Water, las atávicas costumbres y las trampas de la fe

34 millones de viudas en la India

Nos dicen que hay más de treinta y cuatro millones de viudas en la India que, por razones religiosas o por tradición, se comportan como hace siglos: se rapan la cabeza, se refugian en unos asilos y se visten con un vestido sencillo de algodón blanco para pasarse el resto de su vida sin poder tener una nueva relación, sobreviviendo no se sabe ni cómo y esto resulta absurdo para aquellas niñas que se quedan viudas desde su infancia pues millones de matrimonios en la India se arreglan a esa edad. Todo lo contrario a las viudas de México que abiertamente declaran que «¡toda mujer que se respete, debe tener, por lo menos, tres años de viudez!»

Deepa Mehta (1950-) dirigió la película Water y logra, en verdad, llevarnos a vivir cerca de ellas —física y emocionalmente—, en la ciudad sagrada de Varanasi o Benarés, a orillas del Ganges, una ciudad que desde hace tres mil años es un centro religioso. Según el hinduismo, el que muera en Varanasi o cerca de ahí, queda liberado del ciclo de las reencarnaciones y entra directamente al Nirvana. Con esta película nos quedamos boquiabiertos al poder experimentar la cercanía con un mundo tan distante y que pensamos no existía más. Es una obra conmovedora y aterradora, donde disfrutamos, por un lado, a dos bellezas de actores que reasaltan del resto y por eso brillan de manera excepcional: ella es Kalyani (Lisa Ray, la mujer más bella de Bollywood) y Narayan (John Abraham, un joven actor de Mombai, la capital de Bollywood).

Varanasi tiene dos millones de habitantes y está al noreste de la India, en el estado de Uttar Pradesh, a orillas del Ganges. Es una de las ocho ciudades sagradas del hinduismo y se llama así porque geográficamente está situada entre el río Varana y el Asi.

«Todos caminan por las aceras o por la calle, altos, flacos, sin caderas, sin hombros, sin ademanes, sin risas, eclesiásticos, peripatéticos, algunos casi desnudos», escribió Henri Michaux en su bitácora de viaje a la India Un bárbaro en Asia y Mehta, con su película, nos los muestra afuera del asilo de viudas en donde sufrimos con la pequeña Chuyia (Sarala, nacida en Sri Lanka en 1996), viuda de nueve años, que se resiste a esa vida lo mejor que puede. La película se sitúa una década antes de la independencia (1947) y unos años después de que Gandhi había iniciado su campaña de desobediencia pacífica. Al final aparece dando un discurso conmovedor en la estación del ferrocarril de Varanasi, tratando de sacar a los ingleses de su país y, al mismo tiempo, transformar a su pueblo supersticioso y analfabeta entrampado en la fe.

«La India canta. Canta desde Ceilán hasta el Himalaya. Algo intenso y constante los acompaña, un canto que no los despega. ¿Puede alguien ser del todo infeliz cuando está cantando? No, hay una desesperación fría que no existe aquí. Una desesperación sin recursos y sin más allá que sólo existe entre nosotros», escribió Michaux y así es la vida de esas viudas en el asilo: una desesperación sin recursos, pero, con lo poco que hay, se dan instantes de amor.

Kalyani nos deslumbra con su vestido blanco y con su belleza donde se combina la piel morena con los ojos claros y un cuerpo perfecto. Por estar rodeada de la fealdad y la vejez, relumbra y nos deslumbra, nos quita la respiración y, al mismo tiempo, nos duele verla tan frágil, explotada por la dueña de asilo y de alguna manera ignorante.

Pero por ahí aparece su Romeo-Narayan con una kurta blanca y sus lentes redondos. Es la nueva esperanza en la India: un abogado que se niega ser parte de las viejas tradiciones.
— Todas las viejas tradiciones se están muriendo, —le dice a Kalyani a la orilla del sagrado Ganges.
— Lo que es bueno no debería morir —le contesta ella.
— Y, ¿quién decide qué es bueno? —dice el abogado.
— Tú —dice ella, y los dos sonríen.
Él es Romeo, sí, pero ahora ella es una Ofelia que junto con Chuyia y Didí, el ángel de la guardia quien adoptó a esta viuda-niña en el asilo, nos dan un poco de luz en medio de la miseria y la ignorancia.

«Es un abismo el que hay entre la religión occidental y la hindú. En el Ramayana, tres cuartas partes son infamias de los poderes (divinos) que más bien, son unos canallas, unos demonios, ermitaños, unos dioses inferiores ocupados del mal, siempre en guerra y siempre sujetos a los grandes dioses, improvisados y desenfrenados», dice Michaux.

En Varanasi llueve y ellos se mojan, se bañan y bajan por los «ghats», las escaleras al Ganges para sus baños purificadores. También bajan otros «ghats» para cremar a sus difuntos. Vida y muerte en un solo lugar y, cuando una de ellas por fin ha descansado le desean que, «si Dios quiere, reencarnará como hombre».

Cuando llega Gandhi, hay esperanza. Pero mientras, los brahamanes han envilecido a 250 millones de hombres que son como nosotros, pero diferentes. (El Financiero, lunes 30 de julio, 2007).