Ricardo III, un sueño y Erando González, su estrella

El Financiero, lunes 7 de julio, 2008.
Monstruo, villano, ingenioso, cínico y desalmado

«¡Yo, que no he nacido para esta clase de esparcimiento, ni para cortejar a un enamorado espejo; yo, a cuyo rudo temple le falta la gracia de un amante para pavonearme ante una ninfa de libertina desenvoltura; yo, que soy corto de genio a quien la Naturaleza ha desprovisto de toda belleza; yo, deforme, incompleto, nacido antes de tiempo entre el mundo que se agita, a medias terminado; yo, que soy tan imperfecto, tan poco a la moda, que los perros me ladran al pasar, mi único placer, en esta débil época de paz y de lloriqueos como las gaitas escocesas, es espiar mi sombra al sol y comentar mi propia inutilidad».

Así empieza diciendo Erando González como el solitario Ricardo III de una obra que ha trabajado durante años y que ahora la podemos disfrutar durante el mes de julio y parte de agosto. Es un trabajo, en verdad, fuera de serie. Se trata de Ricardo III (Un sueño), basado en el Ricardo III (1592) de Shakespeare, puesta en el escenario del Teatro Orientación del Centro Cultural del Bosque los lunes y los martes a las 20:00 horas, escenario en donde han colocado las 36 butacas para que el público experimente lo que es el teatro íntimo o el teatro de cámara. Con esta puesta en escena, Erando le cumple a Ludwik Margules el reto que un día le hizo, hace años, cuando estaba en uno de sus talleres.

Ricardo III, como personaje de la obra original tiene 1,151 líneas (el 32% de la obra) y Erando González ha tomado las mejores, casi todas, para mostrarnos a este villano, a este ingenioso cínico y en esa actuación solitaria ofrecernos una obra de arte calientita. Cuando es necesario, desdobla su personalidad y, por ejemplo, cita al hermano Clearence —encerrado por el villano en la torre de Londres y listo para ser degollado— dirigiéndose a una roja manzana; Lady Anne, la viuda de Eduardo, el hijo único del rey Enrique VII a quien también había matado hacía poco Ricardo, es un velo oscuro; Lady Grey, la reina y esposa de su hermano Eduardo IV, es un perfumero, ¡puf!, ¡puf! y los fantasmas que se le aparecen la noche anterior a la batalla en Bosworth, son un auto-video en tiempo real.

Y el monstruo nos resulta, dentro de su crueldad y con su cinismo, ciertamente encantador —¿podríamos decirlo así?— tal vez, pues resulta que es un desalmado que comparte con nosotros todo lo que piensa y nada de esto le dice a su gente, por esto nos engancha y, desde el primer momento, somos sus cómplices.

Ricardo III es uno de los más grandes personaje shakespearianos y es uno que produce sentimientos encontrados que nos hace ir de la villanía a la comedia oscura, sí, pero una en la que no podemos menos que esbozar una sonrisa o reír abiertamente como si nos descubrieran lo que estamos deseando; sabemos quién es, qué pretende hacer y cuáles son sus defectos. Nos dice que hasta lo perros lo mean cada vez que lo encuentran. Sí, sabemos todo esto desde la primera escena, cuando en un aparte nos dice:

«Ahora que han desaparecido las huellas profundas del espantable rostro que la guerra ha grabado en sus frentes, en lugar de armar a los caballos para espantar el ánimo de los aterrados adversarios, ahora hacen cabriolas en una habitación femenina, entregándose al placer de una lucha lujuriosa» y con este monólogo inicia Erando González en una serie de transformaciones que van desde el gesto y el guiño, hasta la furia asesina, para realizar lo que nos ha dicho que iba a hacer, sin temor alguno.

Vamos con la obra: primero el asesinato de Clearence y Erando le dice, después de abrazarlo, que irá a ver al rey para aclarar todo. En realidad nos dice a nosotros que sí, que ira «para exacerbar su odio en contra Clarence».

Por ahí disfrutamos de esa conquista —nunca hasta ahora vista— de una mujer con la que se casará, aunque había sido quien mató a su esposo y a su suegro, Enrique VI «y eso haré, no porque la ame, sino por otro fin íntimo que deseo alcanzar mediante este matrimonio».

Y así, Erando-Ricardo González se exalta y luego está por un momento sosiego hasta esbozar la siguiente perversión. Ningún personaje de Shakespeare tiene una comunicación con su público como Ricardo III: «¿quién ha podido alguna vez en su vida conquistar a una mujer bajo estas circunstancias?» Nadie, nos decimos, sólo él, ¡mataor!

Barre toda la obra con la versión poética en español hecha por Erando con mucho sentido de la puesta en escena y tal como se le prometió a Margules, ha cumplido y nos lo pone en bandeja una actuación espléndida —de hora y veinte minutos—, mientras sigue el guión a zancadas y recorre los pasillos del poder, aceptando la corona a «regañadientes», mientras manda matar a los jóvenes príncipes que le estorban un poco hasta el final de su vida, cuando ofrece «¡un caballo por mi reino!» y se oscurezca el escenario.

«¿Y no se despertó con su agonía?», le preguntaron a Clarence en la torre de Londres, no, tal vez fue un sueño como el que Erando González nos presenta.