domingo, 12 de octubre de 2008

Pablo Sarasate, un virtuoso del violín

Día Siete, no. 426, domingo 12 de octubre, 2008.

Hemos escuchado miles de veces la música de Pablo de Sarasate sin saber que era de él: la Fantasía de Carmen, la tarareamos en el coche, pensando que era mozuela, como si fuese una nueva versión de la ópera de Bizet, más accesible que la misma habanera, mientras tarareamos que «el amor es como un pájaro que vuela»; no se diga cuando escuchamos el Zapateado y casi lo bailamos acordándonos de la esencia de España o cuando escuchamos los Aires gitanos, esos que interpretan cada vez que vemos en la pantalla —chica o grande— a una orquestas de húngaros, con un violín que toca mientras cenamos «románticamente» bajo la luz de la Luna. O su Tarantella, que nos hace llorar, como lo hacían en el siglo XI, cuando la escuchaban en la sala de conciertos, sí, hemos oído mil veces esta música pero hasta ahora, no sabíamos que era de Pablo de Sarasate (1844-1908), un virtuoso del violín. además de ser el amo y señor de estas composiciones.

Por eso nos da gusto saber que este año Pamplona está de fiesta y que no se trata de las famosas «pamplonadas», sino de rendirle un homenaje a uno de sus artistas, al violinista Pablo Sarasate, quien fuera un virtuoso del violín y el compositor de varias piezas con un sello más español que los negros toros que recorren las calles de Pamplona cuando los sueltan.

Ahí fue donde nació y por eso recordé El Balcón vacío de Jomí García Ascot y de María Luisa Elío, donde ella vivió antes de venir a refugiarse en México durante la Guerra Civil. Ella recuerda su infancia, esa fuga de Pamplona, a la edad de siete años, que trastocó su vida... abandonando su niñez para ir primero a la dulce Francia antes del exilio en México y regresar treinta años después, para ver su ciudad natal «como quien ve un álbum de viejas fotos».

Todo este año el cielo de Pamplona vuelve a brillar y tendrá gran actividad alrededor del centenario de la muerte de Sarasate, entre otras cosas, con una exposición de esculturas en el Paseo que lleva su nombre; la reedición de sus memorias publicadas por Julio Altadil en 1909, junto con un álbum como el que los artistas españoles residentes en Roma le obsequiaron a Sarasate en 1882.

No sólo esto, también le publicarán el disco-libro El violín de Sarasate, como parte de la colección Los Paisajes Musicales, en donde relacionan a los músicos relevantes con sus ciudades de origen con textos de Fernando Palacios y la grabación a cargo de la Orquesta Sinfónica de Navarra con la violinista alemana Yuki Manuela Janke, ganadora del IX Concurso Internacional de Violín Pablo Sarasate, además, de otros conciertos que preparan.

De fiesta pues, está Pamplona para celebrar a este virtuoso que nació en la calle San Nicolás en el año de 1844 y que murió en su residencia de Biarritz, en «La Villa Navarra», en septiembre de 1908, justo hace 100 años.

Sarasate fue un virtuoso del violín, concertista y compositor, hijo y nieto de navarros, que vivió en Pamplona los dos primeros años de su vida, antes de irse a vivir a París donde estudió música en el Conservatorio, pero siempre mantuvo una liga emocional con su ciudad natal a la que fue varias veces durante cuatro décadas para ofrecer conciertos y, no podía faltar, pasar con sus paisanos las fiestas de San Fermín. Dicen sus biógrafos que tuvo dos pasiones: la música y Pamplona. Viajó con sus dos stradivarius por toda Europa, Rusia y América. Llenaba los teatros y las salas de conciertos y, por eso, cuando se mencionaba su nombre en el siglo XIX, se sabía que era el de un artista famoso en las cortes europeas, —Napoleón III, la de la reina Victoria de Inglaterra y la reina Isabel II de España—, como en las salas de conciertos en América.

Era amante de las composiciones donde podía brillar su virtuosismo y, tal vez por eso, en sus composiciones aplicaba —dentro de un romanticismo tardío y el folclore popular—, el más puro clasicismo musical y el virtuosismo que dominaba con su instrumento. Llegó a ser un genio irrepetible.

Sarasate compuso varias obras para violín y fue la fuente de inspiración para otros compositores de su época, por ejemplo, Edouard Lalo (1832-1892) quien le compuso y le dedicó su Sinfonía española en el año de 1875 que más que sinfonía, es un concierto en cinco movimientos.

Cuando escuchamos su popular Zapateado o los aires gitanos —Zigeunerweisen, como le llamó a esta obra compuesta en 1878— sabemos que la hemos escuchado mil veces, pues hace referencia a los gitanos y no podemos dejar de pensar que con su música éstos se han convertido en un símbolo; su Navarra o la Jota de San Fermín, son algunos de los títulos más populares de este músico pamplonés del que todavía lo conseguimos versiones en CD’s, con los mejores interpretes del momento.

«Su fuerza como solista —dicen los críticos de su época— radicaba en el toque sutil que le daba a sus interpretaciones, más que el fuego temperamental, como el que caracterizó a Paganini, sin embargo, llegó a trasmitir la pasión, la flexibilidad y su natural facilidad para interpretar las obras con su propio sello como las interpretaba». Fue un virtuoso desde que nació —¡qué envidia!— y, por eso, dominó los aspectos técnicos del violín, con una facilidad natural, fuera de lo común.

Pablo Sarasate tuvo dos violines Stradivarius: uno se lo compró a J.B. Vuillaume y, el otro, a los señores Gand & Bernardel, dos joyas de ese laudero excepcional. Dicen que fue Claudio Monteverdi (1567-1643) quien descubrió las calidades sonoras del violín y desde entonces, lo usó para complementar las voces corales, por ejemplo, de su ópera Orfeo (1607). A partir de este momento, el prestigio del violín fue creciendo y, por eso, comenzaron los grandes fabricantes de violines (llamados luteros o lauderos o luthiers) por toda Italia, pero fue en Cremona donde construyeron los violines más afamados del mundo: ahí salieron los hechos por Andrea Amati y los de Giuseppe Guarneri, y, sobre todo, los de Antonio Stradivari.

El virtuoso de Sarasate tenía dos de estas joyas y tal parece que los tocaba como dios. Por eso, este año Pamplona está de fiesta y nosotros también, desde estas otras latitudes, descubriendo a este portento de violinista y compositor, un hombre poco conocido como tal y que ahora nos da gusto haber descubierto el brilló esta estrella en el cielo de Pamplona que duró desde los finales del XIX y principios del XX.

Sus obras están escritas para violinistas tanto en su digitación como por la firmeza que se requiere en el arco. Temáticamente contempla varios tipos de composiciones que recuerdan el canto y el baile de su tierra como es la Serenata andaluza, los Adioses, Mosaico de Zampa, sus Aires españoles o los ya mencionados Aires gitanos.

Era un aficionado a la ópera y llego a componer varios juegos alrededor de las que le gustaban: como muestra está su Fantasía, como la de Romeo y Julieta, basada en al ópera de Gounod; o la de Fausto; o la de Carmen, basada en la ópera de Bizet y la de Don Giovanni o la Fantasía de La flauta mágica origianles de Wolfgang Amadeus Mozart.

Que brille todo este año en México y en Pamplona este artista que nació con la habilidad y el virtuosismo de interpretar y componer música para el violín y que fue tan famoso en su tiempo, por todo el mundo.