La desesperanza

El Informador, martes 12 de agosto, 2008.

Es imposible evadir el tema de los secuestros recientes y del sadismo implícito, así como es imposible dejar de sentir la impotencia y la desesperanza que se produce en la sociedad cuando entramos a estas etapas con tal desánimo y coraje, donde creemos caminar con una pesadez desesperante, como si fuera «la negra noche del alma» y haya desaparecido la poca luz que nos permita tener la esperanza de que un día se podrán resolver estos problemas que enfrentamos ahora.

El estado de ánimo es el mismo que en la versión de Batman, el caballero de la noche, donde la corrupción se ha infiltrado hasta los huesos mismos del cuerpo de la policía —como un cáncer que se propaga hasta la destrucción—, en donde es imposible acabar con una red de hombres amorales y sin valores, mercenarios que castigan, sin que les tiemble la mano —como al Guasón del mal por el mal mismo o como Yago en Otelo, el moro de Venecia— y que ahora vemos cómo deambulan por las pesadas y aterradoras noches de esta otra ciudad, hermanada con la Gótica.

El sadismo es el impulso y la extrema voluntad de dañar a los otros o, como dice Lersch, es «la voluntad de poder que descubre en su crueldad la última posibilidad de acción, cuando no puede demostrar su superioridad por otros caminos». Se trata, pues de hacer sufrir a las víctimas con esa maldad que sólo estos neuróticos inhibidos la ejercen por unos cuantos pesos, extorsionando a quien se le ponga por enfrente, para hacer daño con sadismo como fue en su momento el «mocha-orejas».

El desasosiego ha llegado a un nivel como hacía tiempo que no se sentía, como si fuese una nueva oleada que se repite en el tiempo. Desde hace años, los secuestradores actuaban por razones políticas, buscando financiar «su revolución». Así fue en los sesenta y setentas —antes, en y después de las olimpíadas en México—, hasta que llegó un especie de tsunami en el 94 y secuestraron a Alfredo Harp Helú de Banamex, en medio de otros asesinatos como el de Luis Donaldo Colosio, candidato del PRI a la presidencia y la secuela de políticos que estaban enterados de los gallos que recibían dinero del narcotráfico o lavaban dinero o se enriquecían con el tráfico de influencias. Para 1995, además de la crisis de diciembre, volvíamos a perder toda esperanza.

No es novedad que vuelva la marea alta por la guerra que ataca de frente a los productores, vendedores y distribuidores de drogas que desean el caos para poder moverse, protegidos por este tipo de distracciones y movilizaciones provocadas por la crisis en la sociedad.

La negra nube anuncia la tempestad y el panorama se oscurece, los ánimos se exasperan y vemos cómo la esperanza se va tras lomita, sin que nos proteja más con su brisa refrescante y llena de vida —no de muerte— entre la impunidad y las dificultades para atrapar a esos sádicos desalmados.