Antes, en y después de la boda

Nominada al premio Bodil como la mejor película 2007

Nos llevamos una buena sorpresa esta semana con la película dirigida por la danesa Susanne Bier, Efter bryllupet o Después de la boda, coproducida entre Dinamarca y Suecia que, sin mayores exaltaciones, nos cuenta una historia tan bien contada —que me niego a narrar, para no echarla a perder y, si ya la vieron, poder compartir estas opiniones— donde nos cuenta una historia que puede ser de amor, con otra de hambre, poder, filantropía y muerte, sólo para confirmar el contraste brutal que hay entre dos culturas: la casa de campo, como palacio, donde vive el empresario Jørgen (Rolf Mikkelsen) con la bella Helena (Sidse Babett Knudsen) y su familia: la joven Ana (Stine Fischer Chistiansen) y dos gemelos idénticos (Frederic y Kristian Gollist Ernst), cerca de Copenhagen, en medio de un bosque habitado por ciervos y, al otro lado, los barrios y las calles de Bombay en la costa oeste del océano Índico, con sus 14 millones de habitantes y los niños de la calle.

Entre estas dos locaciones, abismalmente diferentes, encontramos la soledad del hombre y la vida que pasa, como en un parpadeo, más rápido de lo que pensamos, mientras cae vertical para reacomodarse la flecha del amor que todo lo justifica y poder contrastar a un hombre solitario, con la vida de una familia; la carencia material, con la abundancia; las moscas con lo aséptico y medio desabrido.

Después de la boda tiene grandes logros. Uno de ellos es la dirección de la bella y frondosa Susanne Bier (1960-), que se parece un poco a Helena, la protagonista del film. Bier nació en Copenhagen y, junto con Andres Thomas Jensen, es coautora del libreto, excepcional en muchos sentidos, sobre todo, por el tejido y el desarrollo de la trama y de esos ciclos de vida que maneja con maestría, como si nos llevara de la mano por una espiral donde vemos el pasado desde varios puntos de vista diferentes; la edición perfecta, en tanto que logra mantener un buen ritmo con todo y sus sobresaltos; las locaciones, como el bosque y los ríos en Dinamarca —en verano— y las calles de Bombay, que nos explica gráficamente, lo que vio Henri Michaux cuando escribe que «en la India no hay nada para ver, todo debemos interpretarlo… ahí es dónde hay la ciudades más repletas del Universo… todos andan como peatones por las aceras y por la calle, altos y flacos, sin caderas, sin hombros, sin ademanes, sin risas, peripatéticos… algunos casi desnudos… demasiado numerosos para andar juntos…»

La fotografía es impecable, transparente, todo está allí de día o de noche cuando dejan encendidas las lámparas los que no pueden dormir; como es impecable las vistas de Copenhagen o del gentío de gente por las calles de Bombay: muertos de hambre, llenos de polvo y de basura.

Los actores que parece están en su casa y nos convencen, sin mayores esfuerzos, de lo que son y que es justamente lo que quería Sussane Bier en su actuación: elegantes empresarios en sus protocolos y sus smokings; ellas, con sus trajes largos de noche o la bata china de seda pura y el baño de tina con espuma que cubre el cuerpo de Helena, mientras el deseo juega con Jørgen hasta que surge a flor de piel, entre copa y copa. Los actores, desconocidos en estas latitudes, actúan y se mueven naturalmente en medio de esa sociedad tan civilizada, en esa familia de linaje, con sus ritos y costumbres, con sus discursos que hacen en cuanto pueden y con el deseo de vivir que parece que lo traen en la punta de la lengua.

El guión de Bier y Jensen no tiene pierde. Está hecho con ese estilo, como ese mismo que descubrió Shakespeare en sus últimas obras, en los famosos romances, donde le exige al público que trabaje todo el tiempo imaginando lo que podría suceder o lo que pudo haber sucedido o lo que está sucediendo para armar el rompecabezas de la trama y mantenernos activos, suponiendo lo que puede haber detrás o las diferentes salidas o el reencuentro, mientras el tiempo «que todo lo devora… y que tiene el poder de echar la ley por tierra, para plantar o deshacer las costumbres en una sola hora... (y, en un momento,) voltea la clepsidra y hace crecer el drama como si ustedes se hubiesen dormido en el entretanto …» y, en ese parpadeo, la vida avanza y da un salto de veinte años, como le sucede a Leontes en El cuento de invierno donde todo se convierte en historia, para ver las reacciones del público frente al futuro inmediato.

Trabajamos las dos horas tratando de contestar el por qué de muchas cosas y dejamos que sean «las noticias las que descubran a tiempo el Tiempo» y las soluciones que trabajaron los dos guionistas que nos mantienen en la butaca imaginando causas y efectos de eso que parece, digo, un romance shakespeariano o un cuento triste, para contarlo durante el invierno en Dinamarca, mientras siguen bebiendo para enfrentar la realidad de esta historia ficticia, triste y maravillosa. (El Financiero, lunes 24 de septiembre, 2007).