La escafandra y la mariposa

El Financiero, lunes 14 de julio, 2008.
Personificamos al paciente y, luego, la catarsis

Esta película es la demostración de la catarsis existe y sirve para algo. La escafandra y la mariposa es fuerte y está bien desarrollada, sin chantaje, ni nada por el estilo, de tal manera que el impacto es brutal. Por eso nos quedamos dándole de vueltas por la noche sólo para esbozar una sonrisa a la mañana siguiente cuando nos estiramos delicioso, cuando sabemos que durante la noche nos dimos la vuelta para dormir de un lado o del otro; cuando nos levantamos y pudimos asomarnos por la ventana, sin que importarnos nada si está o no lloviendo, para ver si el Popocatépetl se deja ver con todo y sus fumarolas antes de bajar a prepararnos un café delicioso y platicar de cualquier cosa con nuestra mujer. Es decir, felices de saber que estamos vivos y nuestras miserias cotidianas ya no tiene la menor importancia. Catarsis pura.

Agradecido por esta red espontánea de amigos-con-los-mismos-gustos que la recomendaron: Norma Mereles, Mónica Verea, Ana Corcuera y Juan Palomar a quien además leí lo que escribió en una de sus notas del Diario de un espectador cuando dice que «La escafandra y la mariposa es el título original de una película de Julian Schnabel ... La escuela Sheridan de traducciones de títulos de películas —en su vertiente más cursi— la bautizó como El llanto de las mariposas. Bien vale la pena verla. Si a uno le cuentan el tema suena plúmbea y deprimente: no lo es. La cinematografía es excelente, en una mezcla de homenajes a la «Nouvelle Vague», a la estética del video-clip y a lo experimental. El soundtrack es sobresaliente. (Tom Waits, otra vez...) El tripulante de la escafandra imagina, rememora, cuenta historias: la emperatriz Eugenia de Montijo —encore— comparece, los hijos que crecen, el padre que se apaga lentamente, las mujeres que van y vienen —sobre todo que van—, las tiendas de Lourdes en donde un milagro espera en vano, el campo de Francia en su esplendor y el relámpago de la muerte que no cesa, como el aleteo de la vida».

Cuando inicia, la fotografía nos hace sentirnos como el paciente —todo lo observamos desde su punto de vista— y sólo vemos lo que él puede observar: el rostro del doctor o el de las bellas enfermeras o el de Céline, la esposa de la que se ha separado (Emmanuelle Seigner), después el de la escribana Claude (Anne Consigny) que toma su dictado mientras ella deletrea, él cierra una vez (sí) el único ojo con el que se asoma a este mundo, para escribir una letra tras otra, para formar una palabra, después la oración y los párrafos de la historia que es la misma que estamos viendo.

Caminamos por la tensa cuerda de su existencia que se ha extrapolado: es como una planta, completamente inmovilizados y sólo podemos pensar —recordar, sobre todo recordar, cuando extrañamente éramos otras personas— y ver con ese ojo, a la gente de cerca pues se tienen que colocar a nuestra altura; también podemos otear el paisaje si nos sacan en la silla de ruedas a la terraza del hospital donde, a veces, aparece la emperatriz (Mari-Jossé Croze) con quien soñamos levantarnos para besarla en la boca.

El resto de nuestro cuerpo no se mueve por más que intentan las especialistas o los terapeutas con humor y profesionalismo. Estamos conectados con unos tubos pero soñamos comer ostras en aquel restaurante que nos encantaba. No servimos para nada, excepto para guiñar el ojo, oír lo que dicen, entenderlo y recordar, sí, recordar cuando éramos otros.

Estamos vivos y, por momentos, se nos antoja besar a esa mujer y cuando con ese mismo ojo vemos, en la playa, la entrepierna de Céline pues su vestido papaloteaba con el viento. El deseo, sí, como un sueño que se hace presente. El deseo que es como el piloto de la estufa de la vida y que cuando se apague, se va la luz y el calor que nos sostiene.

En esos límites de existencia, Jean-Do dicta su estado de ánimo, sus percepciones —como lo hizo en la vida real Jean-Dominique Bauby— y que ahora Ronald Harwood (1934-), el guionista sudafricano que hizo el guión de El Amor en los tiempos del cólera, tomó esa novela para convertirla en cine.

¿Qué tanto somos ese buzo encerrados en la escafandra que nos inmoviliza? ¿Qué tanto deseamos ser como la mariposa? ¿Es la escafandra ese espacio cerrado de nuestra oficina o la casa o la ciudad o nosotros mismos reducidos a un espacio mínimo?

Nos conmueve la ternura paternal y por un lado a su padre, el genial Max von Sidow (1929-), quien vuelve a mostrar su calidad como actor en dos cortas escenas (como Judi Dench cuando actuó como la reina Isabel I), y por otra, a su hijo Theophile, sollozando a un lado, sólo por un momento.

Por la belleza que lo rodea, por la honestidad con la que se desarrolla y por hacernos redescubrir la maravilla que es estar vivos y coleando — catarsis el de Las troyanas—, por todo esto, como dice Juan, «bien vale la pena verla».