Obra íntima, llena de luz y color de Claudia Casillas

El Financiero, lunes 20 de octubre, 2008.
Exposición de su obra de pequeño formato, como música de cámara

Desde que Claudia Casillas Fernández del Valle era pequeña, disfrutaba mucho ponerse a pintar, tal como lo acostumbraban hacer en la escuela Kairos, una escuela activa y experimental de los años setenta, que se creo gracias a una especie de mística en la educación abierta y activa, como le decían, respaldada con una serie de teorías psicoanalíticas freudianas, en donde los niños recibían una atención especial y dedicaban un buen tiempo a expresarse, entre otras cosas, a través de la pintura.

Se sentaban en sus bancas, solos o en grupo y, mientras la maestra —Cristina Payán o Lorenza Fdz. del Valle—, les contaban alguna historia entretenida, los niños, con sus hojas de papel, embarraban de colores y hacían figuras o trazos libres en abstracto, como les saliera del alma, con esa inocencia y esa creatividad que tiene cuando se sabe que son muy felices.

Desde entonces, supe que Claudia sería alguna vez en su vida una artista y, tal como resultó, una pintora profesional. Tenía un no sé qué armónico con los colores y las formas como resultado de sus ejercicios infantiles —o tal vez sería el amor lo que nos hacía ver las cosas de una manera diferente—, no lo se, pero hace siete años que decidió irse a vivir a San Miguel Allende, en ese bello y amable pueblo que, por cierto, logró este año su registro en el catálogo de la UNESCO declarado como Patrimonio de la Humanidad.

Bueno, pues se fue a San Miguel para dedicarse de tiempo completo a pintar. Entre otras cosas, en San Miguel existe una gran actividad artística dentro del mundo de las artes plásticas: hay varios pintores —ellas y ellos— que viven, trabajan y exponen en San Miguel, además de que resulta ser una ciudad con una luz especial, bajo un cielo claro, importante me imagino para los pintores, además de que puede uno vivir en lo que le llama «una escala humana».

Desde que llegó a San Miguel se ha dedicado a pintar y ha hecho varias exposiciones en San Miguel, como en Querétaro y Guadalajara. Ahora tiene la oportunidad de exponer su obra más reciente en el Taller de Luis Barragán (Gral. Francisco Ramírez 17) —taller del arquitecto premio Pritzker en 1980— con una serie de cuadros que, en verdad, son de una belleza única y de formato pequeño que, a primera vista, parece ser un paisaje, sí, un especie de paisaje, pero del universo que está conformado por lo íntimo, un paisaje, con todo y su horizonte en donde hay fuerzas que se mueven, colores que nos señalan —o que nos permite imaginar— las fronteras que van entre los sentimientos, entre aquello que asociamos con el amarillo, lleno de vida o con el dorado, como es el color del trigo cuando madura. De pronto, como si algo nos recordara la primavera de la vida, con unos pequeños trazos rojos, nos señala dónde estaban escondidas unas pequeñas flores que salen de la nada que ondean por el espacio.

Sobre este paisaje y, para complementarlo, encontramos un cielo, que nace de la línea del horizonte y que tienen su propia historia: ahí están las nubes, jirones de blanco que rasgan la tela, cubiertas de los grises, unos menos amenazadores que los otros, como si se confabularan antes de la tormenta.

En ese pequeño espacio, en estas obras casi perfectas, creo que si fuesen piezas musicales, serían de una orquesta de cámara, un cuarteto espacial, en ese formato que nos dan ganas de tenerlos cerca, en la intimidad, como si fuese una confesión entre dos, como puede ser entre las propuestas que nos hace la artista y nuestros propios deseos que, a veces, los vemos reflejados en esa coloratura, en ese trazo sencillo pero contundente, en esas franjas que tratan de limitar el espacio, como si fuesen las fuerzas que se remueven en nuestro interior y que nos va conformando algo que tiene que ver con el amor y con la esperanza.

Pequeñas rasgaduras por ahí, como si jugara a tener una ventana en medio del espacio —como una pieza que ya adquirí para mi estudio—, donde se antoja abrir la ventana y asomarme a ver al majestoso volcán con su corona nevada. Pero Claudia sólo sugiere, en algunos de estos cuadros, esa posibilidad y al sugerirla nos permite jugar, como si pudiera uno olvidarse de esos días nublados y pudiera uno dejar el gris para encontrar el azul de nuestros recuerdos, el azul más marino que hayamos visto algún día en esos paisajes que nos sorprenden por el Bajío por la cantidad de luz que nos hace ver mejor o por primera vez lo que está a nuestro alrededor.

Ahora va a mostrar su trabajo en la ciudad de México, en el Taller de Luis Barragán y como siempre que sucede en las «exposiciones», la artista abre su alma para que los visitantes puedan ver en detalle su trabajo y, al hacerlo, se vean reflejados en esas obras entre estos paisajes sencillos, luminosos y llenos de color con los que Claudia nos hace partícipes de su obra más reciente y de su oficio en su plenitud.