La experiencia musical en una sala de conciertos

La Primera Temporada 2008 con la OFUNAM

Cuando vamos a una sala de conciertos tenemos una magnífica oportunidad aunque, en principio, no deberíamos de pensar en nada excepto en la música misma, para concentrarnos y seguir el tema, la melodía y el ritmo sin permitir que nos distraiga el parecido de la clarinetista rubia con nuestra cuñada o el segundo oboe con un viejo amigo con el que siempre nos preguntamos lo mismo: ¿qué demonios hace aquí?, o la guapura de la chelista y lo bien que se ve ahora con su pelo suelto o, peor todavía, cuando no podamos impedir que nos asalten esos inútiles pendientes que empiezan a dar de vueltas cuando vemos al director que toma la batuta y espera unos instantes antes de que empiecen a fluir los primeros acordes.

Esos pendientes pueden estar flotando junto a los primeros acordes y pueden seguir dando de vueltas sin encontrar la salida, como los sueños, hasta que nos concentramos en la obra musical para que nuestra alma se divide en rebanadas cortadas con
el cuchillo de doble filo donde están las emociones con las que asociamos la música que escuchamos en una deliciosa subjetividad musical y todo lo demás que nos rodea o que nos viene a la cabeza, aprovechando que estamos tranquilos en la sala de música.

Por eso hay que ir los próximos fines de semana a la sala Nezahualcóyotl ahora que empezamos el año con vigor, para dejarnos llevar por la música y lo que nos produce, sin importar los pendientes que brincan mientras escuchamos las obras que van a interpretar durante la Primera Temporada del 2008 con la Orquesta Filarmónica de la UNAM (OFUNAM), con Alun Francis, el director artístico y responsable de lo que suceda durante esta temporada donde ha decidido invitar a varios directores como huéspedes que vendrán durante la temporada, como son: Ronald Zollman, Héctor Guzmán, José Guadalupe Flores, Berislav Skenderovic, Moshe Atzmon y Damon Gupton, con una programación que va desde algunas grandes obras sinfónicas del repertorio clásico, como son la primera y la cuarta sinfonías de Brahms, la cuarta de Bruckner, la primera de Julián Carillo y la segunda de Tchaikovsky, que serán las que podremos disfrutar en esta temporada que ya inició el pasado sábado 12 de enero, pero que termina hasta el domingo 16 de marzo, una semana antes que empiece «la maldita primavera».

Vendrán varios solistas: el pianista Mikhail Rudy para interpretar el Concierto no. 3 de Béla Bartók; Stefan Popov al chelo con el Concierto para violonchelo de Edward Elgar y luego, al corno, vendrá Radovan Vlatkovic para ejecutar el Concierto para corno no. 1 de Richard Strauss; dentro de la temporada se interpretará también el Concierto para piano de George Gershwin con Janis Vakarelis y el Concierto no. 2 de Franz Liszt con Francesco Libetta, así como la Sinfonía Concertante de Mozart con Sergei Gorbenko al violín y Mikhail Tolpygo en la viola.

Si logramos ir a la sala de conciertos y no pensar en nada más que en la música, podremos descubrir ciertos aspectos desconocidos de uno mismo, expresados en términos musicales, sobre todo con esas situaciones emocionales que son opuestas, múltiples y simultáneas, como el amor y el odio o la alegría, antes del pavoroso silencio, o cuando parece que revisamos la historia de nuestra vida, tal como la hemos vivido, con todo y sus lagunas notables, como las que nos vienen a la cabeza, sobre todo cuando la orquesta transforma la melodía princial, cuando tenía una presencia absoluta, para que luego desaparezca en la bruma de los sueños o de los recuerdos, cuando la memoria se convierte en ficción y todo es un fantasma, como lo es lo que escuchamos en el primer movimiento: las ausencias se hacen presentes y lo que recordamos es provocado por la música: un cuento, una ficción.

Si logramos metemos hasta el fondo de la estructura musical nos perdemos en un mundo abstracto donde no hay sustancia alguna, sino que todo es sonido, como cuando volvemos a oler un perfume y nos trae de golpe y porrazo, la idea de quien lo portaba como si fuera un fantasma.

La música en la sala de conciertos nos abre puertas que, de otra manera, son difíciles de abrir para que podamos entrar a los pasillos de la fantasía. La música está hecha con el mismo material que los sueños, como los hombres que la disfrutamos y nos sugiere diferentes estados de ánimo, como el amanecer en una de esas gloriosas mañanas cuando hemos visto que el sol baña las montañas con su dorada luz y deja que ésta caiga sobre los valles o sobre la nieve rosada, recién caída en aquellos países donde abunda durante el invierno, al mismo tiempo que nos invade el recuerdo de la piel suave si es que nos atrevemos a jugar con estos recuerdos mientras la orquesta sigue trabajando con las melodías, transformándolas, desdoblándolas o poniéndolas en plena fuga y nosotros, impávidos en nuestro asiento, pensando en la maravilla que es el hombre cuando la interpreta puntualmente. (El Financiero, lunes 14 de enero, 2008).