jueves, 10 de abril de 2008

Helena de Troya: diosa, princesa y prosti

El Financiero, lunes 14 de abril, 2008.
Todas las versiones del mundo antiguo

¿Es este el rostro que lanzó a mil navíos y puso fuego a las altas torres de Troya? ¡Dulce Helena, dame la inmortalidad con un beso!, como pedía Fausto, en la obra de Christopher Marlowe, antes de darse cuenta que su alma se apega a tus labios y escapa de mí. ¡Ven, Helena, ven! Devuélvemela. Aquí me he de quedar, pues el cielo son tus labios y todo lo demás, si no es Helena, es polvo. Yo seré Paris y por tu amor no será saqueada Troya, sino Wittenberg.

Y esta hermosa mujer, la más bella que el hombre haya imaginado desde tiempos inmemorables, es la inspiración de los poetas y es la fuente donde muchas generaciones han bebido para tratarla primero como diosa, luego, como princesa de Argos y también, ¿por qué no?, como una prosti y Helena (con hache o sin ella), ha resistido todas y cada una de estas categorías.

Tal vez por esto, Bettany Hughes, periodista y reportera de la TV —que debió de llamarse «Helen» Hughes, pues no canta nada mal las rancheras— hace de su investigación «en busca de Helena» un programa Helen of Troy para la PBS que ahora está disponible en DVD, donde parte de Esparta y los orígenes mismos de este mito en el Peloponeso, para llevarnos a Troya y Egipto, en busca de sus orígenes desde que se creía que era —y lo sigue siendo— una diosa que cada otoño es raptada para regresar, flamante, mostrando sus pechos firmes, voluptuosa, para regar su belleza por todo el campo, bañado de sol y de flores azules como las de lavanda, que perfuman las brechas por donde ella acostumbra caminar, mientras las muchachas espartanas hacían sus altares o unos pequeños templos para rezarle para que compartiera con ellas algo de esa famosa belleza.

En Argos, el padre de la princesa Helena se propone encontrarle un marido y llega Menéalo —hijo de Atreo, el rey de Micenas y perteneciente a la raza de Pélope— hermano de Agamenón —que ya se había casado con Clitemestra, la hermana mayor de Helena—, con un cargamento de regalos y preparado para competir en todas las competiciones programadas hasta ganarse la mano —y el resto— de esta mujer que abandona, por tener que asistir a la cremación de su padre en la isla de Creta, justo cuando el joven Paris, hijo del rey Príamo de Troya, los visitaba en su palacio para tratar de apaciguar la ambición de los griegos por sus tesoros o de firmar algún tratado comercial entre los dos reinos.

Desde que llegó quedó deslumbrado por esa Helena, su anfitriona —dicen que la diosa Afrodita tuvo que ver en esta visita, pues se la había ofrecido a Paris como premio—, y tal como sucedía en el otoño, es raptada por este joven troyano para llevársela a su casa —sacándose la feria del tigre—, y por eso, el rostro de Helena impulsó a los mil navíos para que pusieran fuego a las altivas torres de Troya sitiándola durante diez años tal como lo escribió Homero en su Ilíada, obra mayor, que trasladó al español don Alfonso Reyes —en una versión en la que estamos trabajando en la flamante editorial M&A para coleccionistas—, y ahí está este fragmento donde aparece por primera vez el nombre de la bella Helena:

—¡Alerta, hija de Zeus, escudero sin par!
¡Que se nos van los dánaos sobre el lomo del mar
hasta su casa y tierra, dejando por presente
—trofeo para Príamo y sus teucros— a Helena,
la argiva por quien tantos, de su nación ausentes,
en el polvo de Troya rodaron confundidos!
Ve, persuádelos, háblales, a cada uno enfrena.
No sea que estos bravos de bronce revestidos
saquen las corvas naves y las echen al mar.

La diosa de los ojos zarcos la escucha, y sin tardar
vuela del alto Olimpo a los barcos aqueos,
y dice al enfrentarse con el probo Odiseo,
el prudente de Zeus que, en su alma despechado,
junto al negro bajel se mantiene callado
y ni a embarcar se anima ni a tocar los arreos:



Bettany Hughes nos narra todas y cada una de estas leyendas complejas que han evolucionado desde la epopeya homérica, sobrecargada con esos elementos que han ido recubriendo el relato primitivo: en la época homérica su genealogía se confunde. Por un lado, Helena es hija de Zeus y de Leda, aunque tiene por padre al «humano» Tindáreo, por el otro, se dice que era hija de Zeus y Némesis, quien huyendo del primero, había recorrido el mundo adoptando mil formas hasta que se transformó en oca. Pero el cachondo dios de dioses se convirtió en cisne para unirse a ella en Ática y, de esta cópula, Némesis puso un huevo que abandonó en el bosque sagrado hasta que un pastor lo encontró y se lo llevó a Leda para depositarlo en una cesta hasta que se abrió y de él nació Helena, a quien Leda crió como si fuese su propia hija.

Pero también se sabe que fue Helena violada por Teseo en Laconia y, embarazada, se la llevó a Afidna, con su madre Etra. La liberaron sus hermanos porque Teseo se había ido a los Infiernos a raptar a Perséfone.

Así las cosas de los mitos, ¡qué maravilla! ¿No creen? Ese fue el rostro que inflamó las mil naves. Con razón.