A través del universo y la nostalgia

El Financiero, lunes 28 de enero, 2008.

Dirigir una película estructurada con treinta y tres canciones de los Beatles y provocar con ese material un tsunami de nostalgia que nos invade en la oscuridad del cine con sus grandes oleadas que revientan los recuerdos desde el fondo del alma, hacernos cómplices del film y esbozar una sonrisa en automático mientras recorremos los fragmentos perdidos en la bruma de los años sesentas, cuando los de mi generación éramos jóvenes y esperábamos todos los días escuchar la más reciente de las canciones en «la hora de los Beatles de La Pantera de la Juventud», para cantarla en cuanto entendiéramos su letra, eso es vencer un reto.

Y esto lo logró Julie Taymor (1952-), quien ha dirigido la versión cinematográfica de Tito Andrónico (1999) con Anthony Hopkins como tal, Frida (2002) con Salma Hayek, nuestra estrella universal y, en medio de todo esto, la ópera Edipo Rey de Stravinsky, en una puesta en escena japonesa —excepcional—, con Jessie Norman. Ahora se lanza con la película A través del universo y nos avienta la nostalgia encima.

El liberto es de un par de fanáticos de los Beatles como seguramente lo son Dick Clement (nacido en 1937 en Westliff-on-Sea en Essex, Inglaterra) y Ian La Frenais de la misma edad (de Newcastle-upon-Tyne en Tyne y Wear, también en Inglaterra), quienes decidieron llamarle a esta obra como una de las canciones: Across the Universe y armarla de tal manera que fuese pertinente con esas canciones donde «las palabras fluyen como una lluvia interminable en una taza de papel, para que se resbalen y vayan cayendo a través del universo y se formen albercas de pesares y olas de alegría que van a la deriva por mi mente, cuidándome y poseyéndome… Jai guru deva om / Nothing is going to change the world / Nothing is going to change the world / Nothing is going to change the world…

Y así, el joven inglés, Jude (Jim Sturgess), vemos que trabaja como soldador en los astilleros de Liverpool y desde la playa inicia cantando la primera de las canciones antes de iniciar su viaje a los Estados Unidos en busca de su padre, que trabaja en una universidad en Boston, no como profesor, sino como maestro del mantenimiento. Pretexto para establecer relaciones —como los Beatles mismos— con el nuevo Continente, sin problemas, pues todo lo que quería era saber que los dos existían.

Por el campus de la universidad lo guía Max Carrigan (Joe Anderson), un joven rebelde con una hermana, güera y blanca como la leche, llamada Lucy (Evan Rachel Wood) y que, a la menor provocación, con ese nombre vamos a escuchar la canción del mismo título y que, por cierto, fuera de la película, era la que oían los antropólogos en su campamento cerca de Adis Abeba en Etiopía, mientras acomodaban los huesitos encontrados de un homínido de la especie Australopithecus afarensis de 3,5 millones de años de antigüedad, descubierto por Donald Johanson en 1974: se trataba del esqueleto de una hembra de un metro de altura y de 27 kg. de peso (en vida), que debió de haber tenido unos 20 años de edad (las muelas del juicio estaban recién salidas) y que, al parecer, tuvo hijos, aunque no se sabe cuántos. Le pusieron «Lucy» —y ahora es famosa con ese nombre— justo por la canción de los Beatles: Lucy in the sky with diamonds, que escuchaban los antropólogos, nosotros y los investigadores la noche del hallazgo.

Pero en nuestra película siguen en este otro universo, con las treinta y tres canciones interpretadas de una nueva manera que resultan, en verdad, una delicia.

Nos acomodamos en nuestra asiento y tarareamos con el deslumbrante reparto de cantantes, con la guapa Sadie (Dana Fichs) y su amante, el saxofonista Martin Luther y así nos dejamos llevar a través de ese tiempo cuando creíamos —porque éramos jóvenes— tener la sensación de que había esperanzas en este mundo y que podríamos pasarla muy bien —sin tantas pruebas de fuego— para que se cumplieran todas y cada una de las ilusiones como las que teníamos y que flotaban por el aire en esa época cuando creíamos que había cambios de lo superficial a lo social, en un paquete llamado libertad, junto con la idea de entrar al psicoanálisis, al mismo tiempo que compartíamos con los Beatles estas mismas sensaciones como miembros de ese club de los corazones solitarios.

La guerra de Vietnam, el asesinato de Kennedy en 1964, la onda psicodélica, el pelo largo, los lentes oscuros y la mota mientras cantábamos Let it Be: «cuando tenga problemas la Madre María está conmigo y me dice palabras sabias, me dice let it be, y por eso, cuando estoy en la oscuridad, ella está junto a mí diciéndome let it be, let it be, let it be, let it be…», y una vez más creemos que hay esperanza, —¿será?—, mientras vemos la historia de amor entre Jude el inglés y la norteamericana Lucy, entre la vieja y austera Inglaterra y la brillante y superficial Norteamérica, dos culturas con aparentemente el mismo idioma y nosotros, encantados de este regaderazo de nostalgia.