Quémese después de leerse y el humor de los Coen

El Financiero, lunes 3 de noviembre, 2008.
Un reparto inigualable y las sorpresas del humor negro

Vuelven los hermanos Coen —por fortuna— a la pantalla grande, con una producción que incorpora a uno de los mejores repartos que puede haber para desarrollar, como a ellos les gusta, una comedia de humor negro, entre el resto de colores, en donde podemos ver la caracterización inigualable que hace John Malkovich como un agente de la CIA a quien corren por «ciertos problemas con el alcohol», como declara su compañero mormón; o a George Clooney, un agente que masca chicle y se la pasa en el «pisa y corre», como los beisbolistas; Brad Pitt, un entrenador de gimnasio que no tiene nada en la cabeza, en una actuación que no le habíamos visto antes a este galán, acompañado de Frances McDormand, obsesionada por poder hacerse una cirugía plástica compleja y por eso, es la pieza principal que arma el caos en la aparente y apacible Richmond, Virginia.

Los cambios en las condiciones originales se inician con Malkovich y luego, las dos cabezas huecas, arman tal desbarajuste, mientras se burlan y destapan la vida de esa sociedad amoral y la estupidez y burocracia como la que puede haber en alguno de los servicios secretos del mundo.

En esta reciente comedia, los Coen vuelven a poner en práctica su humor que, en este caso, llega al corazón mismo de la parodia y barre con una escala de valores que se han perdido en esa sociedad. El argumento es un poco disparatado y caótico, en el sentido de la matemática del caos, en donde ese pequeño cambio en las condiciones originales, provoca un huracán en el centro mismo de la capital de Virginia, donde se encuentran, entre otras cosas, las oficinas centrales de inteligencia de la CIA.

Es una obra divertida «al estilo Coen». Es una obra que gira alrededor del absurdo; es una obra que pretende ser seria, pero resulta más bien destartalada en donde, casi sin esfuerzo, nos ofrece una buena cantidad de escenas simples, como las que inventan que podrían suceder en la agencia de inteligencia norteamericana como es la CIA.

El agente Osbourne Cox (John Malkovich), espléndido, pelón a rape, con una anacrónica corbata de moño y una bella esposa inglesa, flemática que, por supuesto, le pone los cuernos, una vez que se queda sin chamba, se dedica a escribir sus memorias en el sótano de su casa donde pretende destapar las actividades de la agencia e implicar a ciertos personajes importantes.

Así empezamos a dar de vueltas y en una trama paralela somos testigos que todos se ponen los cuernos —aprovechando el sitio de www.encuentrapareja.com— en un circulo sin fin, en donde Geroge Clooney es el asta bandera que sólo sabe acostarse con quien se le ponga por enfrente y salir a correr, en un clásico «pisa y corre» como los que hubo en la Serie Mundial.

La inglesa desea divorciarse y le aconseja su abogado que copie de la PC de su marido los estados financieros y otros archivos «secretos» de lo que se supone ha escrito. La secretaria extravía el CD, que por azares del destino va dar a las manos de este par de tontos —entrenadores de un gimnasio— que ven la posibilidad de extorsionar al agente Cox. Por eso, Francis McDormand organiza el caos, junto con Brad Pitt, ella por el deseo obsesivo de financiar la cirugía plástica, iniciando así una carrera por las pistas del absurdo.

Joel y Ethan Coen nacieron en 1951 y 1954 respectivamente y siempre han trabajado como una sola persona. Debutaron en 1985 con su película Sangre fácil, con la que tuvieron mucho éxito hasta nuestros días. Para estas fechas tienen a un público —como el que tiene Woody Allen, a su manera— que poco a poco se ha sumando porque nos gusta el humor agrio como el que destilan los hermanos cuando juegan con sus argumentos y tramas, como lo hicieron el año pasado con una de las más violentas películas, en franca competencia con Tarantini, como fue No es país para viejos, en donde debutó Javier Bardem como actor principal y obtuvieron el Oscar al mejor guión, a la mejor dirección y a la mejor película.

Los guiones de los Coen son elaborados y sus personajes, casi siempre, muestran un cierto aspecto extravagante. El humor que manejan es negro y juega entre la violencia y las fronteras del absurdo pero siempre vemos en sus obras cómo cuidan las puestas en escena y mantienen sus gustos por lo clásico.

Cada vez que veo Where are thou Brother —ahora en TV—, no puedo menos que volver a reírme —con un George Clooney genial, expresidiario y mandilón— y cada vez la disfruto en cada uno de sus detalles, por la cantidad de absurdos —en este caso bíblicos, civiles o políticos— con los que está embarrada esta película que, cuando uno termina de verla, parece que se ha salido de una de esas terapias —que no sé si existen— intensivas de risa, sin poder olvidar los contrastes, las situaciones y las salidas todavía más geniales con las que sus protagonistas libran la vida azarosa.