La obertura de un poema

El Financiero, 29 de diciembre, 2008.
Descripción de un brillo azul cobalto de Jorge Esquinca

Nada mejor para cerrar el año que ponerse a leer ahora que hay tiempo, algo de poesía. Sobre todo la que nos dice algo y que sirve de espejo y no como esa otra encriptada de tal manera que no la entendemos. Por eso, buscando en la FIL encontré, por pura intuición, la obra más reciente del poeta Jorge Esquinca: Descripción de un brillo azul cobalto que he disfrutado tanto. Aprovecho estos días que la cartelera está casi vacía —como la ciudad—, pues bien sabemos que, por lo menos una vez al año, vale la pena compartir eso que uno considera está en la frontera con la música y que, estamos seguros que si el poeta la hubiese trabajado un poco más, se habría transformado en un poema sinfónico.

Todo está por decir es el primer acorde con el que abre fuego esta obra y es el poeta quien nos presenta una serie de imágenes cargadas de símbolos —como las palabras justas que utiliza—, para luego espaciarlas para que tomen su ritmo que tanto nos ayuda a sostener su lectura —asombrados— antes de lanzarnos por los aires con nuestros propios recuerdos —como en un espejo— para tratar de atrapar con la mano, las flechas que cruzan por el espacio, los sueños o las pesadillas que, no cabe duda, están hechos de lo mismo con el que estamos formados.

Todo está por decir acompañado de la imagen de María entre las ramas de un árbol, dejando su cuidado en otras manos, antes que el narrador nos confiese que su padre creía de veras en el cielo y les pedía que le leyeran Las Rosas de Nerval.

Cuando creemos que estamos en un jardín como esos, donde una rosa es una rosa, es una rosa, resulta que nos presenta la verdadera melodía de este concierto: la muerte del padre, la muerte que creemos sucedió una madrugada en donde parece que hacía dieciocho grados bajo cero, muerte por suspensión, como escuchamos el segundo acorde que se va a repetir como un eco en forma de pesadilla, de eso que no quisiéramos recordar, pero que, una vez que se ha escrito, se reproduce —como el vuelo de la garza—, justo cuando se le antoja al poeta detenerse en la rama por un momento, sin que pueda reprimirlo.

La garza atraviesa el umbral del árbol y se posa. La garza, que una vez fue modelo en una urna cretense pues con su pico enorme, resulta ser una entrometida: la garza de la indiscreción, como el ave que usa el poeta para meter su pico donde quiera como si fuera una abusiva curiosidad, como la que se necesita tener en las ciencias divinas que penetran en el origen de las cosas.

La garza atraviesa el umbral y se posa —igual que nosotros—, por instinto, por casualidad y por un instante aquí, en esta otra rama y se va cuando tiene que irse simplemente para posar más allá, por puro instinto.

Y así como sabemos —si es que alguien nos pregunta—, cómo está el clima y si tratamos de contestarlo nos resulta complicado explicar por qué, así nos pasa con el amor si es que intentamos explicarlo —como decía San Agustín en sus Confesiones y tal como lo cita Süskind en su breve tratado Sobre el amor y la muerte. Así también nos dice María en este poema que no sabe cómo suceden estas cosas, pero los árboles se hacen de este tamañito.

Sí, tal parece que nos quedamos el tiempo justo en el árbol y luego, la ausencia y la desdicha —dice el poeta—, como si fuese esa melodía interpretada por las cuerdas —el chelo, sobre todo—, con esa voz tan humana que uno empieza a recordar los propios viajes, como el poeta recuerda el que hizo con su padre en un Vauxhall azul cobalto donde recorría las llanuras del bajío.

El espejo de pronto, como el agua del río para Narciso, donde nos vemos con otros colores, sobre una troca, hace tanto tiempo, cuando transportábamos algunas vacas por el bajío, entre la sequedad de la primavera y la tierra colorada, no sin dejar de tomar la barbacoa recién hecha en Zapotlanejo, tan buena como pocas en nuestra vida.

Libres y con la camisa al aire y el viento de lado, bajo el cielo azul coronado por los zopilotes en espiral perfecta antes de clavarse en sus inmundicias —en los cadáveres putrefactos—, en donde llevan a cabo su aquelarre.

El poeta sigue con sus recuerdos, los apunta, los traza y los avienta en cada una de sus páginas en blanco para que sea allí donde dejen su huella. Navega hacia el origen dice que dijo su padre un día en su cama de hospital antes de preguntarse: ¿cuándo recibí la herida?

Sabemos que si hay algo que duele y creemos que se trata de la ausencia. Aquí la orquesta hace una breve pausa y vuelve la melodía que la asociamos con la garza que nos abandona con un simple salto y, por eso, acude a María para pedirle que se recueste con él a su lado. Sí, de pronto, la tinta negra del miedo cae en la hoja y nos inmoviliza, el miedo que interrumpe todo, el miedo que nos hace pedirle a María: ven recuéstate / desnúdanos de mi / muérenos contigo, como dice el poeta.