jueves, 1 de noviembre de 2007

Los 2,501 fantasmas de los migrantes

Forum Universal de las Culturas Monterrey 2007

Entre los restos de la más antigua fundidora de acero de México, a un lado del río Santa Lucia, puede uno salir a caminar y pasar por el rincón de la palabra o el teatro de los sentidos o la fragua del mundo y el gigante del horno 3. Un poco más lejos, pasa uno por el teatro de las artes y el cabaret o se encuentra uno con las producciones del teatro de la calle a un lado de los gambusinos que tienen los mejores platillos de todas las culturas y, por allá, hacia el poniente, por los jardines del Parque Fundidora, podemos ver las piezas que Alejandro Santiago (1964-) instaló: son 2,501 «monos de lodo», como les decían en su pueblo a quien fuera a confirmar la locura que hacía este artista del barro desde que llegó del otro lado a la Sierra Norte de Oaxaca, a su pueblo natal de Teococuilco y se dio cuenta que nadie fue a visitarlo porque todos se habían ido al otro lado a probar suerte. Por eso, Santiago decidió hacer un retrato en barro de cuerpo entero de cada uno de los ausentes, según las descripciones que le daban los que se quedaron: altos o chaparros, gordos o flacos, con esposa e hijos y así, en seis años, hizo 2,500 paisanos en barro. Su hija retrató al último de esta obra: era la versión de su padre, el artista oaxaqueño que, con esta pieza, completó los 2,501 prometidos para exponer su instalación en el Forum Universal de las Culturas Monterrey 2007, donde los colocaron por los jardines, antes de que lo hiciera el artista por las veredas o en los patios de las casas de ese pueblo fantasma donde también habían desaparecido las veredas de piedra como las que recorría cuando era niño.

La instalación es un premio para los regios pues, con esta obra, lograron, como buenos expertos en esta materia, fundir el arte y el sufrimiento que produce la ausencia con la reflexión política: aquella expresando el silencio, la esperanza, el vacío, la tristeza y el dolor del abandono, entre otras cosas, y ésta, con las manos cruzadas, desesperados e impotentes, tratando de negociar acuerdos que no se concretan.

Cuando uno camina por la orilla del claro río de Santa Lucía, se oye el golpeteo lejano de una máquina infernal que sacude el agua del río apacible para producir un oleaje inesperado que estorba en ese paisaje y así, nos acercamos a ese ejército de fantasmas migrantes de colores, distinguidos claramente en su sexo por sus genitales de barro, el 1 o el 0 binario de cada persona.

Algunas de ellas tienen sus rebozos sobre la cabeza y casi todos están con los brazos cruzados en el pecho, como si quisieran reconocer el débil latir de su corazón; unos con calzones de manta blanca, otros con mezclilla que bien resiste las friegas; otros más, de color barro o grises y todos esperando que suceda algo en lontananza, como si ellos, que son los que se han ido, esperaran que llegara Hermes con alguna novedad o con la remesa en dólares que no falla para el alimento de los mayores que ahora, sin esa mano obra, descuidan el campo y se hunden en su miseria.

Los rostros son de dolor o de sorpresa, como si ellos mismos nos estuvieran viendo a los que los observamos. Nos conmueve su soledad y, con un pequeño dolor de estómago, sin poder entender dónde está la ganancia y sí, la pérdida, nos quedamos en silencio viendo a estas esculturas que expresan la lucha entre la inanición y la muerte para jugársela y abandonar su pueblo desde la infancia.

Alejandro Santiago fue uno de ellos. Por eso su hija hizo la última pieza, pero, como los oaxaqueños traen esto del barro, del arte y el color o la fantasía en la sangre, pues lo han mamado entre la sierra, las pencas y el mezcal, Santiago regresó hecho un artista y dedicó estos seis años a esta obra conmovedora que se puede disfrutar de cerca, a un lado de la modernidad de un Monterrey encerrado, felizmente, entre las montañas: entre el cerro de la Silla, a tiro de piedra que vemos ahora gracias a la transparencia de su aire, paradójicamente convertido en la ganancia al cierre de la primera y gigantesca fundidora en México, dejando otra región más transparente del aire, mientras los fantasmas de la migración aúllan su soledad cristalina.

Es, tal vez, la instalación más preciada del Forum Universal que está pleno de otras maravillas, como son los títeres del «Teatroarte-Cuticchio», Patrimonio de la Humanidad; o el espectáculo emblemático —espectacular— de Jorge Arturo Vargas o el principio de la incertidumbre con obras de veinte y tantos artistas: el rompecabezas de Ale de la Fuente con 10 mil piezas imantadas, o la incertidumbre del alce —navideño, por cierto— azorado frente al cazador furtivo en la instalación de Álvaro Castillo o los 10 mil vasos con agua evaporada con restos de tinta de Pablo Rasgado dejando huellas silenciosas de la tinta escapando del agua.

Pero los fantasmas migrantes no se olvidan, ahí están con sus rostros adustos, horribles, torcidos, con la cabeza inclinada, sin moverse, escuchando el paso del viento que parece que saben eso de que «lo demás es silencio». (El Financiero, lunes 5 de noviembre, 2007).