La nostalgia del primer amor en vacaciones

December boys o Un verano para toda la vida

Con esta película nos instalamos, una vez más, en la nostalgia de la primera vez que hicimos el amor, del verano que pasamos con los amigos a la orilla del mar o en el Lago de Chapala, de los días que nosotros jugábamos con las camisas al aire y ellas con la flor de la primavera entreverada en el pelo, desnudo el cuello y la espalda, tostadas por el sol, mostrando lo que había que mostrar y ese deseo que pululaba por los aires, como lo hacen las feromonas, fumando a escondidas y dejándonos llevar por el ir y venir de los sentimientos como el flujo y reflujo del agua que finalmente revienta en la playa sobre los granos de arena, mientras se apacigua la curiosidad, que dicen mata al gato, y saber «cómo será mi piel junto a su piel, cardo o ceniza» o cómo será eso de hacer el amor, al tiempo que la realidad nos pone contra la pared y muestra sus limites, como los que se marcan con el gis de la enfermedad, la calentura o la muerte y, de todas maneras, seguir madurando, pasar los tragos amargos y aprender que las cosas son mejores cuando las imaginamos que como son en realidad.

Todavía está en cartelera este film que no pretende más que contar bien contada una historia de la infancia lo mejor que pueden: December boys se llama en el original o Un verano para toda la vida en su traducción y está dirigida por el australiano Rod Hardy (1949-) quien decidió filmarla en ese país. Los dos títulos juntos explican la trama principal: las monjas de un orfanatorio escogen a cuatro de sus huérfanos que cumplen años en el mes diciembre —Maps (Daniel Radcliffe, el adolescente nacido en 1989 que hizo Harry Potter); Misty (Lee Cornie, 1992); Christian Byers (1993), que hace el papel de Sparks y James Fraser (1993) como Spit— y, como regalo, los mandan a pasar sus vacaciones con una familia que vive en una cabaña en la caleta que está a orillas del mar.

Nunca habían salido del orfanatorio y, de pronto, cruzan los desiertos en un fotingo, asomados para ver y descubrir el paisaje —al tiempo que uno se asoma a su propia vida, por la otra ventana de un ferrocarril que va subiendo por las Cumbres de la Tentación, pujando y escuchando el ritmo de la locomotora, hasta llegar por la noche y por primera vez al puerto de Manzanillo para pasar también otras vacaciones en un campamento sobre la playa de Salagua, donde esa noche, sin luna, escuchábamos el suave y rítmico descansar de las olas que acariciaban la arena— y ellos llegaban a la caleta, también de noche, sin saber cómo era el mar, aterrados de lo desconocido, pensando que no iban a dormir hasta que les gana el ritmo de las olas y no querer hacer otra cosa que abrir los ojos al amanecer para salir como becerros del corral a recorrer y reconocer el territorio hasta quedarse pasmados frente a la aparición —como epifanía— y antes de desmayarse, de una virgen saliendo del mar, que fue lo que uno de ellos pensaba como esa que tenían enmarcada las madres del orfanatorio y que colgaba en la pared de la dirección, hasta que se dieron cuenta que no era más que una Venus llamada Lucy (Teresa Palmer con 21 años australianos de edad) que sale semidesnuda y camina hacia ellos, descalza, con el azul del mar y del cielo como escenografía, mientras los cuatro mocosos, suertudos, se dan por enterados de esa parte que querían conocer durante sus vacaciones de verano.

La película nos lleva de la mano por el recuerdo de esos tres niños y un adolescente, con esas pequeñas aventuras que viven, con sus luchas cuerpo a cuerpo jugando y desahogando energía, marcando sus territorios sin saber cómo expresar la excitación de su encuentro con la diosa del amor y Maps, el mayor de los cuatro, que llega a conocer lo que es el amor, como Dafnis y Cloe de Longo y ahora Maps y Lucy, para seguir deslumbrados por los caminos del tiempo perdido, como se deslumbró Proust, buscándolo hasta encontrarlo y que bien sabemos puede ser un parteaguas, el paso de la inocencia al sexo —con todo y temblor de piernas— y cuando se hace el amor por primera vez y se disfruta algo que nos han dicho puede estar prohibido. Por ahí el morbo de los pequeños al tiempo de sus ansias por hacer lo imposible para quedar bien con quien podría adoptarlos.

Pero no todo es como lo imaginamos y el recuerdo se encarga de ir limando las asperezas, simplificando la geometría y evitando los ángulos obtusos, como fue su experiencia al observar de cerca la muerte, que no deja de ser para ellos una idea abstracta y vaga, pues los jóvenes no creen que les corresponde pero que, de pronto, toma cuerpo y se muestra con todo y sus ojeras de mujer; por el otro lado, la experiencia del amor y todo en esas mismas vacaciones.

El pasado lleno de contrastes y las vacaciones de verano hacen la trama principal de esta película y, como colofón, los volvemos a ver para saber quien está vivo todavía desde aquel verano que se recuerda por toda la vida. (El Financiero, lunes 19 de noviembre, 2007).