martes, 17 de junio de 2008

El retrato de Schahrasad por Rimski-Kórsakov

Revista Día Siete, domingo 15 de junio, 2008.

CUARTO DE ESTUDIO
El gran viejo de la música rusa

Pararse en la proa al frente del barco para poder oír mejor cómo se abre el mar y escuchar cómo baña con su brisa al mascarón de proa mientras se abre camino por el golfo de Finlandia para navegar por el Báltico era una especie de ceremonia que realizaba todos los días Nikolái Andréyevich Rimski-Kórsakov (1844-1908) cuando fue de joven un oficial de la marina del zar de Rusia hasta que cumplió los veintidós años y pudo dedicarse de tiempo completo a la música en el Conservatorio de San Petersburgo.

Nikolái podía ver el color del viento, podía escuchar las velas de las dos gavias tensas en el palo de trinquete cuando navegaba en su barco velero, cuando estas velas estaban hinchadas y empujaban tangencialmente a la nave hasta llegar a su destino. Esto era parte de la rutina que luego pudo convertir en una composición musical, enamorado como estaba de la música desde que tenía cuatro año, hasta que, mucho tiempo después en 1888, lo convirtió en el primer movimiento de su Suite Sinfónica Schahrasad, Op. 35, un movimiento inolvidable al que le llamó: El Mar y el barco de Simbad, compuesta cuando se encontraba en la cima de su vida, de su carrera y que ya lo consideraban como «el mayor músico ruso de lo fantástico», hasta convertirse en «el gran viejo de a música rusa».

Había nacido en Nóvgorod, una población que está cerca de San Petersburgo y que, desde el siglo XIX, se convirtió en uno de las más importantes centros industriales de la antigua Rusia. Ahí creció, atrapado entre el mar y la música, para después construir una de las más finas orquestaciones del siglo, gracias, tal vez, a la sinestesia con la que había nacido y que le permitía mezclar sensaciones, es decir, podía «oír los colores» o «ver los sonidos» y hacer las correspondencias entre uno y otro sentido sin problema alguno, percibiendo cómo el rojo se hacía más intenso si escuchaba un sonido agudo, como sucede cuando se ingieren las drogas psicodélicas.

«Dios no bendice las lágrimas de la tristeza —decía a sus amigos del Grupo de los Cinco— Dios bendice las lágrimas de la alegría» y esto era lo que cantaba Fevronia en la ópera Kitge, antes de que se convirtiera en el lema de la obra de Rimski-Kórsakov.

Fue parte del paisaje artístico de la segunda mitad del siglo XIX en la Rusia zarista como el paisaje que había en Europa durante esa misma mitad de siglo, en donde lo exótico era sinónimo del Oriente —medio o extremo— cuando Antonio Galland había publicado en francés Las mil y una noches arábigas, esas noches en Bagdad que ahora, no podemos pensar en ellas y el exotismo que implican por el maldito terrorismo.

Fue durante la misma época en la que Víctor Hugo escribió Las orientales, Delacroix pintó el exotismo, Bizet compuso Los pescadores de perlas y Flaubert soñaba con hacer un viaje donde «pudiera ver las olas azules, el cielo puro y la arena de plata; donde pudiera sentir el perfume de los océanos templados del mediodía; y luego, bajo una tienda, a la sombra de algún áloe de largas hojas, soñar que estaba con una mujer de piel morena de mirada ardiente, para que lo rodeara con sus brazos y le hablara en la lengua de los huríes», mientras Rimski-Kórsakov componía varias óperas rusas tomadas del folclor ruso allá en San Petersburgo.

Llegó a soñar con las historias de Las mil y una noches que leía en la versión francesa de Galland y como Rimski-Kórsakov había sido primero marinero y luego compositor, director —no tan bueno—, maestro en el conservatorio de San Petersburgo con alumnos como Stravinski, por ejemplo, había trabajado con Bordin y Mussorgski, y fueron ellos los que representaron la música rusa de finales de ese siglo XIX. Fue contemporáneo de los grandes escritores rusos como Tolstoi, Dostoyevski y Chekhov, nada menos.

Pero el exotismo de las historias de Schahrasad (o Scheherazada), y la manera como salva su vida, contando sus mil cuentos de amor, tragedias, comedias, poemas, parodias y leyendas musulmanas de las que no podemos olvidar Aladino y la lámpara maravillosa, Simbad el marino o Alí Babá y los cuarenta ladrones que agregó Galland después de haberlas escuchado del cuentero Alepo de Siria.

Es una de las obras más conocidas del compositor ruso, pues transforma sus recuerdos del mar y las aventuras de los marinos en una Suite Sinfónica dividida en cuatro movimientos: El Mar y el barco de Simbad, ese marino que viajó siete veces y en cada ocasión resultaba más emocionante; luego viene La historia del príncipe Kalendar y las historias de El joven príncipe y la joven princesa para concluir con el Festival en Bagdad, el mar y un barco que encalla en un acantilado superado por el guerrero de bronce. Es una fantasía musical de altos vuelos y es el estereotipo de la música fantástica rusa donde logra personificar a la sensual Schahrasiad en el solo de violín, acompañada a por el arpa y la orquesta.

Rimski-Kórsakov es el creador de la orquesta moderna, y fue el mago de las sonoridades y un experto en la estructura musical —que era lo que más le importaba—, un especie de arquitecto de las melodías que las convertía en dramas psicológicos musicales. El compositor se hizo su paraíso terrenal donde se encerró para, desde allí, traducir sus fantasías en imágenes musicales.

Amante de la historia rusa, dejó un tesoro compuesto por un buen acervo de obras sinfónicas, y el muy conocido Capricho Español —un modelo a seguir— que todavía las podemos chiflar, como sucede con la suite de Shahrasiad que evoca tantas imágenes de la Arabia exótica que por eso nos fascina y el la audiencia se deja llevar por las impresiones de una narrativa oriental, con todo y sus cuentos de las mil maravillas.

De algo sirve leer —pensamos, después de escuchar esta Suite de Rimski-Kórsakov— y nos imaginamos perfecto cómo fue que esta bella mujer —que había leído miles de libros— pudo contarle a su marido, el rey Schahriar, cuentos durante mil noches y una noches, evitando morir como estaba amenazada. Cuando terminó su primer cuento, el rey pensó:

— Por Alá que no la mataré hasta no oír el final de este cuento —y por eso Schahrasad siguió viva y Rimsky-Kórsakov la interpretó cortando el hilo de sus encantadoras palabras cuando veía cómo se tendía por el cielo los mantos de la Aurora.

A los dos años y nueve meses Schahrasad le mostró al sultán a sus tres hijos —concebidos entre cuento y cuento: uno, caminaba, el otro lo hacía en andandera y, el tercero, era de pecho.

—¡Ye Schahrasad, por Alá, que ya te había perdonado la vida... —y dicen que Nikolái Rimski-Kórsakov escuchó la última de estas historias antes de morir en Lyubenski la noche del 21 de junio de 1908, mientras se espantaba a los moscardones y su vuelo atarantador y sonreía frente a su propio dolor con esa melodía paradisíaca de la Schahrasad, viendo más intenso el rojo de los tapices, cuando el sonido de la orquesta se hacía más agudo.