jueves, 4 de diciembre de 2008

Hécuba, reina vencida y madre despojada

El Financiero, lunes 8 de diciembre, 2008.
Versión de Luisa Josefina Hernández en La Gruta del Helénico

Cuando aparece Hécuba, la reina de Troya, la esposa fiel de Príamo y madre de varios de sus hijos, sabemos que empieza la tragedia pues la vemos derrotada, vencida después de un sitio de diez años, quemadas las altivas torres de esa bella ciudad amurallada que era el orgullo de su época y despojada de todo lo que más quería como era a su esposo y sus hijos Héctor, Paris y Troilo.

Ese cuadro plástico es tan grave que no puedo menos que recordar aquel pasaje donde Lucrecia, la recién violada por el príncipe Tarquino, busca refugio para su dolor y se levanta a ver en detalle un cuadro de Troya que tenía en su casa y al ver a esta mujer, poder consolarse, pues seguramente Hécuba había sufrido más que ella y así, pasar por esa catarsis que tanto necesitaba.

Finalmente, le viene a la memoria un lugar donde cuelga un cuadro de diestro pincel, que representa la Troya de Príamo: frente a ella, el poder de Grecia, venido a destruir la ciudad por el rapto de Helena, amenaza con enojo a la altiva Ilión; el fantasioso pintor había representado a la ciudad tan arrogante que parecía como si el cielo se inclinara a besar sus torres... ve a muchos en los que se hallaban algunas penas, pero ninguno de ellos albergaba toda la desolación y todo el dolor, hasta que, antes de regresar a su habitación ve a Hécuba mirando con sus viejos ojos las heridas de Príamo que yace sangrante bajo el orgulloso pie de Pirro. En ella el pintor ha disecado la ruina del tiempo, el naufragio de la belleza y el dominio de la dura zozobra. Sus mejillas se visten de surcos y arrugas; de lo que era, ya no queda ningún parecido: su sangre azul, al negro a virado en cada vena privada de la primavera que esos resecos canales había nutrido; así mostraba la vida presa en un cuerpo muerto... Lucrecia, despliega su mirada y adapta su pesar a los dolores de la vieja reina...

Sí, Lucrecia despliega su mirada, para acomodar su pesar al de la reina, en esto que ahora le llamamos catarsis, lo mismo nos pasa al ver esta obra de teatro en donde Polidoro, el hijo menor de los reyes de Troya, había sido enviado lejos antes de que fuera destruida; lo habían mandando para que Polimnestor, un tracio que había sido huésped de los reyes, lo cuidara y por eso y lo habían mandado con todo y un modesto tesoro para que no le faltara nada. Pero este cuidador lo traicionó y decidió asesinarlo y arrojarlo al mar sin sepultura alguna, cosa que, para los griegos, podía ser el mayor de los castigos. Por eso Polidoro regresa ahora como fantasma, para pedirle a su madre que lo enterrara junto con su hermana Polixena, sacrificada por órdenes de Aquiles en el túmulo donde había sido éste cremado. Cuando Polidoro ve a su madre no puede contenerse y dice: ¡Madre mía!, qué te ha pasado que de reina te has convertido en esclava y de ser feliz has pasado a ser una infortunada! Algún dios te castiga hoy por tu ventura anterior.

Y de esta obra original escrita por Eurípides, Luisa Josefina Hernández hace una versión en donde rescata las situaciones dramáticas, la grandeza del conflicto y el carácter de los personajes, para adaptar la obra y que fluya de una mejor manera.

Estará en el Foro La Gruta del Centro Cultural Helénico hasta el 12 de diciembre, en una puesta en escena dirigida por Emma Dib, quien aborda esta historia en medio de la devastación humana, de la humillación y de los juegos políticos, de tal manera que logra provocarnos, como pocas obras de teatro, una catarsis frente a lo que somos testigos.

Se trata del abuso del poder, se trata de las traiciones y, sobre todo, de qué manera los seres humanos pueden enfrentar estas situaciones. Después de que los troyanos fueron vencidos, Hécuba es, como dijimos, una madre despojada. La leyenda cuenta que una vez que los griegos entran a la ciudad amurallada, acaban con toda su descendencia de los Príamo y los dioses, al enterarse de la muerte del último hijo, convierten a la reina en una perra con ojos de fuego.

Es la madre frente a la destrucción de todo lo que ella protegía y amaba: nunca mi alma ha sentido tanto miedo ni tanto horror... He visto una manchada cierva, despedazada por un lobo con sus garras llenas de sangre, arrancándola violentamente de mis rodillas que movía trémula de compasión, y así empieza este lamento, uno de los más tremendos que hemos escuchado, de tal manera que al terminar la obra, nos agarrarnos de la mano de nuestra compañera y pensamos, como Lucrecia, que, en verdad, esto de la crisis no puede ser pero de como la pasó Hécuba en su tiempo.

También nos enteramos que Helena fue rescatada por Menelao una vez que le enseña sus pechos desnudos y el soldado griego cae de rodillas frente a su belleza, cuyo eco llega a nuestros días cuando el Dr. Fausto se preguntaba si ese rostro era el que había lanzado las miles de naves griegas rumbo a Troya para quemar las altivas torres de Ilium y, si era así, que le diera la inmortalidad con un beso, antes de ser arrastrado al Hades.