Dime qué colores te rodean y te diré cómo te ves

«Homenaje al cuadrado» de Josef Albers (1888-1976)

«Josef Albers, es un profesional seguro de sí mismo. Cuando se refería a él, siempre decía que era un principiante; fue un artista aferrado a sus opiniones que enseñaba a sus alumnos para que descubrieran por sí mismos lo que está detrás de las cosas; era maestro estricto en sus demandas, pero con un corazón blando como la mantequilla de Westfalia que tanto le gustaba embarrar en el pan de centeno», escribió Brenda Danilowitz, curadora de la Josef & Anni Albers Foundation en Bethany, Connecticut, en un libro total que deberíamos tener en nuestra biblioteca: Josef Albers: to open eyes. The Bauhaus, Black Mountain Collage and Yale, publicado hace poco por Phaidon y que he disfrutado como pocos libros, hojeándolo y leyendo la biografía de Albers para conocer los experimentos que hizo tan de vanguardia, hasta llegar a entender su vida y un poco más de su obra. Cuando pienso en él, pienso también en Andrés mi hermano, un gran arquitecto que transitó por la Bauhaus en los años cincuentas y asocio estas dos vidas dedicadas a experimentar para llevar sus oficios a la máxima expresión posible, sin importarles ninguna otra cosa.

La semana pasada se inauguraron dos exposiciones: «México inspira. Arte abstracto de Josef y Anni Albers» en el museo de San Ildefonso y el «Homenaje al Cuadrado» en la Casa Luis Barragán en donde han montado doce pequeños óleos que eran parte de esos ejercicios que propuso a sus estudiantes en la Universidad de Yale desde 1950, y con los que siguió trabajando hasta el día de su muerte en 1976, para que ahora podamos revisar su vigencia y disfrutemos de la experiencia en esa búsqueda en la relatividad de los colores como lo demostró de manera práctica con los diferentes cuadrados que hizo, uno dentro del otro, con distancias y proporciones específicas, para ejemplificar lo que es «ver los colores» y lo qué sucedía en cada caso para aprender a ver y descubrir lo que pasa cuando el centro es amarillo —color yema de huevo— y el siguiente cuadrado es claro y los otros dos externos tienen tonos más claros o oscuros o todo al revés. Los juegos y las combinaciones infinitas que se pueden hacer con la paleta de colores directos es como la música que se puede interpretar con las teclas de un piano.

Josef Albers nació en Alemania (1888-1976), fue maestro de la Bauhaus en los años 20’s donde pudo experimentar, como lo hizo durante su vida, con las formas, los colores y los volúmenes, siendo su lema el de «educar haciendo», como proponía John Dewey (1859-1952), padre de la filosofía progresista, para que fuese el ojo el que aprendiera a ver los juegos entre los colores que lo rodean y poder concluir, sin duda, que «no hay otra cosa más relativa en las artes que el color».

Mientras que Kandiski les preguntaba a su alumnos: ¿cuál es el color que más se parecía al canto de un canario o al mugido de una vaca o al silbido del viento o a un látigo o a una tormenta?, que, por cierto, me encantaría responder, Albers los puso a trabajar empíricamente para que fuesen ellos los que descubrieran lo que está detrás de cada cosa. Deseaba que sus alumnos buscaran y experimentaran «la interacción del color» y que sacaran sus conclusiones y ojalá se sorprendieran, por ejemplo, de tener dos colores que parecen ser diferentes cuando, en realidad son los mismos pero que por estar rodeados por diferentes tonos, producen una ilusión óptica.

La modesta exposición en la Casa Barragán sirve para ejemplificar estos experimentos e imaginar cómo es que invitaba a sus alumnos a aprender a ver y a encontrar los contrastes, las transparencias y la aplicación de los colores. Él no enseñaba pintura, enseñaba a ver y más tarde, se dio cuenta que enseñaba filosofía.

Albers trabajó como hormiga concentrado en la interacción del color y en la yuxtaposición de los objetos y en la búsqueda de esas armonía con la que podía retar a la inteligencia y a la sensibilidad, haciendo franjas o, dejando los cuadrados a un lado, por un momento, usaba las hojas que caen de los árboles en el otoño para jugar con ellas colocándolas sobre en diferentes fondos de colores.

Anni Albers, su esposa, fue una de las diseñadora de textiles más importantes del siglo XX y una mujer de primera magnitud que lo sobrevivió más de una década. Los dos viajaron a México muchas veces, cosa que disfrutaban mucho, pues les encantaba el clima, los colores, la brutalidad del paisaje, la tierra mojada, los indios, la tejedoras de Oaxaca, la geometría de las ruinas y los contrastes entre los colores, es el más relativo de los medios en el arte».

El arquitecto Luis Barragán lo conoció y admiró su obra. Por eso se exponen estos óleos en donde juega con los amarillos para descubrir lo que sucede en su relatividad. Dime qué colores te rodean y te diré cómo te ves, es el resultado de estos experimentos y de la interacción del color que trabajó siempre sin pretender hacer una obra maestra, como resulta que son. (El Financiero, lunes 12 de noviembre, 2007).