El amor en tiempos de colera

Un feliz reencuentro con la divina coronada

¿Cómo hacer una película basada en una novela como El amor en tiempos de cólera (1985), si está construida alrededor de una verborrea poética, la trama implica poca acción y el final se conoce desde el primer capítulo? Tal vez por esa curiosidad, cuando supe que estaría en cartelera, volví a leerla —después de veinte años de haberlo hecho por primera vez— para imaginar cómo le harían para transformar un texto tan florido, como es este de García Márquez, en imágenes cinematográficas y convertir una obra que trata sobre el amor de toda la vida en una Cartagena de las Indias caribeña y el río Magdalena que fluye hacia el Amazonas, por el que navega Florentino Ariza, uno de sus protagonistas, en medio del olor a fruta y la desnudez de sus mujeres, con la oscura nostalgia con la que embarra este hombre el fondo de su vida, mientras espera a Fermina Daza, la mujer amada, la divina coronada, con los rigores y «la paciencia mineral, que desconsolaba a su madre y exasperaba a sus amigos».

Me imaginé perfecto cómo sería cuando Florentino iba navegando «frente al barandal, viendo a unos caimanes inmóviles asoleándose en los playones con las fauces abiertas para atrapar mariposas», antes de realizar que la había esperado «cincuenta y un años, nueve meses y cuatro días».

Con la relectura, las expectativas sobre la versión cinematográfica, las fui construyendo sobre un andamio lleno de preguntas: ¿cómo le harán para que no nos aburramos con esas escenas que leímos tan a gusto que no queríamos que nadie nos interrumpiera para seguir trotando entre las hojas de la deliciosa verborrea colombiana —parecida a la que usan mis amigos Rodrigo Castaño Valencia y Ana María Botero—, de la poética verborrea de García Márquez que produce —neuronalmente hablando—, una gran actividad, como cuando nos narra el día que Florentino seguía navegando y «vio pasar flotando tres cuerpos humanos, hinchados y verdes, con varios gallinazos encima», tres cadáveres que flotaban por las aguas, uno de ellos sin cabeza y otro de «una niña de pocos años cuyos cabellos de medusa se fueron ondulando en la estela del buque» y que nunca supo si «eran víctimas del cólera o de la guerra, pero con esa tufarada nauseabunda se contaminó en su memoria el recuerdo de Fermina Daza». La «tufarada nauseabunda», ¿cómo sería en la película?

¿Serían los veinticuatro cuadros por segundo sin alguna importancia o a lo mejor no filmarían ese tipo de escenas? Por supuesto que la relectura valió la pena y, por eso, logramos imaginar de nuevo el caudal del río Magdalena o la casa de Fermina Daza o a ella misma, cuando fue a verla cuando uno de los colegas del doctor Urbino le pasó la cita de una joven que vivía en una zona elegante y creían que estaba enferma, tal vez de cólera, y por eso fue el experto doctor Juvenal Urbino quien tuvo que regresar más tarde para que estuviera su padre mientras se llevaba a cabo la consulta y por eso pudimos ver cuando el doctor «le pidió a la enferma que se sentara, y le abrió la camisa de dormir hasta la cintura con un cuidado exquisito: el pecho intacto y altivo, de pezones infantiles, resplandeció por un instante como un fogonazo en las sombras de la alcoba… Imperturbable, el médico le apartó los brazos sin mirarla, y le hizo la auscultación directa con la oreja contra la piel, primero el pecho y luego la espalda», y esto, resultó una de las mejores escenas de la película, porque sabemos que, a partir de este momento, el doctor Urbino quedaría prendado de Fermina hasta lograr casarse con ella para vivir juntos por el resto de su larga vida, no sin tener uno que otro problema con el doctor que, de repente, se le alebrestó la cresta con una negra recién llegada al puerto.

Por eso digo qué debió ser difícil traducir a cine este tipo de novelas, cargada de simbolismos, de parodias tropicales y de un buen sentido del humo donde hay poca acción y una gran riqueza de imágenes.

Cómo le harán para que no nos aburramos con la idea de la paciencia de Ariza que aguantó tantos años, mientras este caribeño don Juan se pasaba por las armas a 622 mujeres, esperando que la divina coronada le hiciera caso algún día viajando seguido por el río Magdalena donde repasaba «de memoria los folletines ilustrados… y reservaba para sí y para Fermina los papeles de amores imposibles».

Hay tres cosas increíbles: la locación, la ambientación y la música de Shakira. Los objetos de la casa, la tina de madera donde se bañaban desnudas Fermina y su prima Hildebranda, felices, fumando hablando de lo que siempre hablan las mujeres; el piano y su mantilla; la huerta donde huyó el perico entrenado por el doctor Urbino para hablar francés y latín y que, con su colorido plumaje y su aparente talento, fue causal de su muerte quien no expiró hasta que llegó Fermina corriendo como pudo, «con el peso invencible de su edad», para escuchar sus últimas palabras: «sólo Dios sabía cuánto te quise». (El Financiero, lunes 7 de nero, 2007).