Dos pasos p’atrás

El Informador, martes 26 de agosto, 2008.

En un análisis preciso del presidente Chávez de Venezuela, nos explican de qué manera este hombre continúa promocionando su liderazgo con los recursos del petróleo de esa nación, intentando integrar a varios países de la región con pretensiones geopolíticas y antinorteamericanas, basada en las ideas antiimperialistas de Fidel Castro —quien es su modelo a seguir— empezando a interferir con los intereses de algunas naciones, como es Uruguay, que está solicitando un mayor respeto en su relación con los Estados Unidos de Norteamérica.

Chávez impulsa con dinero —como con el que baila el perro— sus pretensiones políticas, estructurando lo que se podría llamar el «eje Castro-Chávez», con los países cuyas finanzas están comprometidas o requieren de un fuerte apoyo energético para su desarrollo. Demuestra su preocupación —interesada— por los problemas de la estabilidad política de esos gobernantes, sobre los que fundamenta su estrategia de integración, como lo ha hecho en Bolivia y, de otra manera en Brasil.

Ahora nacionalizado el cemento y a Cemex le ha tocado pagar el pato. El hecho, anacrónico y regresivo en términos de las economías del siglo XXI, es el principio de una declaración de guerra y su deseo de aislamiento con México, y con el resto de países que saben que la vocación del gobierno debe limitarse al gobierno de la educación, salud, justicia y vivienda y no a ser un industrial del cemento o del vidrio o del acero, sino ser quien vigile que la economía se desarrolle a favor del progreso y de la sociedad y no dedicarse —como la fracasada URSS del siglo pasado— a controlar las industrias, tan alejadas a la vocación de un gobierno que se dice democrático.

El problema se complica cuando sabemos que ha roto los acuerdos «antinarcóticos» con el gobierno norteamericano vulnerando la delicada estrategia de la seguridad nacional que han adoptado en los EUA, abriendo la posibilidad de que Venezuela se convierta en la vía segura de tránsito para los comerciantes de droga, a través de la selva —vigiladas por la FARC—, como se constató después de la toma y destrucción de una base en Ecuador, cuando quedó al descubierto el encubrimiento de ese país —y de Chávez en particular— de unas transacciones millonarias, asumidas por el gobierno de este neo-dictador.

Ahora serán las cortes internacionales las que decidan si la indemnización por los $650 millones de dólares es o no la correcta, pero, con este acto autoritario, más bien parece que da dos pasos «p’atrás», sin que haya uno «p’delante», pues es un acto realizado por un rico petrolero que se perfila como el dictador de una democracia que ha caído en las manos de un ambicioso exmilitar, que pretende ser el «Salvador» de esos países con economías gastadas, como Nicaragua con su presidente Daniel Ortega —violador que le gana por mucho, según Vargas Llosa, a nuestro «gober-precisoso»— o en Bolivia con un Evo Morales enredado hasta las cachas con la población criolla y comprometido con los productores de coca.