jueves, 22 de noviembre de 2007

Rodin: un monstruo entre la fragilidad de Camille y el silencio del poeta Rilke

El 17 de noviembre, hace noventa años, murió el artista Auguste Rodin en el pueblo de Meudon en Île-de-France, al sudoeste de París. Fue un gran escultor que marcó la diferencia entre la forma de expresarse del siglo XIX y el brinco que había que dar para impactar el arte moderno del XX.

¿Quién no conoce El beso como el que le da una mujer a su amante que está sentada sobre las piernas de su amado, apoyándose en uno de sus pies para elevarse y darle un beso en la boca lista para lo que se pudiera ofrecer? ¿Quién no ha visto al inacabado Pensador sentado, apoyando su cabeza —como Hércules sosteniendo al mundo—, sobre la mano derecha, apesumbrado por su destino o por sus fantasías, dejando que el peso de sus pensamientos cayeran sobre el codo que descansa en la rodilla alterna, torciendo el cuerpo para mostrar así la tensión que vivía? Estos dos desnudos fueron hechos por las manos y la genialidad de Auguste Rodin (1840-1917), un artista considerado un monstruo de la creatividad, un Balzac de la escultura, que trabajó en su taller de París con varios proyectos al mismo tiempo, algunos monumentales como Las puertas del infierno y otros más sencillos que empezaba por hacer sus esbozos a escala, en arcilla maleable, hasta que encontraba la expresión perfecta, para entonces pasarlos al tamaño que deseaba reproducirlo antes de fundirlo en el eterno bronce o esculpirlo en el blanco mármol.

Rodin era un hombre fornido que hizo y rehizo sus obras hasta que logró plasmar el movimiento mismo, congelando el instante como él lo deseaba y lo había fijado en el barro para luego eternizarlo en el bronce, expresando el deseo o la necesidad o la esperanza o, simplemente, el cuerpo que parecía estar en movimiento, fijo en el espacio. Mientras los esculpía, aprovechaba y disfrutaba, en todos los sentidos, a las modelos que colocaba desnudas de una u otra forma, observándolos desde el momento en que dejaban caer la bata de seda que las cubría, hasta que las colocaba con sus cuerpos desnudos cuando mostraban la tensión o la intimidad o la musculatura, producto de la placidez o de la angustia. El gigante escultor del siglo XIX esculpía lo que después sería el parangón para los artistas de principios del siglo XX.

Derrochó parte de su energía con la frágil aprendiz, con la hermana del poeta, con la bella escultora Camille Claudel (1864-1943), veinticuatro años más joven que su viejo maestro, a quien se entregó voluptuosamente bajo su capa negra, desnuda, a escondidas, para ser acariciada por las manos del escultor, sin importarle los restos de yeso, barro o polvo de mármol, mientras decidían si ella se convertía o no su compañera para el resto de su vida.

El primer encuentro fue en 1883. Al año siguiente trabajaba en el taller donde sirve de modelo y posa para él. Luego se pone a trabajar como escultora y colabora en varias figuras de Las puertas del infierno. Finalmente se convierte en su amante, modelo y musa por varios años. Dicen que Rodin se inspiró en ella para hace Danaïde o Fugit Amor. Pero Camille quiso controlar la vida del artista y ahí empezó el fin de su carrera y de su vida. Con ese deseo obsesivo creó un ambiente de enfrentamiento que, a pesar de la pasión vigente, sólo logró que la relación reventara: no quiere ser más la amante, sino la esposa y única mujer del escultor. En esa lucha pierde el equilibrio y la razón para ser encerrada por su hermano el poeta en el manicomio de Montdevergues donde murió treinta años después. Es hora que no nos recuperamos de esa tragedia de la que hace años Hugo Hiriart escribió una espléndida obra de teatro: Camille.

El escultor se rodeó pues, como ya vimos de una Camille, la frágil y bella escultora y también de Rainer María Rilke, el poeta del silencio que, en el otoño de 1902, huyendo de su esposa y de su hija recién nacida, para llegar a París a escribir sobre Rodin: «estaba solo frente a su gloria. Era la fama la que había llegado —empieza diciendo—, fama que no es otra cosa que la suma de todos los malentendidos con los que se rodea a un nombre».

El escultor lo contrata como secretario en 1905 y se queda hasta 1908 y por eso nos podemos imaginar el brutal contraste que había entre el poeta del silencio y el escultor que, como volcán en plena erupción, voluptuoso y lascivo, se enamoraba de todo lo que se movía con faldas, mientras su secretario con dificultades escribía: «si, sólo por una vez hubiera calma. Si lo azaroso y lo aproximativo se callara, y la risa de los vecinos; si el estrépito que hacen mis sentidos no me estorbara tanto al despertar…»

Eva desnuda y cabizbaja, había sido expulsada del paraíso y ella se tapa su rostro y oculta su pecado original con el brazo izquierdo negando con su palma abierta al fisgón y entrometido de la Biblia que no tenía el menor de los escrúpulos frente a la madre de todos, justo después de haber cometido el pecado original.

El erotismo dominó la vida de Rodin y con el cuerpo humano al desnudo se inspiraba para trabajar en los detalles y sacar de la tierra al Ídolo eterno, a esa mujer que nos mira extrañada como si estuviésemos interrumpiendo su intimidad: desnuda, descansando sobre sus piernas dobladas, echada hacia atrás para sostener el peso y la embestida del amante que está sobre ella, con las manos a la espalda y él colocando su frente amorosa sobre la suavidad del pecho de su amante, justo entre los dos senos hirsutos de su eterno ídolo.

«Soy el silencio en medio de dos notas», le dijo Rilke un día a Lou Andreas-Salomé, quien parece que fue su amante. El silencio de la escultura.

La eterna primavera, surge de la tierra para ser besada por el hombre que la espera, como esperaban a Helena, aquella del rostro que impulsó las mil naves e hizo arder las altivas torres de Ilión —como exclamaba el doctor Fausto—, que desaparecía cada año de Esparta, raptada por Paris o el invierno, para regresar puntual en la primavera, divina, adornada con el color de las flores del campo y ser bienvenida con un beso vigoroso y apasionado como el que le daba el hombre que la esperaba año con año.

Las obras de arte son un misterio. Las de Rodin no son la excepción. Pero ese misterio lo podemos descubrir si vemos algunas de sus obras como las que están en la ciudad de México en el Museo Soumaya en donde tienen una colección de obras de este escultor, para que nosotros le demos la lectura que queramos, como se acostumbra hacer con las obras de arte que, en verdad, dependen también de nuestra imaginación pues el artista sólo las sugiere y las esboza, para que nosotros terminemos haciendo la tarea y disfrutemos de esta imaginación que todo lo puebla y que está hecha de la misma sustancia que los hombres. (Día Siete, domingo 25 de noviembre, 2007).