Un delirio sin tregua y el deseo a flor de tierra

El Financiero, lunes 27 de octubre, 2008.
La hija de Rappaccini de Paz, dirigida por Antonio Castro

El poeta Octavio Paz sólo escribió una obra de teatro y esto lo hizo en 1956, como parte del programa en la UNAM de Poesía en voz alta, donde, el lugar de poesía, decide mejor narrarnos una historia de amor surrealista, de deseos escondidos, de soledades agazapadas, de perversiones amorosas donde escuchamos a una voz masculina lastimada por una relación amorosa que lo consume y, con todas estas imágenes, construyó, dándole ese surrealista a La hija de Rappaccini, «un delirio sin tregua, semejante al de la sed, un ¡delirio de los espejos», como dice Beatriz en la tercera escena, quien era la hija del Dr. Rappaccini que, de pronto, aislada del mundanal ruido como Miranda en La tempestad de Shakespeare, descubre al hombre y al amor.

En 1956, a iniciativa de Jaime García Terrés, director de Difusión Cultural de la UNAM, se fundó Poesía en voz alta. Se habían previsto dos programas iniciales, uno dedicado a la poesía española (selección de Juan José Arreola, escenografía de Juan Soriano) y otro de poesía surrealista (selección de Octavio Paz, escenografía de Leonora Carrington). En la primera reunión, Octavio Paz y Leonora Carrington propusieron que, en lugar de recitar poemas, se montasen obras de teatro, de preferencia en un acto, ya que se contaba con un notable grupo de actores jóvenes.

La idea se aceptó y así se transformó Poesía en voz alta en una compañía teatral. Los principales animadores fueron Juan Soriano, Octavio Paz, Héctor Mendoza y José Luis Ibáñez. La hija de Rappaccini fue escrita para el segundo programa (que incluía una pieza corta de Ionesco), y fue representada por primera vez el 30 de julio de 1956, en el Teatro del Caballito, en la ciudad de México. Director de escena: Héctor Mendoza; escenografía y vestuario, Leonora Carrington; música incidental de Joaquín Gutiérrez Heras.

«Hace meses, recibí una invitación para dirigir La hija de Rappaccini como parte de las actividades del Homenaje Nacional que se le rinde a Octavio Paz con motivo del décimo aniversario de su muerte —comentaba Antonio Castro, quien es el director de esta puesta en escena que se estrenó en el Festival Internacional Cervantino en Guanajuato, pero que vendrá a la ciudad de México— desde su estreno, hace más de 50 años, la única aventura teatral del gran poeta ha sido objeto de numerosos debates y discusiones. Sus detractores arguyen que no se trata de una pieza teatral, que sus diálogos son irrepresentables, que no hay en ella un sentido de progresión dramática. Al leer la obra, sin embargo, descubrí una extraordinaria galería de personajes que no se comportaban de modo realista, sino que parecían provenir de un mundo más arquetípico que psicológico. Lejos de Chéjov e Ibsen, algunos momentos me recordaban los amantes suicidas de Chikamatzu o las escenas alucinantes del teatro bailado de la India, donde un dios puede arrancar una montaña en un arrebato de cólera. Conforme fui releyendo el texto, se reveló un universo fascinante. La puesta en escena obliga a los participantes a leer obsesivamente una obra, día tras día, docenas de veces. Ha sido una experiencia vertiginosa. Entre los versos de este poema se asoman una infinidad de mundos: Próspero y Miranda en La Tempestad de Shakespeare o el pensamiento de los mexicanos antiguos o Frankestein y el monstruo, o Romeo y Julieta y el existencialismo, es decir, me di cuenta que esta es una historia abreviada de la poesía erótica en este jardín. No hay duda de que La hija de Rappaccini es una gran provocación imaginativa para un director. José Luis Ibáñez ha dicho que su libertad formal rebasó la sensibilidad de la época en que fue escrita. Es probable que aún siga siendo así.»

La obra está basada en Rapaccini’s daugther de Nathaniel Hawthorne quien, a su vez, se basó en algún cuento medieval. Ahora el Festival Internacional Cervantino promovió que se montara como homenaje a los diez años de la muerte de Paz y, además vendrá a la ciudad de México (del 30 de octubre al 2 de noviembre, en el Teatro Julio Castillo del Centro Cultural de Bosque), dirigida por Antonio Castro, con Mónica Raya como la responsable de la escenografía y con música de Manuel Rocha, fieles al espíritu de aquel programa hecho en un jardín de palabras como el que tejió el poeta en su momento.

«Creo que el gran teatro es aquel en donde la acción dramática y el texto están fundidos —dijo Octavio Paz—, cuando el texto se sobrepone a la acción se ofrece una limitante; lo mismo cuando la acción devora al texto. Porque el texto es literatura, los grandes momentos del teatro han sido los que fusionan la acción con la palabra. Yo no creo en estas nuevas adaptaciones donde sacrifican textos. Me horroriza ver que, a veces, sacrifican a Shakespeare y a Lope de Vega personas que son muy inferiores a ellos, que no tienen su grandeza. Yo sí quiero el respeto al texto. Respeto vivo al texto, no a la letra muerta. Respeto vivo al texto vivo.»