Del Toro embiste con Hellboy II

El Financiero, lunes 28 de julio, 2008.
Hellboy, Hancock y Batman para el verano

No cabe duda que los distribuidores y productores de películas tienen calculado a la perfección el perfil de sus clientes durante el verano: niños y jóvenes de vacaciones —con todo el tiempo del mundo para ir al cine— para poder surtirles con largometrajes que imaginan satisfacen a este perfil de consumidor.

Tal vez por eso vino Guillermo del Toro a colocar la puntilla entre los cuernos de esa bestia diabólica como la que embiste en su segunda versión de Hellboy II y el ejército dorado y competir durante esta temporada con un genial Batman el caballero de la noche o un malhumorado Hancock para repartirse ese pastel entre los tres.

Del Toro está hecho una estrella desde que por su talento logró colarse a las ligas mayores y vino a paserse un instante por entre los pasillos de las salas de cine del centro cultural Antara, junto la guapa Liz Sherman (Selma Blair), la compañera del más feo de la película, «el rojo» Hellboy (Ron Perlman) —actor de Guillermo del Toro desde que hizo Cronos en 1993— , con su rostro y quijada cuadrada y con Abe Sapien un especie de anfibio, actuado por el larguirucho Doug Jones que intentan «salvar el mundo» de su destrucción total.

El director se paró frente a la pantalla para hablarnos —con su lenguaje florido, con el que acostumbra pour épater le bourgeois—, sabiendo cómo se actua dentro de estas ligas, donde el show-must-go-on, y por eso le explicó al público invitado a la Premier, que estaba satisfecho con lo que había logrado en esta segunda película de su superhéroe, donde había podido filtrar varias de sus obsesiones en esos mundos de seres fantásticos y oscuros, como los que se había construido en su cabeza desde la infancia, dedicada a plenitud a llenarla con imágenes de los comics —de los que sigue siendo un apasionado coleccionista— como fue Mike Mignola, autor de Hellboy, el superhéroe, en donde ha podido integrar a otros de sus recuerdos, como son las películas de Ali Babá y los cuarenta ladrones o algunas de las escenas clásicas de la Guerra de las Galaxias, pasando por las películas —¿mudas?— donde el horror del monstruo —incluyendo al gorila de gorilas, como fue King Kong— ataca Nueva York.

Por eso, armando con un especie de «collage nostálgico» nos lleva desde los momentos de la infancia del niño rojo, hasta su vida como un adulto cualquiera que, a pesar de tener unos poderes sobrehumanos, es más humano que el vendedor de seguros de algún pueblo de Texas; es un común y corriente como puede es una familia de clase media-media, con sus conflictos matrimoniales, las parejas que se gritan todo el día porque deja los platos sucios o por el desorden en su casa, pasando por esos momentos de orgullo o de ternura cuando se entera que su mujer está esperando un bebé —que resulta son dos. Es una pareja trabaja con un especie de departamento de «paramentales», parte del gobierno estadounidense.

Lo que nos ofrece es pura acción desde que empieza hasta que termina y una serie de luchas intestinas entre el gran controlador del mundo que pretende echar a andar al ejército dorado, indestructible, pasando por todos los monstruos que se le pudo ocurrir a del Toro, como es el pulpo «dador y destructor de vida» que hace un despliegue de su maldad destructiva, sin razón alguna, y cuando muere deja a su alrededor el origen de la vida, el polen que tanto requiere este mundo. La acción por la acción misma para tarados mentales.

Si no fuera por dos o tres escenas de humor, podría haber resultado un bodrio agotador entre las luchas orientales, las artes marciales sofisticadas, pasando por los occidentales golpes secos que ofrece este vaquero paramental, para acabar en el suelo pero que puede resistir casi todo, excepto la separación de su mujer, por lo que se pone a beber sus buenos paquetes de cerveza Tecate, con su amigo el anfibio asexual que, a su vez, parece que se ha enamorado de Nuala, la hermana gemela del mal encarnado príncipe Nuada, que desea dominar el mundo en contra de los deseos de su padre, y los dos terminan llorando —tal vez su nostalgia por las películas anacrónicas de Pedro Infante—escuchando una canción romántica, suspirando porque regrese pronto su mujer, que es la única que le da sentido a su roja vida.

Los efectos especiales abundan y la anarquía entre los géneros domina en este film como es el bar de los elfos, como el que había —más congruente— en la Guerra de las Galaxias y así, llegamos a conocer a los soldados del ejército dorado, robots casi indestructibles, unas esferas doradas que se abren y crecen como gigantes para pelear contra de quien se les ordene que se auto-reparan para ser, prácticamente, el peor de los ejércitos que alguien puede enfrentar, aunque pueden ser destruidos, hasta que uno despierta de esta pesadilla.