La desesperación

El Informador, jueves 16 de octubre, 2008.

La desesperación es un estado de ánimo que tiene que ver con la sensación de perder la esperanza y que asociamos con el coraje que nos da el no poder hacer nada para lograr lo que se necesita a tiempo, es decir, experimentamos el desánimo que se produce cuando no podemos hacer algo para que las cosas sucedan y, por eso, nos alteramos al considerar los males irremediables que nos acosan, sin que podamos lograr lo que deseamos o lo que se necesita.

Resulta que la democracia imperfecta, como la que tenemos en México, no ha permitido que el Legislativo resuelva, por el bien del país, varios asuntos que ya deberían de haberse decidido a tiempo, como es la reforma energética —que amenazan con que ya viene, como pasaba con el lobo feroz— y, ni hablar de las reformas laborales que no se han atrevido a mencionarlas, para no abrir otro frente más en esta batalla contra el subdesarrollo.

Pero, si queremos seguir jugando este juego de la globalización —aunque hay fuerzas políticas que intentan una regresión brutal— el Legislativo debe de asumir su responsabilidad y actuar oportunamente, para no crear aún más desesperanza.

Hay que conocer la transición que hicieron en España desde la muerte de Carrero Blanco, hasta las primeras elecciones democráticas y, luego, la manera que negociaron los pactos entre el franquismo y la oposición. Hay quien opina —como Ferrán Gallego—, que se trata de un mito y hay otros que opinan —como es Ignacio Gómez de Liaño— que es un ejemplo político mundial. Después de treinta años, vemos, asombrados, cómo se encuentra —con todo y deficiencias— la economía y la práctica democracia en España. Los cambios que realizaron fueron hechos a profundidad y en paz, con lo que lograron ofrecerle a la sociedad oportunidades claras de progreso. Pero, en México, parece que tenemos ese espíritu egoísta, desesperanzador, donde somos incapaces de aceptar que el partido en el poder pueda tener éxito alguno.

Por un lado, los partidos de la oposición tratan de aprovechar cualquier decisión para lucirse y que se sepa que gracias a ellos se ha rescatado al país, negando cualquier reforma razonable, con tal de que, el partido en el poder, no asuma el éxito. Otros más radicales, como el PRD —que ha perdido fuerza frente al PRI, como se demostró en las votaciones recientes en Guerrero— sigue sin reconocer al Gobierno Federal desde el 2006, en donde creo que son ellos los que resultan los más perjudicados, pues aquello de «divide y vencerás» ha funcionado, paradójicamente, en su propio partido, dividiendo a la izquierda que no ha podido montarse sobre el lomo de la realidad del siglo XXI.

Por eso, si comparamos los logros de España, cercana a nuestra historia, sufrimos de la desesperanza, impotentes de ver cómo navega este barco sin lograr su destino y sin que podamos acercarnos a nuestro puerto en donde podemos ofrecerle a la sociedad igualdad de oportunidades para progresar.