martes, 29 de julio de 2008

Estigma de la IP

El Informador, martes 29 de julio, 2008.

Las preguntas hechas en el intento de referéndum capitalino sobre si estamos de acuerdo que en la explotación, transporte, distribución, almacenamiento y refinación de los hidrocarburos puedan participar las empresas privadas, creemos que son unas preguntas amañadas, dirigidas por unas personas con una mentalidad anacrónica que adopta el nacionalismo fundamentalista que impide progresar.

La pregunta no hace sino reforzar las ideas del siglo pasado y, por supuesto, vienen de un PRD con una mentalidad parecida a la que se tenía en ese siglo, sin que haya manera alguna para que entiendan cuáles son los retos que hay que vencer en este siglo XXI que clama por líderes que manejen el mundo de las alternativas y las posibilidades, basado en la esperanza y en las aspiraciones reales de la gente, así como en la innovación de estrategias, en lugar de ser una réplica de los patrones que representan al pragmatismo constreñido.

Desean nacionalizar todo y meternos en esa camisa de fuerza que aprieta como lo hace la burocracia. Una camisa que promueve la corrupción —sindical, gubernamental o privada— y un sistema económico como el que había hasta que se quebraron los muros de la URSS en Berlín.

La revolución de 1910 satanizó a los hacendados, a la dictadura y de pasada, arrasó con la inversión extranjera y la iniciativa privada, para dedicarse a repartir las tierras, nacionalizar el petróleo —por ser parte de la soberanía— y crear al Frankenstein, cabeza de la nueva familia revolucionaria —PRI— para dedicarse en una nueva dictadura de partido a administrar los recursos por más de setenta años, insistiendo en los beneficios del nacionalismo —«ese que sólo es un provocador de guerras», como decía Chaplin— aplicando los conceptos de la soberanía a su antojo, manteniendo su actitud paternalistas —y el voto corporativo— para poder llegar a meterse hasta en la sopa de la banca.

Con el acarreo de algunos votantes —la burocracia capitalina—, la instalación caprichosa de algunas casillas, una tinta indeleble que se borraba y, para que no digan, unos regalitos a cambio de su voto, fue lo que caracterizó este pasado domingo popular de escasa asistencia en las urnas.

El poder basado en el nacionalismo dominó un siglo y ha impuesto su sello en las clases bajas, acusando a la iniciativa y a la propiedad privada como si fueran al mismo diablo, causantes de la explotación y del enriquecimiento individual, sin importar cómo es que se logra.

Tres generaciones bajo la sombra de estos principios revolucionarios han hecho más difícil, aunque no imposible, quitarse esas ideas anacrónicas para tener una actitud diferente a la de esos viejos solapados nacionalistas que siguen explotando y satanizando la inversión e iniciativa privada, nacional o extranjera, como si fueran los «chupa cabras» que se beben nuestra sangre.

Por eso nos ha costado trabajo reconocer que, con nuestra iniciativa —privada— podremos mejorar nuestra condición y, si juegan lo más legalito que se pueda, podrán tener en esta vida un nivel mejor.