Divagando sobre la Navidad con la Sinfónica de Minería

O Tanenbaum, o tanenbaum, qué verde es tu follaje

El nacimiento, por si se nos había olvidado, es el primer evento de nuestra vida al aire libre. Por eso es muy importante y su recuerdo siempre viene acompañado de sentimientos encontrados. Cuando los celebramos, nos damos cuenta que estamos vivos gracias a tres variables independientes: el instrumental genético con el que nacemos; la calidad de vida que llevamos en función del tiempo y, por último, el azar que nos acompaña y con eso vamos corriendo por la pista olímpica de la vida mientras el Tiempo circula en el mismo o en sentido contrario recordándonos que, en este juego, hay tiempo límite.

«Yo soy yo y mis circunstancias y si no las salvo no me salvo yo», decía Ortega y Gasset en sus Mediaciones del Quijote, donde explica que nos constituimos en «un ser» en donde no hay prioridad en el individuo sobre la realidad, sino que todo lo que hay es la interrelación del hombre con «la» realidad, es decir, no existe un «yo» separado del mundo real y, por lo tanto, ese «yo» no se encuentra solo, sino que necesita de las otras cosas para ser realmente, es decir, que la propia vida es la realidad en un constante y continuo hacerse, pues la vida está compuesta de lo que hacemos y de lo que nos pasa, así como, de lo que tenemos que decidir en cada momento para saber qué es lo que vamos a hacer de inmediato que es una decisión intransferible: nadie puede sustituirnos en la tarea de decidir qué hacer en la vida.

Lo decisivo en el hombre es el proyecto vital de las cosas que lo rodean, siempre lleno de alternativas y posibilidades, en donde la vida es un órgano de la comprensión y por eso se puede decir, sin ningún problema, que el hombre es la razón de la vida misma.

Por eso cuando celebramos la Navidad, estamos celebrando tanto el nacimiento —en términos cristianos de Jesucristo— como el de cada uno de los que seguimos vivos y si alguien sabe interpretar estos sentimientos —aparte de los filósofos y los poetas—, son los músicos con quienes compartimos, de golpe y porrazo, de manera simultánea, la sensación dual —vida y muerte, inseparables— así como otras ideas que circulan en nuestra vida inconsciente, en esa otra dimensión a la que sí nos podemos acercar si nos dejamos llevar por las interpretaciones de los símbolos, como en este caso de los símbolos musicales —ritmo y melodía en el tiempo— tal como van a interpretarlos en la Sala Nezahualcóyotl con la Orquesta Sinfónica de Minería y un programa delicioso que gira alrededor de la Navidad, como el que se va a interpretar el próximo domingo 9 de diciembre a las 18:00 horas bajo la dirección de José Areán y la participación de ciento setenta voces integradas por el Coro Convivium Musicum que dirige Víctor Luna, el Coro Pro Música que dirige Samuel Pascoe y el Coro de la Facultad de Ingeniería de la UNAM que dirige Oscar Herrera.

El repertorio está formado por las obras de compositores nacionales e internacionales, todas ellas más o menos reconocidas por el público, como las del maestro Georg Friedrich Händel (1685–1759), integrado por su Aleluya, el Mesías y sus Revelaciones; o las de Arcangelo Corelli (1653–1713) y su Concierto para la noche de la Navidad, o a las obras de Georges Bizet (1838–1875), como su Farandole de L’arlessienne y para esta época no podía faltar El Cascanueces de Piotr Ilich Tchaikovski (1840–1893), con sus marcha, danza rusa y luego la china, así como el vals de las flores.

Durante este día, le han abierto un espacio a los tradicionales villancicos mexicanos cantados a capela, como Todo está en silencio de Jesús Villaseñor o el de Ramón Noble (1920-1999) que se titula Canten vivas, así como algunas estrofas como las que se cantan durante las posadas, nada más para ir entrando en calor.

La temperatura no ha llegado tanto como para estar envueltos en la bufanda de lana calientita ni hay vaho por la noche cuando parece que ilustramos la conversación con la condensación del vapor o el respiro profundo después de sentir una cierta alegría en la celebración del nacimiento, la esperanza puesta en la renovación, el pase de estafeta con la que el hombre ha realizado su carrera olímpica entre los valles que una vez fueron la región más transparente del aire o entre las montañas nevadas o qué mejor cerca del mar azul como el cielo.

Enfrentar la dualidad, la vida y sus circunstancias con buena música es más que suficiente para llenarse de eso que se llaman «ilusiones adornadas por al abeto», el famoso Tanenbaum, (O Tanenbaum, o tanenbaum…), abetos de la familia de las pináceas, una de las tantas coníferas, entre cincuenta especies con sus verdes follajes, como dice esta canción que simboliza la época navideña por excelencia. Con todo esto iremos al concierto de la Sinfónica de Minería que llega justo a tiempo para cerrar el año y compartir esta temporada cuando celebramos el nacimiento y la vida. (El Financiero, lunes 3 de diciembre, 2007).