martes, 6 de noviembre de 2007

Una catástrofe anunciada

El temblor de 1985 fue un desastre (del griego «mala estrella») en la ciudad de México y puso de manifiesto la vulnerabilidad del equilibrio que se requiere para sobrevivir y para prosperar, provocando que saliera a flor de piel aquello que se hizo mal, entre otras cosas, los permisos de construcción que no consideraban sostener un temblor de 7 grados Richter o más (no «grados Richard», como decía Bebeto); la mayoría de los edificios que se cayeron o que quedaron inservibles habían sido construido para el gobierno, con lo que brilló el cobre de los constructores que mataron a la vaca y los que le agarraron la pata.

En la catástrofe de Villahermosa se rebasó cualquier medida que pudo haberse tomado, excepto que ya sabían desde hace tiempo que la ciudad está bajo el nivel del río Grijalva y del Carrizal, dos serpientes que forman una herradura ahogando ahora a su población como nunca antes se había visto en México y con la misma causa como lo que sucedió en Nueva Orleáns.

Nos podemos imaginar la cantidad de problemas que está enfrentado su población víctimas de esta catástrofe o lo que padecen los gobiernos estatal y federales para resolver, a corto plazo, las necesidades de por lo menos medio millón de damnificados que de pronto se quedaron sin nada y que han salvado la vida de milagro, no, de milagro no, en realidad la salvaron por la feroz actividad de miembros del ejército y la marina, así como el apoyo de una sociedad civil que ha podido sacar a su gente atrapada en las azoteas, como lo hemos visto en unas imágenes dramáticas para no ser arrastrados por Caronte, el barquero del Hades.

El desánimo que sufre la población por la magnitud del desastre podría convertirse en fuerza, gracias al instinto de sobrevivencia que anula la pena de las pérdidas materiales para ganar por el deseo de vida que, sumado al apoyo que reciban de inmediato, puedan librar de la pesadilla y tengan las fuerzas suficientes para volver a empezar de la nada, en una ciudad que seguramente va a cambiar su fisonomía, convertido el oriente en una laguna en donde hay que reubicar a parte de la población en otras zonas sobre el nivel de los dos ríos que no han podido contener su caudal desbordándolo.
Será una o dos décadas la que van a necesitar para volver a estar donde se encontraban ayer. Una década para definir los nuevos límites para la construcción de las casas o edificios habitacionales, mientras se resuelve el desempleo, el abastecimiento y la administración de las inversiones que requerirá esta población para ir reconstruyendo su vida y su infraestructura.

Se dice fácil eso de volver a empezar con lo que se pueda, sí, se dice fácil, pero qué difícil es imaginarse que uno pueda perder todo —poco o mucho, no importa—, todo, menos la vida. Sólo queda la solidaridad de nosotros para que, ojalá, sobrevivan su pesadilla. (El Informador, martes 6 de noviembre, 2007).