipaje frente a la estación de trenes París, donde estaba abierta una cantina al estilo de los «Pubs» ingleses y ahí mismo se detuvo para tomar un trago. Mientras lo hacía se sintió tan incómodo por el ir y venir de los pasajeros que pululaban alrededor de la estación que decidió, después de haber bebido su «pinta» oscura, que su viaje llegaría hasta allí y «con sus baúles, maletas, cobijas para el viaje, paraguas y bastones, jamás volvería a abandonar su hogar… pues en ese momento llegó a preguntarse: ¿para qué moverse cuando uno puede viajar tan bien sin tener que levantarse de su silla?»

El excéntrico duque de Esseintes regresó a su quinta, y se dedicó a empapelar los muros de su casa con los mapas a escala de la ciudad de Londres, incluyendo el puente y la torre donde sabía que guardaban las joyas de la corona y que era donde habían cortado muchas cabezas, incluyendo la de la bella Ana Bolena, madre de Isabel I.

Igual planeamos salir de viaje: primero, dijimos, iremos a San Miguel de Allende ―adelantándonos al verano― para ver a Rodrigo Johnson en acción como director artístico en el segundo Festival Internacional de Teatro (Escena 2), conocer a la directora, esa joven encantadora de serpientes como resultó ser Lucila Saravia y, tener la oportunidad de volver a ver Peer Gynt de Ibsen con Rodrigo Vázquez en el papel principal y las recientes pinturas de Claudia Casillas que están en la Galería de La Pérgola del Instituto Allende. Con todo esto, olfatear el fin de la primavera y el principio del verano por esos rumbos.

Sin temor alguno de quedarnos en alguna cantina por la salida a Querétaro, como el duque en París, tomamos la carretera hacia el norte, larga e infernal, llena de camiones, al tiempo que pasábamos de lado a la industria que está al lado de la carretera. Mientras, el campo esperaba con ansias ―y con la boca abierta seca-ceniza― a que llegaran las primeras lluvias que no tardaron en llegar abundantes.

Luego, anotamos, en la agenda de este espectador, la vacación veraniega en Puerto Vallarta, pues sólo de pensar en el mar, nos sabe a sal el pensamiento, como decía Gorostiza. Desde el aeropuerto de Toluca, volamos sobre unas nubes grises cargadas de agua y, tambaleándonos, aterrizamos en la pista donde pudimos ver al mar plateado (anochece a las 21:00), a las gaviotas regresando al manglar que está a la orilla del río Ameca, sin importarles los rayos y las centellas que luego iluminan el horizonte por la noche.

«Bien merecidas vacaciones», pensamos, cuando bajamos del avión y sentimos el cambio de clima y ese calor que abruma al principio hasta que nos acostumbramos para disfrutarlo. Sin tristeza alguna, mucho menos angustia, de haber dejado detrás la ciudad, como no se atrevió a hacerlo el duque en París, la casa, los planes y el trabajo, llegamos al mar para aflojar el cuerpo y dejarse llevar por esa nada que está formada de colores al atardecer, para intuir la interacción del color, tal como lo definió Josef Albers, y luego, dejarse estar, divagando por la playa, sin angustia alguna de haber dejado lejos nuestro espacio. Ahora se trata del disfrutar del aire libre, de las camisas sueltas, del viento que producen esas olas que revientan en la playa a nuestros pies, y así, apartar en la agenda del espectador toma forma sin necesidad de empapelar los muros de nuestro estudio, con los mapas de la ciudad que más nos gustaría visitar y listo. ¡Feliz verano! (El Financiero, lunes 16 de julio, 2007).