La trágica historia bajo el azote de la lluvia

Luna Theater y la vanguardia del teatro ruso
El Financiero, lunes 4 de febrero, 2008.

Lo más probable es que no hayan visto la puesta en escena de Romeo y Julieta con la compañía rusa Luna Theater, tal como sucedió el pasado mes de enero en el Teatro Helénico, donde pudimos ver esta nueva versión de la tragedia de Shakespeare. Por eso me permito contarles lo que pasó, para que tengan una idea de lo que vimos y que está relacionado con la vanguardia de esta compañía de teatro ruso y con la triste historia de esos dos jóvenes amantes que, hasta ahora, es material de primera en las artes dramáticas, cuatro siglos después de haber sido escrita, confirmando con esto que Shakespeare está vivo y coleando.

La obra fue dirigida por Lilia Abadzhiyeva y por ser una mujer se nota en varios toques delicados y sutiles que le dan una visión muy particular. La compañía está formada por seis actores rusos que salen a escena dispuestos a darnos unos brochazos rusos de esta tragedia en ruso y sin subtítulos para contarnos a su manera esta historia que nos vemos forzados a visualizarla.

Tres de ellos se transforman para hacer los papeles de las mujeres, tal como era en la época isabelina: uno de ellos hace —también— el papel de la coqueta Lady Capuleto; otro es la Nodriza y, un tercero, es Julieta la estrella de la obra, quien resulta ser una Capuleto impresionantemente femenina, dulce y tierna que, cuando habla, lo hace en voz baja como si se estuviera murmurando con ternura lo que dice. Gesticula y muestra, con pocos elementos, su feminidad: tiene un vestido con aros del miriñaque que al principio nos parece es una broma, sobre todo cuando los mueve de adelante hacia atrás, con una convención donde nos muestra sus dudas o deseos, su aceptación o la emoción pura.

Cuando Julieta espera a su Romeo, entonces no dice nada y la vemos de espaldas al público, sentada a la orilla de su cama cabizbaja y con eso nos dice lo mismo, pero diferente, de aquel discurso maravilloso cuando les exige a los carros corran veloces con sus caballos de pies de fuego para que lleguen pronto donde está Febo dormido y, si es necesario, que los golpeen con el látigo para que lleguen hasta el ocaso, se haga de noche y llegue Romeo. Pero Julieta nos voltea a ver y se nos queda viendo como lo harían los amantes que están tristes y ansiosos que están en la espera de su pareja. La mímica y el mensaje no pudieron ser mejores.

Lilia Abadzhiyeva les exige a sus actores cada vez más y pasa de ser una aparente comedia a los pleitos callejeros de unos rusos mafiosos de negro, hasta a la furia del señor Capuleto con el puño levantado que arremete contra Julieta que, finalmente, se queda sola y su alma.

Al principio, el galanteo de Romeo parece de broma, pues exagera su timidez en las supuestas declaraciones de amor, y los contactos entre los dos se subliman y nunca nos molestan lo que hacen en ningún sentido. Mientras ellos y ellas entran y salen y se vuelven a transformar, sabemos que la trama va avanzando en la dirección que irremediable apunta esta tragedia para llegar al gran final en donde la compañía logra colocarse, de un brinco en la vanguardia del teatro-performance, con una actuación que requiere de las técnicas «clown», cirqueras pero de altura, con fuerza y agilidad corporal hasta que nos alcanza el final que dura tres veces más de lo que creemos que debe durar la muerte —cataléptica al principio— de Julieta y luego la de Romeo, esto sucede en medio de una lluvia que azota con toda su furia el escenario: Julieta yace dormida bajo la lluvia y Romeo ha caído fulminado por el veneno del boticario de Mantua.

Pero el agua del cielo, que lava los pecados del mundo, parece ejercer su poder mágico y vemos cómo los amantes parecen volver a la vida —y nosotros con ellos— y, en medio de la tormenta —que no se detiene nunca más—, Romeo toma a Julieta entre sus brazos, intenta levantarla del suelo y cuando ya casi lo logra, vuelven a caer en el charco de agua; entonces, es ella la que se despabila y trata de levantar a Romeo, lo abraza y lo toma de los brazos, lo acerca a su cuerpo para tomar fuerzas… pero vuelven a caer una y otra y otra y otra vez, casi hasta el infinito y nosotros no sabemos si es hora de aplaudir o de llorar cuando imaginamos que pudo haber una segunda oportunidad —que es el sueño de todos en esta vida—, una segunda oportunidad para ratificar los errores, para evitar los fracasos, para acomodar los ritmos y que las cosas —sobre todo del amor— se den a tiempo.

De luto, el resto de la compañía bajo la lluvia, deja unas flores sobre la tumba de los amantes que intentaron jugar, echándose un poco de agua, como lo hacíamos cuando nos bañaban en la tina de niños, simulando que no han muerto. Pero es inútil, lo sabemos. Y la lluvia no puede limpiar esta triste y lamentable historia de Romeo y su Julieta puesta con un moderno lenguaje corporal que nos hace llegar al fondo del alma de los amantes que se separan, en medio de la lluvia, para no volver a verse jamás, a pesar de los esfuerzos descomunales que hacen para revivir uno al otro.